martes, 6 de febrero de 2018

El regazo de la dehesa

 PRIMER CAPÍTULO

Óscar se había resignado a su destino y había dejado de luchar. Su absoluta decepción de la vida y de la gente, su amargura, su tristeza y la angustia que le atenazaba el pecho y le ahogaba habían dado paso a una sensación maravillosa de sosiego, de serenidad, de aceptada rendición. La pesadilla de su puta vida de mierda, como él mismo la definía, pronto acabaría y su alma hallaría por fin la paz.

Con paso firme recorrió el largo trecho que separaba su casa de la estación del ferrocarril. Parecía mirar la calle, la acera, los coches, los semáforos, las multicolores y chillonas luces de neón, la gente con la que se cruzaba, pero en realidad no los veía. Sus ojos de orate estaban nublados y miraban hacia dentro, hacia el oscuro y atormentado interior de su mente. Atravesó la entrada principal de la estación y se dirigió hacia el andén que corría paralelo a la vía del tren. El día anterior lo había escogido para poner fin a su tormento. Estaba anocheciendo.

Comprobó con desagrado que había muchos pasajeros esperando, demasiados. Como un escáner militar conectado al ordenador de un tanque, estudió con la mirada su particular campo de batalla e ideó con rapidez una estrategia, la que su mente creyó perfecta para salir airoso del trance.

Caminó disimuladamente hasta el final del andén. Allí no había nadie y la visibilidad era escasa, aunque suficiente para su cometido. Tras asegurarse de que ningún pasajero le miraba, saltó a la vía, recorrió unos cincuenta metros y se sentó sobre la gruesa grava rebozada de mugre que cubría el suelo entre los raíles. El tren no tardaría en llegar, y él lo esperaría mirándolo de frente, sin miedo, como los condenados a muerte que han aceptado su inexorable destino y se niegan a que les cubran los ojos con un pañuelo. El tren no sería su verdugo, sino más bien todo lo contrario. Sería su ángel libertador.

De pronto un casi inaudible llanto llamó su atención. Dirigió la mirada hacia su derecha y a escasa distancia, justo en la vía paralela a la suya, vio a un hombre que estaba sentado como él entre los raíles, aunque con su rostro dirigido en sentido contrario. Óscar frunció el ceño contrariado.

—¡Eh, tú! ¿Qué haces ahí sentado? —le preguntó casi susurrando para que los pasajeros no le oyesen.

—Lo mismo que tú, me imagino —le respondió César, el otro suicida.

—¡Lárgate! Quiero morir sin testigos.

—¡Lárgate tú, que acabas de llegar! Yo llevo aquí más de diez minutos y no pienso moverme. Ni que la estación fuera tuya. ¡Menuda desfachatez la que te gastas!

—No me obligues a echarte a hostias, chulito de mierda, y encima lloriqueando como una nenaza.

—¡Yo no lloriqueo!

—¿Ah no? Pues yo te he oído perfectamente. No puedes negarlo.

—¡Déjame en paz, joder!

—No puedo. Si tu tren llega antes que el mío, me vas a joder bien jodido. La estación se paralizará y se llenará de ferroviarios, policías y sanitarios. Por tu culpa no podré matarme y tendré que volver otro día.

—Pues lo siento por ti. El que llega el primero a la meta se lleva el premio. No pienso moverme.

Óscar estaba furioso. Se subió con la mano la manga de la camisa y miró la hora que señalaban las manecillas fluorescentes de su reloj de pulsera. Faltaban sólo siete minutos para que llegase su tren. De pronto se escuchó el agudo pitido de una bocina y el rítmico traqueteo de una locomotora que se acercaba a gran velocidad.

—¿Ves? Mi ángel exterminador llega antes que el tuyo. ¡Jódete! —le espetó César con voz victoriosa.

Óscar no podía consentir que aquel cabrón le fastidiase el plan. Con la velocidad de un rayo se levantó, agarró a César por los sobacos y se lo llevó en volandas a varios metros de la vía.

—¡Eh, qué haces, suéltame hijo de la gran puta!

Los dos hombres se enzarzaron en una encarnizada pelea a puñetazos, patadas e improperios y justo en aquel preciso momento llegó el tren. Cuando César se dio cuenta y pudo zafarse de las garras de Óscar, el largo vehículo ya estaba parado en la estación descargando a los pasajeros. El frustrado suicida se dejó caer sobre la grava, se llevó las manos a la cabeza y se echó a llorar como un niño.

—¡Hijo de puta, hijo de la grandísima puta, no tenías ningún derecho! —le recriminó entre sollozos.

Óscar sintió entonces como propios todo el dolor y toda la frustración de César, le entró una pena inconmensurable en el alma y también se echó a llorar.

Cuando al cabo de un par de minutos ambos se serenaron, se miraron a los ojos en silencio un largo rato, suspiraron resignados y se levantaron al unísono.

— Lo siento mucho, amigo. Me he portado como un puto cabrón. —se disculpó Óscar.

—Déjalo. Hoy no era nuestro día. A veces el destino gasta estas malas pasadas a los que pretendemos cambiarlo —sentenció César.

—Se me han quitado las ganas de matarme. —le aseguró Óscar.

—A mí también.

—¿Puedo invitarte a una cerveza?

—Claro. Me va a sentar de maravilla. Tengo la garganta reseca. Por cierto, me llamo César.

—Y yo Óscar.

Los dos hombres salieron de la estación y se dirigieron emparejados y cabizbajos hacia el bar situado al otro lado de la calle. Caminaban tan ensimismados en su propia angustia y su propia frustración que no se molestaron en comprobar si venía algún vehículo, y un taxi en plena carrera estuvo a punto de arrollarlos. El bocinazo que les lanzó el taxista les devolvió a la realidad, su cruda realidad. Como si de dos almas gemelas se tratase ambos sintieron un escalofrío que les recorrió el espinazo, todos los pelos de su cuerpo se les erizaron y el corazón se aceleró alocadamente en su pecho, mientras un sudor frío humedecía todos los poros de su piel. De repente fueron conscientes de la esquizofrenia delirante en la que habían estado sumergidos durante las últimas semanas. El airado bocinazo del taxista les había devuelto la cordura.

Siguieron caminando como si nada hubiera pasado. Aparentaban estar muy tranquilos, muy serenos, pero en su interior bullían y trepidaban como un motor a todo gas. Tenían la entrada del bar justo delante de sus narices, pero nuevamente volvieron a sentir lo mismo, dieron media vuelta y se dirigieron hacia otro bar, no importaba cuál, siempre que no les recordase  a  la maldita estación.

Unos cincuenta pasos más allá se detuvieron ante otro bar, se miraron a los ojos un par de segundos y sin mediar palabra entraron y se apostaron junto a la barra.

—¿Qué les sirvo, señores? —les preguntó afable el camarero.

—Dos cañas —respondió Óscar haciendo un gran esfuerzo y tragando saliva, como si le doliera la garganta al hablar.

Mientras llenaba los vasos, el veterano camarero, un cincuentón muy delgado de pelo canoso, rostro enjuto pulcramente afeitado, nariz robusta, cejas pobladas, ojos negros como una noche sin luna, labios carnosos y una intuición privilegiada, les echó una ojeada fugaz y no pudo evitar sonreír.

—¿Les llevo las cañas a una mesa? —les sugirió comprensivo, como si en su mirada perdida, su semblante crispado y su silencio tenso hubiera leído con claridad diáfana la gran angustia que les embargaba.

Ellos le miraron con desgana y no le respondieron, pero aceptaron la sugerencia y se sentaron en la mesa más cercana.

—Beban tranquilos y relájense. El bar no cierra hasta dentro de dos horas —les dijo con un tono de voz tan amable que a ambos se les antojó como la caricia de un padre en la nuca de su hijo. Andaban tan faltos de cariño que aquella amabilidad espontánea y sincera les hizo estremecer por dentro, muy dentro y del pozo negro de aguas pestilentes de sus vidas de mierda lograron sacar fuerzas para esbozarle una sutil sonrisa de agradecimiento.

La cerveza les supo a gloria, les cargó las pilas, les alegró el alma, pero siguieron en silencio. En menos de un minuto vaciaron el vaso, se relamieron la espuma de los labios y pidieron otra caña, y después otra y otra. Al vaciar el cuarto vaso por fin se atrevieron a arrancarse la coraza opresora que les constreñía el alma y les ahogaba.

—¿Por qué querías hacerlo? —le preguntó Óscar a César sin atreverse a mirarlo a los ojos.

—He perdido la ilusión y la esperanza. Mi vida se ha convertido en un infierno. ¿Y tú?

—Más o menos por lo mismo. No soy capaz de ver ninguna luz al final del túnel y sin luz vivir es un tormento.

Nuevamente volvieron a guardar silencio y permanecieron un largo rato sumidos en sus negros pensamientos, con la mirada fija sobre el vaso vacío.

El camarero tenía el oído muy fino, había escuchado perfectamente la conversación y volvió a sonreír para sí mismo, aunque disimuló como si estuviera concentrado en lavar los vasos y tazas utilizados por los escasos clientes que habían entrado en el bar aquella tarde. "Lo sabía. Otros dos suicidas frustrados, y ya van cinco esta semana. A este paso me voy a convertir en un psicólogo de primera. Y éstos, además, parecen filósofos existenciales" —pensó divertido.

—¿Les sirvo otra caña, señores? —les preguntó desde el mostrador, regalándoles una amplia sonrisa.

Los dos hombres no le respondieron, se miraron muy serios a los ojos, pero esta vez sus mentes no conectaron.

—¿Tienes que conducir? —le preguntó César.

—No, he venido andando. Vivo aquí cerca. ¿Y tú? —le respondió Óscar.

—Yo no tengo coche, de hecho no tengo ni casa —le informó César con una mueca de amargura.

Óscar no pudo evitar fijarse en su camisa andrajosa con el cuello mugriento y un par de ojales sin su correspondiente botón. Luego subió la vista hacia su barba desaliñada y su cabello acartonado por la mugre, aunque bien peinado y tragó saliva.

—¿Vives en la calle? —alcanzó a preguntarle casi susurrando con un nudo en la garganta.

—Si, efectivamente, en la puta calle. Soy un pordiosero, un vagabundo, un indigente, un sin techo. ¿Te importa? Si te doy asco me levanto y me marcho.

—No, no, tranquilo. No me das asco —le aseguró Óscar con sinceridad.

Ambos fijaron la vista en su respectivo vaso vacío y permanecieron un largo rato en silencio sumidos de nuevo en sus negros pensamientos.

—¿Les sirvo otra caña? —volvió a insistir el camarero.

—Si, y algo para picar —le respondió Óscar.

—Tengo un fantástico jamón de bellota de mi querida Extremadura, si les apetece —les tentó el camarero.

—¿Te apetece?

—Tú pagas, tu mandas —le respondió César con una sonrisa.

—Traiga dos raciones, por favor.

En unos pocos minutos tuvieron sobre la mesa un gran plato cubierto de finas lonchas de jamón entreverado perfectamente dispuestas formando un dibujo y otro plato con rebanadas de pan tostado regado generosamente con aceite de oliva, además de las cañas.

—Que les aproveche, señores. Si desean algo más, pídanmelo. Estoy a su servicio. Por cierto, me llamo Fernando.

—Muchas gracias, Fernando —le agradeció Óscar con una sonrisa—. Es usted muy amable.

—El aceite es también extremeño, puro virgen extra. Espero que les guste —les informó el camarero.

—Seguro que si. Todo tiene una pinta estupenda.

César estaba hambriento, pero no se atrevió a tocar la comida hasta que Óscar le invitó con un gesto.

—¡Voy a lavarme las manos! —exclamó de pronto el indigente al darse cuenta de lo sucias que las llevaba tras meses sin lavárselas.

—Yo también —le respondió Óscar, mirándose sus propias manos manchadas con la mugre grasienta de los raíles.

Ambos se dirigieron hacia el lavabo de caballeros. Nada más entrar sintieron la necesidad de vaciar la vejiga repleta a reventar por el líquido de las cuatro cañas y se dispusieron a orinar uno al lado del otro. Fue entonces cuando Óscar percibió la peste que desprendía el cuerpo de César y no pudo evitar que una mueca de desagrado se dibujase en su rostro.

—¡Qué rico! ¿Verdad? —exclamó Óscar mientras saboreaba la primera loncha de jamón.

—Pues si, realmente exquisito y el pan con aceite también. Combinan de maravilla —le aseguró César.

En menos de diez minutos habían devorado aquel manjar de dioses, salvo la última loncha. Ninguno de los dos quería cogerla.

—Venga, cómetela tú.

—No, mejor tú, que eres el que paga.

—Yo te la cedo gustoso. Eres mi invitado.

Fernando, el camarero, les observaba y escuchaba risueño, feliz de verlos felices. Había conseguido que por unos minutos se olvidasen de su angustia. Aquel extremeño cincuentón, criado entre cerdos ibéricos en las dehesas de su pueblo, era realmente un hombre bueno, empático, tremendamente humano. Con sólo veintitrés años se había visto obligado a emigrar a la gran ciudad, tras perder a sus padres en un accidente de tráfico y encontrarse sin trabajo, sin casa propia, sin nada, sólo lo puesto.

Dos veces había estado a punto de suicidarse: la primera tras pedir trabajo a los supuestos amigos de su difunto padre y recibir de todos ellos una negativa y la segunda cuando, tras conseguir llegar a Madrid haciendo autoestop, entró en un bar, pidió un bocadillo de jamón y una cerveza y el poco dinero que llevaba no le alcanzó para pagar la consumición y el camarero le echó a patadas del local.

Unas semanas después, tras vagar desesperado y sin rumbo durante días por las bulliciosas calles de la gran ciudad, logró encontrar por fin un trabajo de friegaplatos en una pizzería regentada por un matrimonio de italianos. A los pocos días conoció a la dueña y se enamoró perdidamente de ella. El marido, un celoso siciliano de Palermo, les sorprendió sonriéndose con deseo, entró en cólera y enloquecido por los celos echó a Fernando a la puta calle tras darle una paliza de perro.

Muchos transeúntes pasaron por su vera, pero ninguno le preguntó qué le pasaba, por qué estaba tendido en el suelo. El siciliano le había fracturado varias costillas a patadas, le había reventado la cara a puñetazos y lo había dejado tirado e inconsciente sobre la acera. Varias horas más tarde, ya de madrugada, un vagabundo se apiadó de él y le ayudó a levantarse. Lo echó sobre el banco que era a la vez su cama y su hogar, cubrió su aterido y magullado cuerpo con cartones y cuidó de él con lo poco que tenía hasta que se recuperó de las heridas. Unos días más tarde aquel buen samaritano desapareció misteriosamente mientras él dormía, dejándole en el bolsillo un fajo de billetes y una nota que decía: "Jamás juzgues a la gente por su aspecto ni niegues tu ayuda a quien creas que la necesita."

Con aquel dinero pudo alquilar una habitación en una pensión, se compró ropa nueva, se duchó, se afeitó y acicaló lo mejor que supo y, ya en perfecto estado de revista, entró en un bar, pidió trabajo al dueño y éste, tras mirarlo de arriba abajo, hizo una mueca de aprobación y se lo dio. Cuando al cabo de unos años su jefe se jubiló, le traspasó el negocio a precio de amigo, y desde aquel día Fernando pasó a ser el propietario y único camarero de aquel pequeño bar cercano a la estación de ferrocarriles. Jamás se olvidó de las palabras del vagabundo y se prometió a si mismo que seguiría a rajatabla el consejo, mejor dicho, la lección de aquel buen hombre.

—¡Ea!, no discutan más, me la comeré yo, si a ustedes no les importa —les dijo divertido, consiguiendo que rompieran en una gran carcajada mientras él se metía la loncha en la boca y la saboreaba haciendo exagerados aspavientos de placer.

—Es usted una persona increible, Fernando. Muchas gracias por alegrarnos la velada —le agradeció Óscar dándole la mano y apretándosela con ganas—. Me llamo Óscar —añadió.

—Muchísimas gracias, Fernando, de corazón —alcanzó también a decirle César muy emocionado, mientras le alargaba la mano y le informaba de su propio nombre de pila.

—Encantado, Óscar y César. Ha sido un placer atenderles.

—¿Cuanto le debemos, Fernando?

—Nada, nada, hoy invita la casa. Eso sí, espero volverlos a ver muy pronto.

—Muchas gracias de nuevo, Fernando. Es usted un profesional como la copa de un pino, el mejor camarero de todo Madrid. Le aseguro que volveremos a vernos.

Los dos frustrados suicidas salieron a la calle. Hacía un poco de frío aquella noche de finales de verano. Anduvieron emparejados y en silencio una veintena de pasos hasta llegar a un semáforo en rojo.

—Ven a dormir a mi casa —le dijo Óscar con voz afable a su nuevo e inesperado amigo sin dejar de mirar al frente, hacia las luces del semáforo.

—No te sientas obligado. Estoy acostumbrado a dormir a la intemperie. Además, voy muy sucio y apesto.

—No acepto un no por respuesta, así que o vienes por las buenas o te arrastro por las malas.

César no le respondió. No podía. Un nudo de emoción y agradecimiento le constreñía la garganta y le ahogaba, mientras dos grandes lágrimas resbalaban por sus mejillas ennegrecidas por la mugre y se perdían en la maraña de pelos ensortijados de su desaliñada barba de pordiosero. Óscar le miró de soslayó y también se emocionó.


SEGUNDO CAPÍTULO


El piso de Óscar estaba a sólo tres manzanas del bar El Regazo de la Dehesa que regentaba Fernando, en un edificio de viviendas construido a principios del nuevo milenio. Madame Elisende García, la vecina del quinto, una viuda francesa de una edad indefinible, estaba esperando en el zaguán a que bajase el ascensor. Venía de pasear a Michelle, su perrita de raza caniche.

Su difunto marido, Rafael García Gallardo, había emigrado a Francia en los años sesenta, cansado de pasar hambre y privaciones en la aldeita soriana que le vio nacer. Una mañana, tras desayunar de un canto de pan con una loncha de tocino asada sobre las brasas, le dio un beso a su madre y le prometió que volvería rico. Diez días después consiguió llegar a París, la meta que se había marcado. Anduvo varios días perdido, sin conocer el idioma, durmiendo donde podía y alimentándose de la fruta estropeada que los fruteros del Marché de la Bastille echaban al cubo de la basura. Un lunes a media mañana uno de los fruteros, que andaba necesitado de un hombre joven que le ayudase con el negocio, se fijó en el muchacho, le partió el corazón verlo hurgar entre la fruta podrida y sin pensárselo dos veces le ofreció trabajo.

Gérard, el frutero, era un sesentón originario de Toulouse, padre de una única hija, que siempre había soñado con tener un hijo varón. Al cabo de unas semanas ya se había encariñado con su nuevo mozo, tanto que hizo lo imposible para que su hija también se encariñase con él. Para conseguirlo, un domingo le invitó a comer a su casa, con el visto bueno y la complicidad de su esposa, y Elisende quedó prendada del embrujo de sus oscuros ojos morunos, de su sonrisa encantadora y de la gracia con que empezaba a chapurrear el francés. Al cabo de sólo tres meses ya estaban casados y justo un año después nacía su único hijo Jean François.

Cuando al cabo de cuarenta años Rafael se jubiló, había amasado una pequeña fortuna. Acostumbrado como estaba a trabajar duro, al estar ocioso todo el día se aburría, de manera que acabó entristeciéndose más y más, hasta caer en una profunda depresión. Su médico de cabecera ya no sabía qué hacer con él. Ninguna medicación, ninguna psicoterapia le hacían sentir mejor. Temiendo que acabase haciendo una locura, un día llamó a Elisende para que fuera a hablar con él, y entre los dos decidieron que lo mejor sería meterle en la cabeza la ilusión de volver a la luminosa tierra que le vio nacer. Con suerte el sol español obraría milagros y le sacaría de aquel profundo pozo negro.

Y así aconteció. Cuando Elisende le sugirió ir de viaje a España, Rafael  recordó de pronto el beso y la promesa que le había hecho a su madre cuarenta años atrás y súbitamente le entró una ilusión tremenda por volverla a ver. Cuando al cabo de una semana llegaron a Villar del Campo, a Rafael se le llenaron los ojos de lágrimas. A pesar del tiempo transcurrido la aldea seguía prácticamente igual. Con una angustia inconmensurable en el alma corrió hacia la casita de adobe donde lo había parido y criado su madre, con la esperanza de que todavía siguiera con vida. Tuvo suerte. Robustiana había hecho honor a su nombre y seguía viva. Estaba casi ciega, pero en cuanto escuchó la palabra madre de la boca de su emocionado hijo, le reconoció enseguida y tuvo que sentarse para no caer desmayada.

Al ver la miseria en la que vivía la mujer que le había dado la vida, a Rafael se le partió el alma. Se había comportado con ella como un verdadero canalla. Durante todos aquellos años no le había escrito ni una sola carta, no le había hecho ni una sola transferencia de un poco de dinero, no había llamado ni una sola vez al alcalde pedáneo, el único en la aldea que tenía teléfono, para hacerle saber que estaba bien, nada, absolutamente nada, como si al intentar olvidar la miseria de su infancia y adolescencia, también hubiera borrado de sus recuerdos a su madre. La pobre mujer llegó a pensar incluso que su único hijo estaba muerto. Con la anciana entre sus brazos Rafael lloró amargamente. Se sentía tan avergonzado que no se atrevió a pedirle perdón. No se lo merecía, y él lo sabía. Su despiadado egoísmo era imperdonable, pero Robustiana, como hacen todas las madres, sí le perdonó.

Cuando ambos se serenaron, Rafael le presentó a su esposa francesa. Robustiana estaba tan feliz y emocionada que sólo alcanzó a darle las gracias por haber cuidado tan bien de su hijo. Elisende lloraba. Nunca había visto tanta miseria. Por fin comprendía el porqué Rafael se había visto obligado a emigrar. Acostumbrada a una vida acomodada en su boyante París tuvo que hacer un gran esfuerzo para acoplarse a vivir en una diminuta habitación de la casita de su suegra.

Unos pocos días después, tal vez por la emoción del reencuentro, Robustiana sufrió un ictus y falleció en los brazos de su hijo. Elisende nunca lo había visto llorar de aquella manera tan desgarradora. La enterraron al día siguiente en el pequeño cementerio anejo a la iglesia.

Rafael regaló la casa y las tierras de su madre a su prima en agradecimiento por haber cuidado de ella durante todos aquellos años y se fue con su esposa a Madrid. Con la pequeña fortuna que había amasado vendiendo fruta compró cuatro pisos nuevos en la misma finca. Se instaló en el quinto, le cedió el sexto a su hijo Jean François para que tuviera su propia casa cuando viniera de vacaciones con su familia y alquiló los otros dos, uno de ellos a Óscar.

Unos pocos años después falleció de un infarto mientras jugaba una partida de mus con unos amigos en un bar cercano a su casa. Su esposa ya se había integrado en la bulliciosa Madrid, donde había hecho buenas amigas entre sus vecinas y decidió quedarse en España. Al fin y al cabo entre París y Madrid  sólo había algo más de una hora de vuelo en avión y su hijo podría ir a verla siempre que quisiera.

—¡Buenas noches, madame Elisende!

—¡Buenas noches, Óscar!

—¿Ya está mejor de la tripita Michelle?

—Sí, gracias a Dios ya se le estancó la diarrea. Tiene la fea costumbre de comerse todas las porquerías que encuentra en la calle y luego paga las consecuencias. Tendré que ponerle un bozal cuando la saque de paseo. Me lo aconsejó el veterinario, pero a mi me da mucha pena amordazarla —le informó Elisende con su fuerte acento francés.

—Yo no se lo pondría, madame. Parece algo muy cruel —le aconsejó Óscar.

—Tienes razón. Es una crueldad innecesaria. Además, esta vez lo ha pasado tan mal que creo que habrá aprendido la lección —le dijo muy seria mirando fijamente a César—. ¿Suben? —añadió tras abrirse la puerta del ascensor.

—No, no, gracias, Madame Elisende. Necesitamos hacer un poco de ejercicio. Subiremos por la escalera. Sólo son cuatro pisos de nada —le mintió Óscar. La indisimulada mueca de asco de la francesa al ver al pordiosero no le había pasado desapercibida.

—Como quieran. Buenas noches.

—Buenas noches, madame.

—No quiero causarte problemas con tus vecinos. Mejor me marcho —le dijo César con semblante triste a su nuevo amigo en cuanto creyó que la francesa ya no les podía oír.

—¡Tu no te vas a ninguna parte! —le casi chilló Óscar agarrándolo fuertemente de un brazo cuando estaba a punto de salir a la calle.

—¿De verdad no te doy asco?

—Por supuesto que me das asco, muchísimo asco. Apestas a tigre en avanzado estado de putrefacción, pero te aseguro que mañana la franchute no te va a reconocer. Te apuesto lo que quieras.

César no le respondió, dejó de ofrecer resistencia y se dispuso a subir la escalera siguiendo a su amigo. Óscar se giraba cada tres o cuatro escalones para asegurarse de que César le seguía, que no se le escapaba corriendo escalera abajo.

Aquel desecho de la sociedad, aquel ser nauseabundo, aquella piltrafa humana había despertado en Óscar unos sentimientos poderosos de simpatía, de complicidad, de afecto, en definitiva, de amistad, una amistad todavía incipiente, recién nacida, pero que prometía crecer y hacerse cada vez más grande, más fuerte. De repente le vino a la mente la única frase que recordaba del Evangelio: "Bienaventurados los desheredados de la Tierra, por que de ellos será el reino de los cielos." Sí, César era un desheredado, una escoria, un desperdicio humano, la sociedad no lo quería, no lo necesitaba, sobraba. De haber logrado suicidarse nadie hubiera reclamado su cadáver.


TERCER CAPÍTULO


—Venga, manos a la obra. Vamos a iniciar tu espectacular transformación, mejor dicho, tu metamorfosis de oruga asquerosa a tío guapote y seductor que impresione a la refinada francesa parisina —le dijo divertido Óscar nada más entrar en su casa.

César se dejaba hacer sin rechistar. En el fondo estaba encantado con las atenciones de Óscar. Por primera vez tras muchos meses sobreviviendo en la puta calle como un perro sarnoso al que todo el mundo da patadas, se sentía tratado como un ser humano.

—Quítate toda esta ropa inmunda —le ordenó mientras él llenaba la bañera con agua caliente y le añadía medio bote de gel de baño.

—¿Dónde la pongo? —le preguntó César con gesto compungido, como si temiera ensuciar con sus harapos mugrientos y pestilentes el limpísimo y reluciente baño de su amigo.

—Tíralo todo en aquel rincón, incluidos los zapatos. Luego lo recogeré.

—¿Me meto ya?

—Venga, para dentro —le animó, sin poder evitar echar una indisimulada mirada a la desnudez y la intimidad del sucio, maloliente y extraordinariamente bello cuerpo de efebo griego de César.

Óscar se trastornó, como si involuntariamente, sin ninguna malicia ni ninguna intencionalidad, hubiera osado traspasar una invisible línea roja, un tabú, una prohibición no escrita. Ante la exultante e insospechada belleza del cuerpo desnudo de aquel vagabundo súbitamente se sintió violento consigo mismo, con sus propios sentimientos íntimos e inconfesables, con algo muy intenso y fuerte que nunca antes había sentido. Incapaz de controlar aquella pulsión irrefrenable, aquel deseo poderoso de seguir solazando su vista con la contemplación de aquel hombre tan hermoso, salió corriendo del cuarto de baño huyendo de la tentación, mientras tragaba saliva y su corazón latía frenético en su pecho, llevando a ebullición su sangre de cuarentón hasta entonces aletargada, castrada por una dolorosa depresión. "¿Qué me está pasando? No me reconozco. ¿Soy realmente yo el que siente este deseo o estoy poseído por algún demonio?" —se preguntaba con la mente, mientras abría una ventana y aspiraba el aire fresco de la noche de Madrid sintiendo que se ahogaba.

—¿Tienes algo para restregar la mugre? No se me despega con las manos. Está demasiado incrustada en la piel —le llamó César, sin sospechar ni por atisbo la violenta tormenta que trepidaba en el interior de la mente y el cuerpo de su amigo.

—¡Ahora voy! —le respondió Óscar, intentando serenarse y recobrar la compostura —. Toma, con este guante exfoliante te saldrá toda la mugre.

—Vaya, ¿tú usas estas cosas de tía? No me digas que eres un metrosexual —le espetó César divertido con una sonora carcajada que Óscar sintió como una bofetada en pleno rostro, mejor dicho, como una patada en los huevos.

—¡No seas cabrón! Este guante me lo dejó como regalo mi ex mujer cuando se largó con el hijoputa de mi hermano. Está sin estrenar —le informó sin acritud, mientras se daba la vuelta a toda prisa y huía por segunda vez del objeto de su deseo.

César se dio cuenta de que había metido la pata, tragó saliva y se calló. Óscar no se merecía que se mofase de él. Demasiado hacía permitiéndole que se bañase y dejase perdida de mierda su bañera con su mugre. "Pobre Óscar, ahora comprendo el motivo de su deseo de matarse" —pensó.

—¿Me puedes restregar la espalda? —le casi rogó al cabo de diez minutos.

—¡Voy!

Con el rostro desencajado, temeroso de no poderse controlar, Óscar cogió el guante de crin, se lo enfundó en su mano derecha y empezó a arrancar la gruesa capa negruzca que embadurnaba la espalda de César. Cuando la piel rosada que se escondía bajo la mugre apareció ante sus ojos, dio por finalizada su ayuda y se dispuso a salir del baño.

—¿Me puedes restregar también los lomos? —le paró César antes de que pudiera salir del baño.

—Esto puedes hacerlo tú mismo.

—Es que no me los veo y temo dejar mucha mierda.

Con indisimulada desgana, Óscar volvió a enfundarse el puto guante de la grandísima puta de su ex y empezó a decapar la mugre, esta vez con rabia, sin la delicadeza con que le había limpiado la espalda. Cuando la piel de los lomos estuvo bien rosada, se desenfundó el guante, lo dejó sobre una repisa del baño y se dispuso a marcharse.

—¿Y las nalgas? Tampoco me las veo.

—No me toques más las pelotas, tío. Yo no soy tu mamá. Ya eres mayorcito, joder.

—Perdona, Óscar. Lo siento. No me he dado cuenta de que estaba abusando de ti.

Óscar tragó saliva, inspiró profundamente el aire húmedo que llenaba el cuarto de baño y, sin responderle, volvió a coger el guante y se dispuso a restregarle las nalgas a aquel puto indigente que le estaba volviendo loco. César no era consciente de la turbación de su amigo, ni por atisbo sospechaba que su cuerpo pudiera ser tan deseado por aquel hombre bueno maltratado por la vida que le estaba dando una segunda oportunidad. Mientras le manoseaba sus túrgidas posaderas, Óscar no pudo controlar por más tiempo su excitación y, tras varios meses en los que creyó que se había quedado impotente con sólo cuarenta y dos años, pues ni siquiera se le ponía dura para hacerse una simple paja, ni con la ayuda de una buena película porno, tuvo uno de los orgasmos más intensos y placenteros de su vida.

—¿Te encuentras mal? —le preguntó inocente César al escuchar el extraño jadeo y los gruñidos ahogados de su amigo.

Óscar tardó cinco largos segundos en reponerse, en poder pensar y recobrar el resuello para darle un respuesta convincente.

—Creo que me he mareado con el hedor que desprende el agua de la bañera. Está negra de tu mierda.

—Lo siento, Óscar —se disculpó compungido César —. Te estoy causando muchas molestias.

—Anda, saca el tapón y vacía la bañera. Después date una ducha normal para acabar de limpiarte. No te olvides de enjabonarte bien la barba y el cabello. Cuando te hayas secado, llámame y te los recortaré. Aquí tienes una toalla y un albornoz.

—De acuerdo.

Óscar corrió a su dormitorio a cambiarse de calzoncillos. Su turbación era extrema, hasta el punto de sentir náuseas y mareos. Estaba como loco, incapaz de comprender lo que le pasaba. "¿Me estaré volviendo maricón?" —se preguntaba angustiado, horrorizado con la idea de ser un jodido y asqueroso invertido, con la incuestionable evidencia de su incontrolable reacción física ante la visión de la desnudez de César. Toda su vida había odiado a los homosexuales, y ahora era uno de ellos.


CUARTO CAPÍTULO


"He estado demasiado tiempo sin catar una hembra, encabronado con la traición de mi ex y mi hermano. Debo recuperar mi hombría cuanto antes. Mañana mismo haré una visita a Gloria Matilda, mi putita preferida. Ella me consoló cientos de veces durante los quince años en los que la cabrona de mi ex se hizo la estrecha conmigo para martirizarme. Después de echar un buen polvo seguro que se me pasa este mal rollo" —pensó con alivio, intentando consolarse a si mismo, engañarse a si mismo.

—¡Óscar, ya estoy seco! —le avisó César, mientras se ponía el albornoz.

—¡Voy!

—¡Qué bien me ha sentado el baño! Me siento de maravilla. Noto que mi piel respira liberada de la mugre. Muchas gracias, Óscar —le dijo con expresión risueña de felicidad.

—¡Siéntate en este taburete! —le ordenó con sequedad.

César le miró a los ojos buscando una explicación a aquel cambio tan brusco de actitud, a aquella repentina hostilidad hacia él. Óscar evitó su mirada. Se sentía terriblemente mal, dolorosamente mal, se daba asco a si mismo. Había violado con la vista a su amigo, solazándose con su desnudez, su sagrada intimidad, profanando su dignidad, aprovechándose de su confianza, su inocencia, su ausencia de maldad. Se había comportado como un cerdo infame, no merecía su amistad. Y para colmar el vaso ahora su amigo se había sentado con las piernas abiertas, con el albornoz a medio atar, mostrándole con la inocencia de un niño su genitales.

César volvió a mirarle a los ojos por segunda vez y se llevó una dolorosa sorpresa al comprobar como su amigo, mientras preparaba las tijeras y la máquina cortapelos, estaba llorando en silencio. Óscar no pudo soportar la presión de su mirada perpleja y salió corriendo del cuarto de baño. Se encerró en su habitación, se sentó en la cama, se cubrió el rostro con las manos y lloró amargamente. Estaba perdiendo su capacidad de autocontrol, y esto le asustó y le hizo reaccionar. Inspiró profundamente intentando ahogar el llanto, recobrar la compostura, volver a ser él mismo. Al cabo de un rato lo consiguió.

César le esperaba sentado sobre el taburete. Estaba confuso, desconcertado. No entendía nada. En media hora Óscar había pasado de la afabilidad y la alegría a la hosquedad y el llanto. "¿He hecho algo mal?" —se preguntaba entristecido, sintiéndose culpable de un delito desconocido.

—Ponte este slip. Está sin estrenar —le dijo esta vez con un tono de voz más amable.

César obedeció sin rechistar y volvió a sentarse en el taburete. No comprendía nada, pero no quiso tensar más la cuerda y guardó silencio.

Óscar le peinó y alisó sus enmarañadas greñas con gesto muy serio, evitando mirarle a los ojos. Luego se las recortó con maestría hasta dejarle un perfecto corte de pelo a la última moda digno de un peluquero profesional.

—Ya está. Levántate y mírate en el espejo.

—¡Uauuuu, no me reconozco! ¡Qué maravilla! —exclamó encantado César—. ¿Eres peluquero profesional?

—No, pero estuve un par de años de aprendiz en la peluquería de mi tío. Se ve que algo se me pegó de la profesión. Venga, siéntate otra vez. Voy a recortarte la barba —le ordenó ya más relajado.

—¿Se te ha pasado ya el enfado? —le preguntó César con timidez.

—No estaba enfadado, sólo un poco triste.

—No debí reírme de tí.

—Tú no tienes nada que ver —le mintió Óscar—. Simplemente me puse malo al recordar a mi ex —volvió a mentirle.

—Ah, menos mal. Creía ser yo el culpable —exclamó aliviado César.

—¿Te la corto por completo y luego te afeito o prefieres que te deje una media barbita a la moda?

—Tú eres el profesional, lo dejo a tu elección.

Óscar volvió a ponerse tenso en cuanto percibió la cálida brisilla del aliento de César en su rostro, la cercanía de sus grandes ojos castaño-verdosos que no evitaban mirarle, el calor que irradiaba su cuerpo joven, mientras le recortaba a tijeretazos los largos y ensortijados pelos de su barba. Cuando llegó el momento de arreglarle el bigote y la perilla, Óscar no pudo evitar fijarse en los carnosos y sensuales labios del que sólo un par de horas antes había sido un despreciable indigente al borde del suicidio. César era escandalosamente atractivo, turbadoramente bello. Sus labios pedían ser besados a gritos. Cuando al cabo de media hora dio por terminada la metamorfosis, Óscar suspiró aliviado. Había conseguido controlar sus poderosos sentimientos, sus casi irrefrenables pulsiones.

—Levántate y mírate, a ver qué te parece el resultado.

—¡Impresionante tu trabajo, tío! Estoy irreconocible, yo diría que hasta un poco guapo, ¿verdad?

—La vieja francesa se va a enamorar de ti nada más verte —le aseguró Óscar ya relajado con una amplia sonrisa—. Venga, que son casi las dos de la madrugada. Vamos a dormir. Aquí tienes un pijama.

—¿Puedo darte un abrazo?

—Claro.


QUINTO CAPÍTULO


A las siete en punto de la mañana sonó el despertador. Óscar debía ir a trabajar a la pequeña imprenta de la que era el propietario. Varias editoriales madrileñas de renombre le confiaban la impresión de sus libros. Tenía cuatro empleados fijos, todos ellos grandes profesionales, a los que pagaba un buen sueldo, y con lo que le quedaba de beneficio vivía holgadamente. No tenía hijos y a su ex mujer no le pasaba ninguna pensión. La mantenía el cabrón de su hermano.

—¿Puedo ir contigo? —le casi suplicó César. Le aterraba la idea de quedarse solo en el piso durante todo el día. Óscar solía almorzar en un restaurante cercano a su empresa y no volvería hasta la noche—. Haré lo que me mandes. Intentaré no estorbar —añadió.

—De acuerdo, pero date prisa en vestirte —le dijo, sin reparar en que el pobre César seguía en pijama y no tenía nada que ponerse. La noche anterior, mientras estaba tomando el baño, Óscar había metido todos sus harapos de pordiosero en una bolsa de basura y había bajado a la calle a tirarlos en el contenedor de ropa usada, no sin antes vaciar todos sus bolsillos, en los que sólo encontró una oxidada navaja suiza multiusos, un cortauñas, un pequeño peine pringoso negro de mugre, un bolígrafo y tres libretitas con todas sus páginas escritas en francés con letra muy pequeña, un rosario con las cuentas de marfil y el crucifijo de plata y una ajada cartera de piel con un billete de cinco euros, su carné de identidad, su permiso de conducir y una foto de su madre, una mujer morena bellísima, tanto como su hijo.

—¿Qué me pongo? —le preguntó César con gesto suplicante.

—Vaya, me había olvidado por completo.

Óscar se metió a toda prisa en su dormitorio, cogió unos zapatos, unos pantalones y una camisa a juego y se los dio a César que le estaba esperando en el salón del amplio y lujoso piso en el que vivía desde que se casó con su ex tres lustros atrás.

—Espero que sean de tu talla —le dijo, sin poder evitar turbarse de nuevo ante la visión de su amigo en calzoncillos.

César se había quitado el pijama y se había  puesto el mismo slip que Óscar le había dado la noche anterior. Estaba tan atractivo y seductor en calzoncillos, que Óscar pasó de reprimirse y, mientras César se vestía, él se solazó a gusto contemplando con descaro a aquel hombre joven de sólo veinticinco años que le estaba volviendo loco. Se había enamorado perdidamente de él.

—Pues sí, son de tu talla. Ni que fuéramos hermanos gemelos. Ojalá al salir nos encontremos con la francesa. Me muero por ver su reacción al verte tan guapo.

—Será divertido.

 —Seguro que sí. Por cierto, antes de tirar a la basura tu ropa y tus zapatos encontré esto en los bolsillos de tus pantalones —le dijo, dándole la cartera, el bolígrafo, las tres libretitas, el cortauñas y el rosario—. Me tomé la libertad de tirar tu viejo peine y la navaja oxidada. Ahora ya no los necesitas —añadió, mirándolo a los ojos temeroso de que pudiera enojarse.

César pareció no inmutarse. Con gesto inexpresivo cogió sus cosas y se las metió en los bolsillos de sus nuevos pantalones.

—¿Vamos? —exclamó luego, como si no quisiera darle explicaciones sobre el rosario y los escritos de las libretas. Óscar respetó su silencio y no le preguntó, aunque se moría de ganas de hacerlo. Había quedado muy intrigado con su contenido. Sólo se había atrevido a leer la frase que a modo de título daba inicio al escrito de una de las libretas: "Les larmes de mon âme". Supuso que se trataba de una especie de poesía romántica, no quiso violar la intimidad de su nuevo amigo y no siguió leyendo.

Madame Elisende era muy madrugadora. Estaba acostumbrada a levantarse a las seis en punto de la mañana, pues así lo había hecho durante los cuarenta años en que su amado esposo regentó la frutería del Marché de la Bastille. Ahora estaba viuda, pero seguía levantándose pronto con la excusa de sacar a pasear una rato a su adorada Michelle.

—¡Buenos días, Madame Elisende! —la saludó, encantado de encontrársela en el zaguán esperando el ascensor.

—¡Buenos días, Óscar y... compañía! —le respondió ella abriendo como platos sus ojos intensamente azules heredados de su madre normanda.

—Le presento a mi amigo César. Desde hoy va a vivir en mi casa y va a trabajar en mi empresa.

Madame Elisende se olvidó de sus muchos años y sonrió seductora a aquel bellísimo joven, mientras le alargaba la mano esperando que se la besase con sus maravillosos labios de efebo griego, que parecía salido de la mismísima Acrópolis de Atenas. César no la defraudó. Se inclinó ante ella como si fuera una gran princesa, le asió la mano con delicadeza y se la besó durante dos largos segundos para que tuviera tiempo de sentirlos en toda su intensidad. La francesa se trastornó, se sonrojó, se derritió de puro placer y tras dos décadas de casta viudedad su sangre volvió a bullir en sus venas. Estaba absolutamente encantada.

—Bonjour, Madame! Je suis enchanté de vous connaitre —le dijo mirándola fijamente a los ojos y regalándole la más seductora de sus sonrisas. (¡Buenos días, señora! Estoy encantado de conocerla.)

—Bonjour, Cesar! Je suis aussi enchantée. S'il vous plaît, venez à ma maison. Je vais préparer un délicieux petit déjeuner parisien pour vous. (¡Buenos días, César! Yo también estoy encantada. Por favor, vengan a mi casa. Les prepararé un delicioso desayuno parisino.)

D'accord, madame. Vous êtes très gentil. Nous sommes heureux d'accepter vôtre invitation. Ce sera un plaisir —le respondió el guaperas de César, consciente de la fascinación que había despertado en Elisende. (De acuerdo, señora. Es usted muy amable. Aceptamos encantados su invitación. Será un placer.)

Óscar había observado divertido toda la escena, sorprendido de la astucia con la que el hasta ayer repulsivo indigente había conquistado a la francesa. No, no lo había reconocido, y era preferible no revelarle nunca la verdad.

Elisende les sirvió un café largo absolutamente delicioso, acompañado de unos maravillosos cruasanes de mantequilla que ella misma había amasado y horneado de madrugada, como acostumbraba hacer varias veces a la semana, y unas tostadas con mermelada de fresas silvestres de los bosques de Bretaña, que su hijo le había traído en su última visita. La mujer ya no podía ser más feliz. Aquel fascinante joven que hablaba francés a la perfección y la trataba con una educación exquisita, le había robado el corazón. Cuando se despidieron, César volvió a besarle la mano y a ella se le humedecieron los ojos de pura emoción. 

—Te lo dije. No te ha reconocido —le dijo Óscar en cuanto pisaron la calle.

—Es una mujer encantadora, tremendamente educada sin pecar de excesivo refinamiento. Me ha caído muy bien —le aseguró César.

—Ignoraba tu habilidad con el francés. ¿Dónde lo aprendiste? —quiso saber Óscar.

—Estudié todo el bachillerato en el Liceo francés de Madrid. Casi lo hablo mejor que el castellano.

—Eres un nido de sorpresas. Te juro que no comprendo qué puñetas hacías ayer noche intentando suicidarte en la estación del ferrocarril —le aseguró Óscar, olvidando que él también había acudido para lo mismo.

César no le respondió. De pronto se había puesto triste. Tragó saliva, agachó la cabeza y sus ojos se le llenaron de lágrimas. Óscar le miró de soslayo y enseguida comprendió que había metido la pata hasta las trancas recordándole su intento de suicidio.

—Lo siento, César. Te he hecho daño sin querer. No era mi intención —se disculpó mientras posaba su brazo sobre los hombros de su amigo.

—No te preocupes, Óscar, tranquilo.


SEXTO CAPÍTULO


La empresa de Óscar estaba a sólo dos manzanas de su casa. Aquel día iba a llegar media hora tarde por el desayuno de madame Elisende. De todas formas él no tenía que dar explicaciones, era el jefe, y el placer de degustar los deliciosos y crujientes cruasanes de mantequilla francesa servidos por aquella gran dama había valido la pena.

César no pudo evitar sonreír al ver el rótulo de la empresa: Oscarprint. Sonaba bien. Óscar estaba muy orgulloso de su obra. Él la había creado desde cero diecisiete años atrás. No le fue fácil salir adelante, pero con constancia, buen hacer y muchas horas de trabajo la había convertido en un referente de la impresión en Madrid. Al cabo de un año ya tenía dos empleados y el día que celebraba el tercer aniversario de la empresa, poco después de casarse, contrató al cuarto.

—¡Buenos días, Paquita! —le dijo a la administrativa, una cuarentona segoviana encargada de tramitar todo el papeleo de la imprenta y responder al teléfono.

—Buenos días, Don Óscar —le devolvió el saludo abriendo los ojos como platos al ver a César.

—Te presento a mi amigo César. Le acabo de contratar para un mes de prueba con un sueldo de novecientos euros. De momento se encargará de llevar los pedidos a las editoriales. Prepara los papeles del contrato —le dijo a su empleada.

—Ahora mismo, jefe.

—Buenos días, Paquita. Encantado de conocerla —la saludó César mirándola a los ojos y regalándole una amplia sonrisa mientras le alargaba la mano.

—Buenos días..., César —le respondió ella asiéndole la mano con timidez y ruborizándose como una colegiala —. Tome asiento, por favor. Enseguida le tramito el contrato.

Óscar sonrió divertido. Era evidente que César le había gustado a Paquita.

—Después de firmar el contrato ven a mi despacho. Te diré en qué va a consistir tu trabajo.

—De acuerdo, Óscar.

Paquita hizo una mueca extraña, entre sorpresa y repulsión, cuando César sacó su mugrienta y ajada cartera para darle el carné de identidad. Su aspecto impecable no cuadraba con aquella cartera de pordiosero, pero la segoviana hizo como si no se hubiera dado cuenta y siguió hablándole con amabilidad.

—¿Lleva el permiso de conducir? Necesito comprobar que está en vigor.

—Aquí tiene. Lo renové hace un año.

—Necesito también su cartilla de la seguridad social.

—No tengo.

—¿Es la primera vez que alguien le contrata?

—Si.

—¿Ha estado estudiando hasta ahora? —quiso saber Paquita por pura curiosidad.

—Más o menos —le respondió César ligeramente ruborizado, tensando los músculos de su rostro y cambiando su sonrisa por una expresión muy seria que evidenciaba su nerviosismo.

—Ajá —alcanzó a responder la administrativa, dándose cuenta de su metida de pata—. Sólo era curiosidad. Lo siento —añadió para romper el muro de hielo que de pronto se había levantado entre ella y el nuevo empleado.

—No se preocupe. No tiene importancia —la tranquilizó César recuperando su sonrisa encantadora.

—Ya está. Firme aquí y aquí. Bienvenido a Oscarprint. Puede pasar al despacho del jefe.

—Muchas gracias, Paquita. Por cierto, le ruego que me tutee.

—Lo mismo te digo, César.

La segoviana no pudo resistir la tentación de mirarlo de arriba a abajo mientras se dirigía hacia el despacho de Óscar. "¡Qué bueno está, y qué guapo. Desnudo debe estar de muerte. Uhmmmm, me lo comería todito todo a lametazos como un helado. Desde que me separé del asqueroso de mi ex no me he comido una rosca!" —pensó mientras suspiraba derretida de deseo.

—¿Puedo pasar?

—Claro, César. Entra y toma asiento.

—¿Conoces las calles de Madrid?

—Por desgracia las conozco demasiado. Han sido mi hogar durante cinco meses.

—Tienes razón. Perdona. Te lo preguntaba porque tu trabajo consistirá en llevar los lotes de libros recién imprimidos a la correspondiente editorial. Paquita te dará las llaves de la furgoneta, un móvil de la empresa para que puedas comunicarte conmigo o con ella si tienes algún problema y una camiseta con el logotipo de Oscarprint. Espero que te guste el trabajo.

—Muchas gracias por darme esta oportunidad, Óscar.

—Realmente necesitaba un repartidor. Me has venido de perlas —le aseguró—. Por cierto, a la una procura estar de vuelta del reparto. Iremos juntos a comer.

—De acuerdo. Hasta la una, pues.

Mientras se dirigía a entregar el primer lote de libros al volante de la furgoneta, César se sintió el amo de Madrid. Había recuperado la autoestima y la dignidad. Le hacía feliz trabajar para su amigo. Nunca nadie le había tratado con tanto afecto. Le gustaba conducir y el reparto no le supuso ningún problema. A la una menos veinte ya había terminado.

—Hola de nuevo, Paquita. Ya está todo repartido.

—Perfecto, César. Hasta la tarde no tienes más repartos. Por cierto, me acaba de llamar la señora Beltrán de la editorial El Epílogo para darnos la enhorabuena por nuestro nuevo repartidor. Ha quedado encantada contigo. Se lo he dicho al jefe. Te está esperando.

—Gracias, Paquita —le contestó César con cara de satisfacción.

Óscar le recibió con los ojos brillantes y una sonrisa de oreja a oreja.

—Pasa y siéntate, César. Me han llamado desde todas las editoriales a las que has ido para felicitarme. Has hecho un trabajo excelente. Muchas gracias por dar prestigio a nuestra empresa. Como sigas así antes de terminar el mes de prueba te haré un contrato fijo con un aumento de sueldo.

—Muchas gracias, Óscar.

—Hace quince días tuve que despedir al anterior repartidor. Era un holgazán que pasaba de todo y nunca terminaba el trabajo, y encima aparcaba donde le daba la gana y yo tenía que pagar las multas —le informó mientras miraba la hora en su reloj de pulsera—. Venga, quítate la camiseta de la empresa. Vamos a almorzar —añadió.

Una vez en la calle los dos hombres dejaron de ser el jefe y el empleado y se convirtieron de nuevo en los dos amigos que aquella mañana habían desayunado juntos en casa de Madame Elisende. Resultaba imposible saber cuál de los dos era más feliz con aquella amistad. Óscar había estado dolorosamente solo hundido en su depresión durante muchos meses, sin poder compartir su tristeza y su sufrimiento con nadie. César también había estado espantosamente solo, sumido en su sangrante y profunda crisis existencial. El destino les había unido a las puertas del suicidio.

—No sabes lo feliz que me siento teniéndote como amigo. Me has devuelto la ilusión de vivir. Estaba tan solo.... —le confesó Óscar, mientras posaba su brazo sobre los hombros de su joven amigo.

César no le pudo contestar. Estaba profundamente emocionado. Óscar le miró de soslayo y también se emocionó. A ambos se les habían llenado los ojos de lágrimas. No hacía ni dieciséis horas que se habían conocido en la estación del ferrocarril y ya se apreciaban, por no decir se querían, como si llevasen toda una vida de amistad en mayúsculas.


SÉPTIMO CAPÍTULO


—¿A dónde me llevas? —le preguntó César al cabo de un rato.

—Al restaurante de cocina madrileña en el que suelo almorzar cada día. Sirven unos platos castellanos exquisitos. ¿Te gusta la comida de pueblo?

—Me encanta. Mi madre en paz descanse era una excelente cocinera.

—¿La señora de la foto que llevas en la cartera?

—Sí. Murió hace seis meses de cáncer de mama. Ella era lo que más quería en el mundo.

—¿Y tu padre? —quiso saber Óscar.

—Era madre soltera —le respondió escuetamente César, tragando saliva, mientras hacía un esfuerzo por controlar los músculos del rostro y la garganta para no echarse a llorar.

—Ah... —alcanzó a decir Óscar—. Yo también perdí a la mía hace dos años. Murió de un infarto —añadió con voz quebrada.

Los dos amigos siguieron caminando en completo silencio, sumidos en sus dolorosos recuerdos. Unos cincuenta pasos más adelante estaba la entrada del restaurante, pero de súbito Óscar cambió de idea y sin decirle nada a César le llevó al bar El regazo de la dehesa de Fernando.

—¿No íbamos a un restaurante castellano?

—Sí, pero en cuanto he visto el portal me ha entrado una gran angustia. He estado almorzando allí cada día durante los últimos meses, siempre solo, completamente solo. Ayer casi no pude comer nada por la tristeza y la desesperanza. Estaba destrozado. Lo que pasó después, tú ya lo conoces.

—Pero ahora ya no estás solo. Me tienes a mí —le aseguró César.

—Ya, pero prefiero cambiar de aires, si no te importa. En el bar de Fernando nos sentiremos más a gusto.

—De acuerdo, pues. Entremos.

—¡Hombre, mi amigo Óscar! ¡Bienvenido de nuevo al Regazo de la dehesa! —exclamó el dueño con sincera alegría nada más verlos entrar—. ¿No me va a presentar a su amigo?

—Ya le conoce. Es César, el vagabundo de ayer.

—Pues vaya cambiazo. ¿Quién ha sido el artista que le ha transformado en un joven tan apuesto?

—Lo tiene ante sus ojos.

—¿Óscar?

—Efectivamente. Es un peluquero de primera —le aseguró César.

—Pues, enhorabuena por su excelente trabajo, Óscar.

—¡Gracias, Fernando!

—Me alegro mucho de volverlos a ver. Escojan la mesa que más les guste. Están en su casa.

—Nos sentaremos en la misma que ayer —le respondió Óscar.

Ambos notaron que el corazón se les ensanchaba. Realmente se sentían como en casa. El extremeño era un artista alegrando el alma a sus clientes. Parecía leer sus mentes. De haber podido estudiar sin duda hubiera sido un psicólogo excelente.

—¿Que les sirvo, amigos?

—Algo sencillo para almorzar. Con un solo plato tendremos suficiente. Lo dejamos a su elección. Espero que nos sorprenda.

—Les sorprenderé, no les quepa la menor duda. Y si no lo hago, se irán sin pagar —les aseguró Fernando con una amplia sonrisa—. ¿Les pongo algo para picar mientras esperan?

—Sí, algo que nos abra el apetito.

—De acuerdo.

Un par de minutos después les sirvió unas aceitunas extremeñas con mucha pulpa y poco hueso que eran una verdadera tentación, unos taquitos de chorizo y queso de oveja también extremeños y un vaso de vino tinto de la Ribera del Guadiana.

—Espero que este sencillo aperitivo de productos de mi amada Extremadura les abra el apetito.

—Muchas gracias, Fernando. Ya nos lo ha abierto con la vista antes de probarlo. Es usted un adivino. Ha acertado de lleno, ¿verdad César?

—Y que lo digas. Nos vamos a poner las botas con estos manjares.

—Así lo espero, amigos —les deseó el camarero mientras se dirigía de nuevo hacia la entrada de la pequeña cocina situada detrás de la barra.

El aperitivo les supo a gloria. Estaban tan a gusto uno en compañía del otro... En el bar sólo había otra mesa ocupada por una pareja de mediana edad y un viejo parroquiano en la barra saboreando un café corto.

—No hay nada más gratificante que comer en compañía. Todo sabe mucho mejor. Si existe la felicidad, sin duda tiene que ser algo parecido a esto.

—Tienes mucha razón, Óscar —le respondió César mientras daba buena cuenta de la última aceituna que Óscar le había cedido gustoso.

Fernando estaba pendiente desde la barra y en cuanto vio que habían terminado con el aperitivo, se acercó a retirar los cubiertos.

—¿Ha estado todo a su gusto, amigos?

—Por supuesto, Fernando. Todo absolutamente delicioso.

—Ahora les traigo el sencillo plato que me han pedido.

Un minuto después les sorprendía con unos soberbios huevos fritos acompañados de abundantes patatas fritas que todavía humeaban recién sacadas de la sartén, unas rebanadas de pan moreno de pueblo, sin duda también extremeño y otros dos vasos colmados de vino tinto. A los dos comensales se les iluminó el semblante.

—¡Uauuuu, mi plato preferido! —exclamó Óscar.

—¡Y el mío! ¿Cómo lo ha adivinado, Fernando? —le preguntó César con cara de felicidad.

—Jejeje, uno que ya es perro viejo en el oficio. No saben como me alegro de haber acertado —les respondió henchido de satisfacción.

—Y nosotros que sea usted un perro viejo con tanta carrera a sus espaldas.

—¡Disfrútenlos! Si necesitan más pan para mojar en la yema no tienen más que pedírmelo. ¡Buen provecho!

—Por cierto, Fernando, ¿no serán también extremeños estos huevos?

—Extremeños camperos puestos esta misma mañana por las gallinas de unos amigos de Plasencia. Me traen seis docenas cada semana. Todo lo que sirvo en El regazo de la dehesa procede de mi adorada tierra, incluidas las patatas.

—Estamos encantados, Fernando —le aseguró emocionado Óscar—. Usted  nos alegra el corazón.

—Mi mayor ambición es hacer felices a mis clientes.

—Le quiero confesar un secreto —le dijo César mirándole muy serio a los ojos—. Ayer noche Óscar y yo estuvimos a punto de suicidarnos en la estación del tren. No lo logramos tal vez porque nuestro destino era otro. Cuando entramos en este bar estábamos hundidos, con el alma hecha añicos. La tristeza, la frustración y la decepción de la vida nos ahogaban y usted logró que nos olvidásemos de todo y disfrutásemos de la deliciosa cena que nos sirvió. Lo mejor, sin embargo, no fue la cena sino el cariño y la exquisita amabilidad con que nos trató. Consiguió incluso hacernos reír a carcajadas. Y encima no nos cobró. Es usted la persona más buena que he conocido en toda mi vida, a excepción de mi adorada madre, que Dios la tenga en la Gloria.

—No sigan , por favor, o me harán llorar. Yo no soy bueno, simplemente he vivido en mis propias carnes lo que significa la desesperación, la soledad y la falta de cariño. Aprendí muy pronto que lo que más dicha me daba era hacer feliz a la gente maltratada por la vida, porque yo también lo fui en mi juventud. Un vagabundo me echó una mano cuando yo estaba hundido hasta el fondo en un pozo negro de desesperación y me cambió la vida.

—Usted ayer hizo los mismo por nosotros —le aseguró emocionado César—. Cualquier otro camarero al verme sucio y desaliñado me hubiera echado a la calle sin miramientos y usted no sólo no me echó sino que me trató como si fuera su mejor amigo.

—¿Ven? Ya me han hecho llorar.

—¿Le podemos dar un abrazo, Fernando?

—Ya están tardando.


OCTAVO CAPÍTULO


Óscar estaba tan agradecido a Fernando que le dejó cincuenta euros de propina sobre la mesa. Se los había ganado con creces. Cuando el camarero se dio cuenta, corrió tras ellos para devolverles el billete, pero ya se habían esfumado.

La tarde de trabajo en Oscarprint transcurrió sin incidentes. César volvió a terminar el reparto mucho antes de la hora. Cuando regresaba a las oficinas de la empresa conduciendo por la calle de Atocha pasó por delante de la Iglesia de Santa Cruz y su corazón le dio un vuelco. Fue tan grande el dolor que sintió que tuvo que estacionar la furgoneta donde pudo y rompió a llorar amargamente sobre el volante. Al cabo de un rato consiguió serenarse lo suficiente para seguir conduciendo. No quería que Paquita y Óscar se dieran cuenta de que había llorado y dio varias vueltas por Madrid para que sus ojos y párpados tuvieran tiempo de descongestinarse. Llegó veinte minutos antes de cerrar.

—Buenas tardes, Paquita.

—Buenas tardes, César. El jefe te está esperando.

—Óscar, ¿puedo pasar?

—Claro. Entra y cierra la puerta —le dijo Óscar con una gran sonrisa—. Siéntate. Quiero proponerte un plan para esta noche.

—Tú dirás.

—He pensado que podríamos cenar de unos tacos y un par de cervezas Corona Extra en un bar mexicano que han abierto hace poco cerca de aquí. Me lo recomendó un amigo y todavía no he ido ninguna vez. ¿Qué te parece el plan?

—Nunca he probado ni los tacos ni la cerveza mexicana. Siento curiosidad.

—¡Perfecto! Vamos, pues.

La idea de Óscar era visitar a su querida Gloria Matilda después de cenar para echar un buen polvo y recuperar su hombría, y quería hacerlo acompañado por César para que él también pudiera desfogarse con la colombiana. No le iba a decir nada hasta después de la cena. Sería una sorpresa. En su mentalidad de viejo putero ni por asomo dudaba que a César le iba a encantar la propuesta, eso sí, después de unas cuantas cervezas y unos tacos bien picantes para animarse y entrar en calor.

La taquería Yucatán estaba abarrotada de clientes, no cabía ni un alfiler. Los dos amigos tuvieron que esperar un buen rato junto a la entrada hasta que quedó libre una de las mesas. Como no tenían ni idea, le pidieron al camarero que él mismo escogiera por ellos un par de tacos. La verdad es que se les antojaron muy buenos, muy sabrosos, con un punto picante que su boca y su garganta pudieron soportar sin abrasarse. Después del primero, pidieron otro y luego otro, hasta cuatro, cada vez acompañados de una cerveza. Estaban muy a gusto, felices, relajados, riendo a carcajadas por el efecto del alcohol.

Al cabo de algo más de una hora por fin se animaron a levantarse. Cuando César se puso de pie, perdió el equilibrio y Óscar tuvo que sujetarlo. El pobre estaba borracho como una cuba con sólo cuatro cervezas, lo que agradó sobremanera a su amigo, más acostumbrado a beber. De esta manera sería mucho más fácil llevarlo al piso de Gloria Matilda. Sin saber porqué, tal vez por una extraña intuición, Óscar sospechaba que su joven amigo se iba a negar a ir de putas si se lo proponía directamente.

—¿Dónde vamos? —preguntó César arrastrando la lengua.

—A visitar a una buena amiga —le respondió Óscar con gesto picarón.

—¿Madame Elisende?

—No, una mujer mucho más joven. Ya verás, te va a encantar. Es muy cariñosa.

—Ah, vale.

Óscar marcó un número en su teléfono móvil y se alejó unos pasos para que César no escuchase la conversación.

—Buenas noches, Gloria Matilda. Soy Óscar. ¿Estás libre esta noche?

—Claro, cariñito mío. Para tí siempre estoy disponible. Ven cuando quieras, mi amor.

—¿Puedo llevar a un amigo? Ha bebido un poco más de la cuenta, pero te aseguro que sabrá comportarse.

—Por supuesto. Me encantan los tríos.

—Casi mejor de uno en uno. Mi amigo es muy tímido —le mintió.

La colombiana era una mujer morena de unos treinta y tantos años, algo entradita en carnes, con unas curvas impresionantes y unos pechos turgentes y generosos ideales para dar placer al miembro viril de sus clientes, algo en lo que estaba especializada.

—Buenas noches, Oscarcito mío. Te he echado mucho de menos. ¿Te habías olvidado de tu jaguarcita?

—Buenas noches, Gloria Matilda. No, que va. Es que he estado un poco deprimido. La zorra de mi mujer se largó con mi hermano.

—Ay, pobrecito mío. Lo que habrás sufrido. Pasa, mi amor, yo te consolaré como tu ya sabes.

—Te presento a mi amigo César.

—¡Uauuu, pero qué preciosidad de hombre! ¿De dónde ha salido este bomboncito? Es tan guapo que no parece de este mundo. Pasa, mi amor. Mamacita Gloria Matilda te va a preparar un cafecito.

—Muchas gracias, señora —le agradeció César, que seguía sin enterarse de nada.

—¿Señora? Pero qué educado eres, corazón mío. Dan ganas de comerte a besos. Siéntate aquí, Cesarcito. Enseguida te sirvo el café. Óscar, tu ya sabes, sírvete lo que quieras. Estás en tu casa, mi vida.

Óscar fue tras ella. Quería decirle en privado que tratase a César con mucha delicadeza. Sospechaba que nunca había estado con una chica del oficio. "Mi amigo el primero, ¿vale?" —le pidió en voz baja.

—Aquí tienes el cafecito, bomboncito mío. Te lo he endulzado con una cucharadita de azúcar moreno.

—Muchas gracias, señora. Es usted muy amable.

Óscar se partía de risa sentado en un rincón muy oscuro del salón del coqueto piso de la colombiana. No era consciente de que tal vez a César le podía sentar muy mal que le hubiera llevado a aquella casa de citas sin su consentimiento, aprovechándose de su estado de embriaguez. Como buen putero estaba convencido de hacerle un bien. Para él echar un buen polvo con una profesional era lo mismo que comerse una buena paella en un buen restaurante. No tenía mayor importancia.

Cuando César acabó de tomarse el café, Gloria Matilda lo cogió de una mano y se lo llevó a una de las dos habitaciones que tenía siempre preparadas para dar solaz a sus clientes. César seguía sin sospechar nada, aunque el café ya empezaba a hacer su efecto.

—¿Qué hace, señora? ¿Cómo se atreve? —le gritó a Gloria Matilda cuando le estaba bajando la cremallera de la bragueta. Aquel intento no consentido de violación de su intimidad le hizo recuperar súbitamente la sobriedad y como un resorte se puso en pie de un brinco y corrió hacia lo que él creía que era la puerta de salida del piso, aunque en realidad era la cocina.

—¿Dónde vas, César? ¡Espera! ¡Cálmate! —le gritó Óscar agarrándolo de un brazo.

—¡Suéltame, cabrón, ya no eres mi amigo!

—¡Por favor, cálmate. Deja que te lo explique!

—No hay nada que explicar. Me has emborrachado para llevarme de putas sin mi consentimiento, para mofarte de mí o quién sabe con qué otras intenciones.

—Yo no quería mofarme de tí, sólo quería que echásemos un buen polvo con esta amiga, nada más. No había segundas intenciones.

—¿A no? ¿Quién me asegura que no eres un voyeur, un depravado?

—¿Cómo puedes pensar esto de mí? César, por favor, mírame, soy tu amigo.

—Me has faltado al respeto. Yo confiaba en tí.

—Perdóname, por favor. Mi intención era buena. Te lo juro por la memoria de mi madre.

—Deja a tu pobre madre en paz, sinvergüenza.

—Venga, vámonos, si es lo que quieres.

—Quiero irme solo.

—¿Y dónde vas a ir?

—¡A la puta calle!

—¡No lo permitiré!

—¡Déjame en paz, joder!

—No puedo. Te qu.... —casi le confesó Óscar. Por suerte se contuvo a tiempo y César no le entendió.

Unos minutos más tarde estaban los dos paseando bajo las estrellas. César ya se había calmado y había comprendido que llevándole de putas Óscar simplemente había querido hacerle un regalo de amigo.

—¿Me perdonas, César? Si no lo haces voy directo a tirarme bajo las ruedas del primer coche que pase.

—Vale. Te perdono.

—Si me perdonas de corazón, dame un abrazo.

—Estás como una cabra.

—Sí, lo confieso, soy un maldito putero loco como una cabra, pero daría mi vida por conservar tu amistad.

—Venga, vale.

Unos transeúntes se pararon a mirar a aquellos dos tíos dándose un largo abrazo.

—¡Putos maricones de mierda. Deberían matarlos a todos. Qué asco, por Dios! —exclamó un rechoncho cincuentón con bigote hitleriano que llevaba del brazo a su mujer.


NOVENO CAPÍTULO


Los dos amigos no oyeron a aquel homosexual reprimido, camuflado, enfermo de autoodio, como tantos y tantos que se esconden en un matrimonio de conveniencia para autoengañarse e intentar engañar a los demás, destrozando en muchas ocasiones la vida de una pobre mujer. No, no escucharon su vómito, estaban absortos en sus sentimientos. Se querían hasta lo inconfesable, cada uno a su manera.

César no había tenido ni padre ni hermanos y mucho menos un amigo que le quisiera tanto como Óscar. La sensación maravillosa de saberse querido, protegido, mimado, acompañado por alguien distinto a su difunta madre era totalmente nueva para él, y más todavía después de haber pasado cinco espantosos meses tirado en la calle, rodeado por millones de personas, pero a la vez ignorado y pisoteado por ellas, es decir, absolutamente marginado y solo.

Sí, él también le quería, pero no como se quiere a un hermano o a un amigo, sino un poco más. De haber tenido que responder a la pregunta de un psicólogo sobre lo que sentía por Óscar, seguramente le hubiera resultado imposible darle una respuesta concreta y coherente, una explicación lógica y convincente. Le quería con delirio, pero no era en absoluto un amor carnal. A César le gustaban las mujeres, sólo las mujeres. Había estado perdidamente enamorado de una muchacha algo más joven que él, la dulce y encantadora auxiliar de clínica que había cuidado a su madre en los últimos meses de su cruel enfermedad.

Silvia, que así se llamaba la auxiliar, no se había percatado de sus poderosos sentimientos. Había confundido su extrema simpatía, cortesía y amabilidad con su agradecimiento por cuidar tan bien de su madre. Sí, efectivamente, César le estaba profundamente agradecido, pero además también la quería con la intensidad, la inocencia y la ingenuidad con que sólo se quiere al primer amor que nos regala la vida. Cuando tras la muerte de su madre fue a buscarla al hospital para decirle que la amaba, la vio en brazos de otro hombre y esto le partió el alma.

Óscar era un hombre bueno, extremadamente bueno y también agradecido, generoso y fiel con las personas que quería. En toda su vida sólo había estado con dos mujeres: su ex esposa y Gloria Matilda. Aunque le gustaban muchísimo las mujeres no era en absoluto un mujeriego. Había perdido la virginidad a los veintitres años con su novia, la que con el tiempo acabaría siendo su mujer. Cuando se casaron lo hicieron estando profundamnete enamorados, pero poco después, en la cena de nochebuena con la familia, mientras él estaba en el baño, su hermano entabló conversación con su mujer y, sin buscarlo ni quererlo, se enamoraron como dos adolescentes.

Fue entonces cuando empezó su calvario. La que hasta entonces había sido una esposa entregada que sólo vivía por él y para él, la que le esperaba ansiosa en casa deseando que volviera cuanto antes del trabajo para comérselo a besos y caricias, la que él enloquecía de placer varias veces cada noche, la que lo llamaba a todas horas al trabajo sólo para decirle que le quería y la que cada mañana le daba los buenos días con un beso, de pronto dejó de quererlo sin darle ninguna explicación y él deseó morir. Acostumbrado como estaba a tanto cariño y tanta compañía, de pronto se vio ignorado, marginado y despreciado por su mujer en su propia casa y para llenar aquel vació y calmar tanto dolor no se le ocurrió otra cosa que buscar consuelo en brazos de Gloria Matilda.

Una tarde, mientras tomaba café en un bar hojeando distraidamente el periódico, se fijó en los anuncios de contactos y uno de ellos le hizo sonreír. Parecía escrito expresamente para él: "Gloria Matilda, veinte años, recién llegada de Colombia, fogosa, cariñosa, exuberante, el sueño de cualquier hombre casado al que su mujer ha dejado de querer. Ven, te espero, no te lo pienses dos veces. Yo sabré darte el cariño que tanta falta te hace."

Gloria Matilda era una mujer buena y muy inteligente. Se sabía sola en el mundo y esta certeza la había hecho fuerte y valiente. Había nacido en una aldea perdida en la selva amazónica del sudeste de Colombia. Su madre había muerto de una neumonía a los diez meses de parir a su octavo hijo y ella, que era la mayor y la única hembra, con sólo doce años tuvo que hacerse cargo de su padre y sus siete hermanos. Vivían en la miseria, pero por suerte no pasaban hambre. La selva les proporcionaba todo el alimento que necesitaban.

Su padre, un hombre todavía joven, intentó buscar una nueva esposa, pero todas las muchachas a las que propuso matrimonio, al saber que ya tenía ocho hijos, le rechazaron para no tener que asumir aquella carga. Acostumbrado a yacer cada noche con su mujer no hallaba la manera de descargar su virilidad. Odiaba masturbarse y pronto empezó a fijarse en su hija. Al principio sólo eran caricias inocentes, aparentemente de padre, pero a los pocos días se trasformaron en manoseos descarados.

Gloria Matilda se temía lo peor. Estaba aterrada. No sabiendo como liberarse del acoso de su padre, fue a visitar a una anciana, tía-abuela de su madre, para pedirle consejo. Valentina, que así se llamaba la mujer, a lo largo de sus setenta y ocho años había tenido tres maridos y seis hijos. Ahora estaba viuda y sola. Todos sus hijos se habían marchado a Bogotá y Medellín para buscarse la vida. Gloria Matilda le explicó entre sollozos el drama en el que se veía envuelta. Valentina la escuchó en silencio con semblante triste y le acarició la mejilla con ternura.

—Siéntate a mi vera, mi niña —le dijo, mientras la rodeaba con el brazo—. Los hombres son muy simples, tan sencillos de entender como los niños. Su naturaleza les hace estar permanentemente en celo. No es su culpa. Así lo dispuso el Creador. Tu padre es joven y necesita desfogarse, vaciar cada día su virilidad. Él ya no te ve como a su hija sino como a una mujer. Tú no puedes escapar de su acoso. Si te marchas a la ciudad será mucho peor para ti. Todos los hombres con los que te encuentres por el camino te violarán sin contemplaciones y en Bogotá acabarás trabajando en un burdel.

—Entonces me mataré —le aseguró ella con lágrimas en los ojos.

—No, pequeña mía, de matarte nada. Debes vivir, mejor dicho, sobrevivir y para ello sólo tienes un camino. Ya lo dice el refrán: "Si no puedes vencer a tu enemigo, únete a él."

—No te entiendo, tía.

—Ya que no tienes otra salida por ser demasiado pequeña, dale a tu padre lo que quiere, pero no permitas que te penetre.

—Sigo sin entenderte.

—Cuando vuelva a tocarte, arrodíllate ante él, bájale los pantalones y chúpale su miembro hasta que descargue su virilidad. Si intenta penetrarte, recuérdale que eres su hija y que Dios le condenará al infierno si lo hace. De todas formas, si eres lo suficientemente astuta no correrás ningún peligro de que llegue a hacerlo.

—¿Cuando dices astuta, quieres decir puta?

—Exactamente. Veo que a pesar de ser tan pequeña ya vas entendiendo.

—¿Entonces tendré que chupársela cada día?

—Sí, y si lo ves nervioso deberás hacerlo varias veces para mantenerlo bien saciado. Sólo así conseguirás que no te viole. Ya verás que es muy fácil. En sólo tres minutos habrás terminado. A los hombres les encanta que se la chupen. Yo hubiera tenido más de veinte hijos y ya estaría muerta si no hubiera hecho lo mismo que ahora te aconsejo con mis tres maridos.

—¿Y si me pide que le haga otras cosas?

—Pues se las haces. Lo importante para tí es que no te penetre. Si lo hace te quedarás embarazada y tu vida se acabará para siempre. Ya nunca más volverás a ser libre. Aguanta como puedas hasta que seas una mujer. Entonces te cortas el pelo, te ciñes el pecho para que no se te note, te vistes con ropa de hombre y te vas a la ciudad a buscarte un trabajo que te permita vivir con dignidad.

—¿Y si no lo encuentro, y si me descubren?

—Entonces te conviertes en una prostituta y te ganas la vida haciéndoles a los hombres lo que habrás aprendido con tu padre.

Y Gloria Matilda aprendió la lección. Cuando tuvo diecisiete años, su padre murió en una pelea a navajazos con otro hombre y entonces ella se vistió con sus ropas y se marchó a Bogotá. Allí se mató a trabajar en todos los trabajos de hombre que encontró, hasta que un día, viendo que nunca conseguiría suficiente dinero para ser libre, se quitó las ropas de hombre y fue a pedir trabajo de criada a casa de un poderoso hacendado. Tuvo suerte y se lo dieron. Su plan iba viento en popa.

El señor y sus dos hijos varones no tardaron en acosarla. Ella ya se lo esperaba, es más, lo deseaba, incluso se les insinuaba sutilmente para hacerles caer en la tentación. En su mente retumbaban las palabras que la anciana Valentina le había dicho: "Los hombres son muy simples, como niños, dales lo que quieren y tú conseguirás ser libre."

En sólo tres meses había atesorado una pequeña fortuna en joyas y dinero. Literalmente tenía cogidos por sus partes a los tres varones de la casa, y todo ello conservando intacta su virginidad. Había adquirido tal habilidad en darles placer y hacer realidad todas sus fantasías que conseguía de ellos todo cuanto les pedía.

Aparte de los dos hijos, en la casa había también una hija de su misma edad. Se parecían tanto que un día se le ocurrió la idea de suplantarla. Para ello tendría que robar su pasaporte y unos documentos que certificaban que era nieta de un abuelo español.

Gloria Matilda era astuta, muy astuta, muy puta, como le había aconsejado Valentina. Una mañana aprovechó que la señora le había mandado llevar los resultados de unos análisis de sangre de su marido al médico de la familia y, sin que nadie se diera cuenta, cogió el pasaporte, los documentos que atestiguaban que tenía derecho a solicitar la nacionalidad española, el dinero y las joyas que había atesorado y ropa para cambiarse, se metió en un taxi y se fue directo al aeropuerto El Dorado.

Al cabo de dos horas ya estaba volando sobre el Atlántico rumbo a Madrid. En cuanto llegó presentó los documentos para solicitar la nacionalidad española y acto seguido alquiló un piso no muy caro, donde montó su negocio. Tres años después ya había atesorado una fortuna considerable, lo que le permitió comprar el lujoso piso en el que vivía desde hacía diez años.

A los treinta y seis años seguía con su virginidad intacta y eso a pesar de recibir hasta a diez clientes cada día. Varias veces al año cerraba el negocio, dejaba un mensaje grabado en su teléfono y se marchaba de viaje a todo lujo a disfrutar de la vida.


DÉCIMO CAPÍTULO


Aquella noche Óscar y César casi no durmieron. Su recién estrenada amistad había estado a punto de romperse en mil pedazos. Con sólo pensarlo a ambos les daba un vuelco el corazón. De haberse roto para siempre, los dos hubieran caido de nuevo en picado en una depresión todavía peor que la que les llevó a la estación del ferrocarril dos días atrás. No, no podían permitirse este lujo. Su amistad valía muchísimo más que una simple mamada de una meretriz.

Por otra parte a Óscar le sabía mal haber quedado fatal con Gloria Matilda. Era su amiga, a su manera la quería. Durante muchos años fue su único consuelo, su confesora, su psicóloga, su confidente, su amante. De no haber sido por ella, él hubiera hecho una locura cuando un mediodía volvió a casa y encontró una nota de su ex en la que le confesaba que amaba a su hermano desde hacía quince años y le decía adios para siempre. Óscar había enloquecido, había cogido un cuchillo de cocina y se había encaminado casi corriendo hacia el piso de su hermano dispuesto a matarlos a los dos. Por suerte el piso de Gloria Matilda le venía de paso y cuando pasaba por delante levantó la vista y la vio en el balcón regando sus plantas. Ella también lo vio y lo llamó para que subiera.

Al verlo tan alterado lo hizo sentar y le sirvió un coñac. Tras escucharlo con paciencia durante una hora consiguió convencerlo para que se olvidase de su mujer y le quitó el cuchillo. Él entonces se puso a llorar como un niño y se abrazó a ella como si fuera su madre.

—Oscarcito, mi vida, no llores, mi amor. Tú ya sabías que ella no te quería. Olvídala. No se merece ni una sola de tus lágrimas.

—A pesar de todo yo sí la quería. La he querido durante estos quince años como un pardillo mientras ella se acostaba con el gran traidor de mi hermano. Ojalá se mueran los dos de un cáncer terrible y no puedan disfrutar de su amor.

—Olvídalos. Dios sabrá como castigarlos.

—¿Dios? ¿Acaso existe Dios? Él, que en teoría es todopoderoso, ¿por qué permite que pasen estas cosas? ¿Por qué nos hace sufrir tanto pudiendo evitarlo con un solo clic de su pensamiento o de su voluntad? ¿Tú lo entiendes, Gloria Matilda?

—No, no lo entiendo,Óscar. Hay muchas cosas que no entiendo. Sólo sé que estamos de paso en este mundo y que debemos vivir la vida lo mejor que podamos. Es tan corta y tan cruel...

—¡Qué sabia eres, jaguarcita mía! ¡Cómo te quiero!

—Anda, ven con tu mamacita. Yo te consolaré de tanto sufrimiento. Ya verás como después te vas a sentir mucho mejor.

Pero no, no pudo consolarlo. Por primera vez en su vida a Óscar no se le levantó y aquello acabó de desmoronarlo. Quedó tan traumatizado, se metió tanto en la cabeza que se había quedado impotente por culpa de su ex, que durante cuatro largos meses no pudo desfogarse ni con Gloria Matilda ni con la mano. Probó con películas porno, pero tampoco funcionó. Su colgajo estaba muerto para siempre, y encima se había quedado solo en el mundo. Su hermano era su único pariente y le había robado a su mujer. No tenía a nadie con quien compartir su vida. La tristeza y la soledad le ahogaban. Estaba muerto. Ya nada le importaba. No se atrevía a volver a casa de Gloria Matilda. No podía. Le daba vergüenza reconocer su impotencia. Tampoco podía acudir a sus empleados. Todavía le quedaba un poco de dignidad.

Aquella noche infausta, cuatro meses después, cuando volvió a su casa después del trabajo y se la encontró a oscuras y vacía por enésima vez, volvió a cerrar la puerta y corrió hacia la estación del ferrocarril. Había decidido matarse. Con una frialdad y una serenidad que le sorprendieron a si mismo, estudió el terreno y planeó hacerlo al día siguiente a puesta de sol. Fue entonces cuando se encontró con César y sus vidas quedaron unidas para siempre con un lazo invisible de amistad inquebrantable.

—Gloria Matilda, ¿puedo venir a verte? —la llamó desde la calle a dos pasos de su casa. Eran la diez de la mañana. Había dejado a César haciendo el reparto de los pedidos del día y le había dicho a Paquita que salía un momento a tomar un café. Podía estar con la colombiana hasta las doce y media.

—Oscarcito, mi amor. Claro que sí.

—¡Ábreme, por favor!

—¡Voy!

—Jaguarcita, te debo una disculpa. Siento mucho lo que pasó ayer con mi amigo. Estoy avergonzado.

—No tienes que disculparte de nada, corazón mío. Son cosas que pasan.

—Menos mal que luego se tranquilizó e hicimos las paces. No debí traerlo engañado. Se lo tomó fatal. Yo sólo quería que te conociera y que disfrutase de tus excelentes servicios. Todavía me estoy preguntando porqué reaccionó tan mal.

—Tal vez tiene algún poblema en sus partes o todavía es virgen. Incluso puede ser que tenga unas fuertes convicciones religiosas y no quiera hacer el amor hasta casarse. No me extrañaría que fuera del Opus Dei.

—Yo le he visto su colgajo y sus huevines y te puedo asegurar que por ahí no van los tiros. Está muy bien dotado, muy por encima de la media. Otra posibilidad sería que fuese homosexual. ¿Te lo pareció a tí? —le preguntó Óscar deseando que le dijera que sí.

—Para nada. Por mi larga experiencia en los asuntos de los hombres te puedo garantizar que de marica no tiene ni un pelo.

—Entonces no entiendo nada.

—Ni yo tampoco. Venga, relájate. ¿Qué quieres tomar, mi amor?

—Un brandy con hielo.

Óscar deseaba probarse a sí mismo que no se había vuelto homosexual, que lo que había sentido por César al verlo desnudo no había sido más que una reacción fisiológica completamente natural por sus cuatro meses de abstinencia forzosa. A él le gustaban las mujeres.

Mientras se tomaba el brandy, Gloria Matilda lo fue calentando poco a poco, como sólo ella sabía hacerlo. Conocía sus gustos, sus fantasías, sus pequeños vicios. Y como si fuera la cosa más natural del mundo, mientras le hablaba palabras cariñosas para que se relajase, se fue quitando poco a poco el sujetador hasta liberar por completo sus exuberantes pechos tropicales de oscuros y erectos pezones, que sabía que volvían loco a Óscar. ¡Funcionó! Un gran bulto amagó con reventar su bragueta. Óscar estaba feliz y Gloria Matilda todavía más que él. Acababa de recuperar a uno de sus mejores y más generosos clientes.

Con sus dedos regordetes le fue desabrochando poco a poco la camisa, mientras le acariciaba el abundante vello de su pecho y luego le ayudó a sacársela. En cuanto tuvo el torso desnudo le pellizcó sus pequeños pezones entre dos de sus largas y encarnadas uñas y Óscar se estremeció de placer.

Había llegado la hora de liberar el colgajo lleno a reventar de sangre que tanto le había hecho sufrir. Gloria Matilda sonreía. Estaba disfrutando tanto como Óscar. Él no era un cliente cualquiera. Le había cogido cariño y deseaba sinceramente que fuera feliz. Una vez completamente desnudo le hizo echarse patas arriba sobre una delicada manta de terciopelo rojo y con sus oscuras manitas le limpió el culito, los huevines y su ingurgitado miembro con la ayuda de varias toallitas húmedas para bebé, a continuación se lo secó todo con un suave pañuelo de finísima seda y procedió a comerse a lametazos, besos, chupaditas y mordisquitos las partes más íntimas y sagradas de aquel hombre, que se dejaba hacer confiado y relajado disfrutando como nunca del impecable trabajo de aquella experimentada mujer.

Gloria Matilda no tenía prisa, estaba tan relajada como su cliente. Le gustaba su trabajo. Sabía que gracias a ella y a cientos de millones de mujeres como ella muchos hombres, como el mismo Óscar, conservaban la cordura y ello les permitía llevar una vida normal, mantener unido su matrimonio, dar un hogar estable y un futuro a sus hijos, continuar con su trabajo y sus negocios, no caer en el alcohol y las drogas y sobre todo no violar a las mujeres por la calle como desalmados verracos en celo. Ella más que nadie conocía la endiablada y a la vez sencilla naturaleza de los hombres.

Óscar ya no podía aguantar más, estaba llegando al climax y, antes de que descargase su virilidad, Gloria Matilda le hizo levantarse, se echó ella sobre la manta de terciopelo con el torso desnudo y aprisionó con sus esplendorosos y turgentes pechos los ingurgitados y palpitantes genitales de su cliente para que se restregase frenéticamente contra su suavidad y descargase bramando como una bestia salvaje sobre su piel morena toda la angustia acumulada durante cuatro meses.

Óscar quedó tendido en el suelo casi sin sentido y tardó más de quince minutos en recuperar el resuello. Había sido apoteósico. Estaba inmensamente agradecido a Gloria Matilda. Volvía a ser un hombre como Dios manda, un macho ibérico, un semental.

Al cabo de media hora sacó su cartera, le dio doscientos euros y un beso a Gloria Matilda y salió a la calle con el alma rebosante de felicidad.


UNDÉCIMO CAPÍTULO


Mientras se dirigía a la editorial El Epílogo para entregar un pedido, César volvió a pasar por delante de la Iglesia de Santa Cruz y nuevamente sintió una dolorosa puñalada en el corazón que lo obligó a parar. "Dios, dame una señal de tu existencia para que pueda seguir creyendo en ti. No me abandones en mi desesperación. Si realmente existes, házmelo saber de alguna manera. Ahora más que nunca necesito tu abrazo de padre, tu mano de amigo. No me falles, no me arrastres de nuevo a buscar el suicidio" —rezó con la mente, mientras dos regueros de lágrimas brotaban de sus ojos y se perdían entre los oscuros pelos perfectamente recortados de su barba.

Cuando al cabo de un rato consiguió serenarse, volvió a encender el motor de la furgoneta y continuó con el reparto. Unos minutos después pasó por delante del edificio donde vivía Gloria Matilda y un impulso poderoso lo obligó a estacionar el vehículo. No entendía nada. Se sentía poseído por una especie de demonio, un espíritu, una energía misteriosa más fuerte que su voluntad que lo llevó a apretar al azar uno de los botones sin nombre del interfono, que era precisamente el de la colombiana.

—¿Quién llama?

—Soy César, el amigo de Óscar. ¿Puedo subir?

—Pues claro que sí. Sube.

Sólo hacía media hora que Óscar había abandonado el piso. Gloria Matilda se acababa de duchar y le abrió enfundada en un vistoso albornoz con bellísimas orquídeas de mayo, la flor nacional de Colombia, sobre un fondo verde pistacho claro.

—Buenos días, señora. Siento mucho molestarla. Necesito hablar con usted, sólo hablar. Le pagaré cuando Óscar me ingrese la primera nómina.

—Tu no molestas, César. Y por hablar no cobro nada. Pasa.

César temblaba, tiritaba como si estuviera aterido de frío. Su sangre sobresaturada de adrenalina bullía en sus venas al igual que su alma. Estaba a punto de confesar toda la verdad, su verdad, su sagrada intimidad, a aquella mujer sudamericana para él desconocida que se ganaba la vida dando placer a los hombres. Algo le decía que sólo ella sería capaz de entenderle. "¿Será ésta la señal que me manda Dios?" —se preguntaba con la mente mientras tomaba asiento en una cómoda butaca beig con un dibujo de un colibrí verde irisado libando el néctar de una flor rosada.

—¿Qué quieres tomar?

—Un poco de agua fresca —le respondió César con un nudo en la garganta que le ahogaba.

Gloria Matilda hizo una mueca de extrañeza pero no dijo nada. Se dirigió a la cocina, sacó una botella de agua de la nevera, llenó un vaso y se lo dio a César.

—Aquí tienes.

—Muchas gracias, señora.

—No me llames, señora. Llámame Gloria Matilda.

—De acuerdo, Gloria Matilda. Tiene usted un nombre muy bonito.

—Me lo puso mi madre nada más nacer. Se lo había prometido a su abuela paterna en el lecho de muerte. Ella la recogió al quedarse huérfana con sólo dos años y la crió rodeada de amor. Estoy muy orgullosa de llevar el nombre de mi bisabuela —le aseguró mirándolo fijamente a los ojos y regalándole una sonrisa, que él le devolvió con un indisimulado rictus de tristeza.

—¿Seguro que no la molesto? —le preguntó tras largos segundos de silencio.

—En absoluto. Hasta la tarde no tengo ningún cliente. Y por favor, tutéame.

César estaba tan angustiado que al ir a beber un trago de agua, le tembló tanto la mano que derramó unas gotas sobre la carísima alfombra persa que embellecía el salón.

—Lo siento mucho, Gloria Matilda. No sé qué me pasa.

—No tiene importancia. Se secará en unas horas. El agua no ensucia. Estás muy nervioso, ¿verdad?

—Muchísimo —logró responder César con la voz quebrada mientras se le llenaban los ojos de lágrimas.

—Si necesitas llorar, hazlo. Es una medicina muy buena. No te avergüences por ello. Te ayudará a serenarte y a sentirte mejor.

César no le respondió. Se cubrió la cara con ambas manos y lloró amargamente. Gloria Matilda se emocionó. Nunca había visto llorar a un hombre de aquella manera tan desgarrada. Con sus grandes ojos castaños sin maquillar observaba a César intentando dilucidar lo que lo afligía. En un impulso de empatía deseó abrazarlo como una madre abraza a su hijo para darle un poco de consuelo. Lo cogió de una mano tirando suavemente de ella para que se levantase y lo rodeó con sus brazos. César se dejó hacer, pero permaneció inmóvil con los brazos caídos, sin atreverse a tocarla para devolverle el abrazo.

—Llora, mi niño. Echa a fuera sin miedo todo lo que te hace daño. Desahógate —le susurró al oído mientras le acariciaba la nuca con la mano.

De pronto César se estremeció, tragó saliva, dejó de llorar y levantó los brazos para rodear con ellos a aquella mujer maravillosa que tanto consuelo le había dado con sólo abrazarlo. Y fue ella entonces quien se estremeció de verdad hasta el tuétano de los huesos al sentir la ternura y el calor de su casto abrazo. Por primera vez en su vida un hombre la abrazaba sin deseo, sin intentar aprovecharse de ella para satisfacer su egoismo, la primera vez que sentía un poco de cariño, un poco de calor humano. Gloria Matilda no pudo controlar su emoción y se echó a llorar sobre el hombro de César. Él se sorprendió, pero siguió abrazándola todavía con más ternura. Permanecieron enlazados más de cinco minutos, saboreando ambos aquellas sensaciones maravillosas, aquellos sentimientos limpios y puros. No eran un hombre y una mujer, eran simplemente dos seres humanos atormentados que se daban consuelo mutuamente.

Cuando por fin se decidieron a separarse, se miraron a los ojos cinco largos segundos y se sonrieron. Y como si sus almas estuvieran realmente conectadas ambos abrieron la boca a la vez y pronunciaron al unísono la palabra gracias. Volvieron a sonreirse. A ambos les brillaban los ojos de pura emoción. Y entonces Gloria Matilda acarició la barbuda mejilla de César y él le regaló un beso en la frente. Sobraban las palabras.

De pronto César despertó de aquel sueño maravilloso, miró su reloj y se dio un golpe en la frente con la mano. Había pasado más de una hora. Faltaban sólo cuarenta minutos para la una y todavía le quedaban tres entregas del reparto. Se lo dijo a toda prisa a Gloria Matilda, le dio un beso en la mejilla y salió volando escaleras abajo. Ella quedó paralizada en medio del salón sin poder reaccionar, deseando que aquel abrazo de ensueño continuase eternamente, sintiendo la pulsión de salir corriendo detrás de César para que no se le escapase el único hombre que la había amado de verdad aunque sólo hubiera sido durante unos minutos.

—¡Vuelve cuando quieras! Por favor... —le suplicó desde la puerta de su piso.

—¡Lo haré!


 DUODÉCIMO CAPÍTULO


CONTINUARÁ..........