miércoles, 25 de enero de 2017

Homo hybridus, el Drimish

Hace 25.000 años....... Homo sapiens.......Homo neanderthalensis....... Homo hybridus.......

PRIMER CAPÍTULO

En el valle del sol naciente se respiraba mucha paz, mucha quietud. Hacía frío y una fina capa de escarcha blanqueaba la hierba. El sol se levantaba con timidez tras las montañas del este y sus rayos horizontales iluminaban el inmenso dosel verde de robles, alcornoques y encinas que cubría aquellas vastas tierras sureñas. Miríadas de aves cantaban felices al sol que renacía. A lo lejos se escuchaba la atronadora berrea de los venados luciendo altivos y desafiantes sus ramificadas astas de bravos sementales, enardecidos por la testosterona de su siempre puntual celo otoñal. Los secos y contundentes topetazos de sus astas, sus poderosos bramidos y el canto de las aves componían la melodiosa sinfonía de la vida en aquel paraíso.

Aquella gélida mañana Tzah no había querido salir de caza con su padre. Había preferido permanecer en las inmediaciones de la cueva, su hogar, observando con gran interés a las cinco mujeres adultas del pequeño clan, entre ellas su madre y su abuela, que estaban adobando la piel de un cachorro de oso de las cavernas. Tzah no se perdía ningún detalle. Le fascinaba el complejo mundo de las mujeres. Era mucho más interesante, amable y pacífico que el violento mundo de los hombres. Tras extender y atar bien tensa la piel del oso con sogas de corteza entre los troncos de dos abedules, embadurnaron su envés con una generosa capa de sal de roca. Bajo los rayos del sol del mediodía y el frío y reseco viento del norte en tres o cuatro semanas se secaría y una vez curtida serviría para arropar al bebé que Uloh, su madre, pariría en  un par de lunas en la intimidad de la cueva.

Tzah era el segundo de los cinco hijos de Uloh y el primero de Etoz, su padre. Nelut, su hermana mayor, hacía pocas lunas que había dejado de ser una niña. El día que sangró por primera vez su abuela le maquilló la cara con arcilla roja y le colgó del cuello un collar de dientes de jabalí para darle la bienvenida al mundo de las mujeres. Nadie sabía quién era su padre. Uloh, siendo todavía una chiquilla, había salido un día a recoger bellotas en un bosque cercano y a la vuelta pareció haber enloquecido. Iba sucia y llena de arañazos, como si se hubiera revolcado sobre la hojarasca y los arbustos del sotobosque, y sus ojos de orate miraban hacia dentro, hacia algo terrible que acababa de ver o de vivir. Su madre Aileh, la que en un futuro sería la abuela de Tzah, no consiguió hacerla hablar. Cuando le preguntaba, Uloh se negaba a mirarla a los ojos, se echaba a temblar y a llorar y corría a esconderse en lo más profundo de la cueva. Nunca más volvió a salir sola a recolectar frutas y semillas. Su pequeño cuerpo de adolescente se ensanchó en las siguientes lunas y pronto fue más que evidente que estaba encinta. Entonces Aileh comprendió. Algún varón de otro clan había violado a su hija en la espesura del bosque. Su vientre creció tanto que casi no podía caminar, y las mujeres creyeron que no soportaría el embarazo y moriría antes de parir. Uloh tenía un apetito voraz. Se pasaba todo el día comiendo y nunca se sentía saciada. 

Al joven Etoz le gustaba mucho Uloh, aún a sabiendas de que la criatura que llevaba en su vientre no era suya. Siempre que volvía de una jornada de caza le llevaba alguna golosina: unas serbas bien maduras, media docena de nueces, un puñado de avellanas, unos huevos de perdiz, unos cangrejos de río, dos puñados de caracoles o una culebrilla y muy de tarde en tarde un pichón de paloma torcaz, un pollo de urogallo o un perdigón, que la muchacha desplumaba y evisceraba ansiosa con un pequeño cuchillo de sílex. Tras echarle un poco de sal de roca en su interior, lo ensartaba en una rama de lentisco y lo asaba sobre las brasas. Etoz la observaba lleno de satisfacción sentado sobre una roca cercana. Ella le sonreía en silencio, dándole las gracias a su manera, sin palabras, mientras devoraba famélica la sabrosa carne del ave. Algún día, después de parir al hijo del desconocido, sería su hembra. Las mujeres fértiles eran muy apreciadas.

Todos los miembros del clan cuidaban de ella. Aunque había perdido el habla tras la violación, al saberse tan querida, se mostraba risueña y colaboraba en todas las tareas cotidianas de las mujeres: curtir pieles y confeccionar vestidos y zapatos con ellas, entretejer tallos de bejucos para hacer cestas, recolectar frutos, semillas y tubérculos, cuidar de los niños, los enfermos y los ancianos, agujerear y ensartar dientes de animales y piedrecillas de colores para hacer collares y abalorios, recoger leña en el bosque, mantener el fuego siempre encendido y ahuyentar con él a las fieras que se acercaban a la cueva atraídas por el apetitoso aroma de los humanos.

Cuando una tarde le llegó la hora de echar al mundo a la criatura, Uloh de pronto recobró el habla y llamó a su madre Aileh por su nombre. Con el pánico dibujado en su rostro y un sudor frío humedeciendo todos los poros de su cuerpo, se aguantó el abultado vientre en plena contracción con una mano, se agarró con la otra al brazo de su madre clavándole las uñas, y ambas se adentraron en la cueva iluminándose con una humeante y aromática antorcha de tea de pino. 

Aileh temía por la vida de su hija. Sus estrechas caderas de adolescente no permitirían el paso del niño, que sin duda era muy grande, demasiado grande. Uloh bregó con valentía durante toda la noche con los dolores del parto. Cuando al alba los horizontales rayos del sol naciente penetraron en la cueva, la cabecita ensangrentada del niño se asomó por fin al mundo y brilló como una joya entre las piernas de su madre. Aileh la asió y tiró de ella con suavidad y en un último esfuerzo Uloh dio a luz a su primer hijo, una niña enorme de piel sonrosada y pelo rojizo. Su abuela sonrió en silencio. Ya sabía por fin de quien era hija. Su padre era un hummolt, un miembro del clan de los robustos y temibles hombres blancos del bosque. Con sus propios dientes Aileh cortó el cordón umbilical que unía a la niña a la placenta, rodeó su aterido cuerpecito con una suave y cálida piel de osezno y se la dio a su hija Uloh para que la amamantase por primera vez. 

-La llamaremos Nelut, la hija del bosque. Fue un hummolt quien te violó, ¿verdad?  - le preguntó a la joven madre mirándola a los ojos.

Uloh no contestó, bajó la cabeza, miró la carita de su niña que mamaba con ruidosos sorbos el nutritivo calostro que manaba de sus pechos de niña-mujer, tragó saliva, contrajo los músculos de su rostro y dos grandes lágrimas resbalaron por sus mejillas.

Nelut adoraba a su hermano Tzah, y él a ella. La muchacha, por su físico, era muy diferente a los demás miembros del clan, pues tenía los ojos verdiazules, el pelo rojizo, la piel clara y la robustez de su padre hummolt, mientras que el resto de kartzams, que así se hacían llamar, incluido el propio Tzah, eran todos morenos tanto de piel como de pelo, de cuerpo más estilizado que el de los hummolt y sus ojos lucían un iris de un contundente color castaño-verdoso. 

El chiquillo, por su parte, siempre se había sentido diferente a los demás niños. Su cuerpo era de varón, pero en su alma llevaba a una hembra. Aborrecía y temía el violento mundo de los hombres. La vieja Aileh, su abuela, conocía los síntomas. Un hermano de su padre había sido también un hombre-mujer, un drimish.

Aquel día los cazadores tuvieron suerte y consiguieron apoderarse de una yegua preñada a medio devorar, ahuyentando a la jauría de lobos que le habían dado caza. Los cánidos estaban ahítos, tras alimentarse de la carne tierna del feto de potro que su víctima llevaba en el útero y se alejaron sin ofrecer resistencia. Cuando las mujeres y los niños vieron lo que los hombres traían, corrieron hacia ellos presas de una gran alegría, lanzando al aire alaridos de júbilo que las laderas de las montañas repitieron en un eco reverberante in decrescendo. Les ayudaron a descargar las grandes piezas de carne que llevaban sobre la espalda y las depositaron sobre una gran roca plana que hacía las veces de mesa. Con la ayuda de afilados cuchillos de sílex las trocearon en porciones más pequeñas, les echaron un poco de sal de roca, las ensartaron en largas ramas verdes de abedul y las asaron sobre las brasas. Hacía varios días que no probaban la carne y sus vientres rugían famélicos con el aroma de aquellas viandas tan deliciosas. Tal era su desesperación que no esperaron a que la carne se acabase de asar y se la comieron medio cruda a grandes bocados casi sin masticar. Les supo a gloria. El caballo era una de sus carnes preferidas.

Tzah y Nelut también se dieron un festín. Mientras desgarraban con los dientes y masticaban su respectivo trozo de carne, se miraban risueños a los ojos, en silencio, sin gestos, sin palabras, como si sus mentes estuvieran conectadas por alguna energía extraña, la energía del cariño. Sí, se querían, como se podían querer entonces dos hermanos, en su caso hermanastros, pero este detalle en su mundo primitivo poco importaba. Los hijos sabían a ciencia cierta quien era su madre, puesto que vivían con ella hasta que alcanzaban la madurez sexual, pero no todos llegaban a conocer al varón que la había fecundado. Los dos hermanos se sabían diferentes a los demás miembros del clan y aunque de momento nadie les discriminaba, se apoyaban el uno al otro como si un peligro inminente estuviera a punto de caer sobre ellos. Eran almas gemelas, inseparables. A Uloh, su madre, le agradaba aquel cariño fraternal entre sus dos hijos mayores. Siempre había temido que Nelut algún día fuera repudiada por el clan por ser hija de un hummolt. Sabía que tarde o temprano esto ocurriría.  


SEGUNDO CAPÍTULO

Pasaron unos cuantos años, durante los cuales murieron dos adultos y tres de los doce niños del pequeño clan de los kartzams y al mismo tiempo nacieron otros cinco, dos de ellos hijos de Etoz y Uloh. La vieja Aileh había sobrevivido a una grave enfermedad que la mantuvo postrada sobre la piel de un oso en el interior de la cueva durante tres largas lunas. Ninguna hierba, ninguna raíz, ningún conjuro a los espíritus de los antepasados de los kartzams lograban bajarle la fiebre ni calmarle la dolorosa y persistente tos que la atormentaba. Llegó incluso a expectorar sangre. Uloh, su angustiada hija, lloraba desconsolada de pura impotencia. Ya no sabía qué hacer para salvar la vida de su madre, que apenas comía ni bebía y su debilidad iba en aumento, sumiéndola en un estado estuporoso y delirante que nada bueno presagiaba. Iba a morir irremediablemente. Nadie sobrevivía a una enfermedad tan grave. 

En el clan sólo otra mujer era más anciana. Se llamaba Metzet y era la madre de Etoz. En su larga y azarosa vida había acumulado muchos conocimientos, mucha sabiduría. Había parido catorce hijos de tres padres diferentes, pero sólo cinco de ellos habían alcanzado la edad adulta. El benjamín, su varón más querido, era Etoz. Tras su nacimiento su agotado vientre se secó y ya no volvió a concebir más hijos. Así pues, Metzet se volcó en cuerpo y alma a criar a su pequeño Etoz. Le dio el pecho durante cinco largos años y sólo lo destetó cuando estuvo bien segura de que sobreviviría. Etoz creció sano, robusto y hermoso. Cuando el vello de su rostro se endureció y transformó en una incipiente barbita negra y la sangre empezó a hervir en sus venas, su madre supo que había llegado la hora de buscarle una hembra. En el clan sólo Uloh carecía de macho, pero estaba embarazada y Etoz tendría que esperar a que pariera para hacerla suya, si ella le aceptaba, claro, que en esto las mujeres llevaban la iniciativa. Su anciana madre sonreía en silencio cada noche escuchando a su adorado hijo masturbarse frenéticamente en la oscuridad de la cueva para apaciguar sus ardientes ansias de una hembra. El muchacho dormía a su lado para protegerla de cualquier alimaña que pudiera entrar en la caverna y en las gélidas noches del largo invierno Metzet se arrimaba a su hijo para que con su calor de fornido varón calentase sus artrósicos y doloridos huesos de anciana. Cuando por fin el muchacho eyaculaba con gran estrépito y el aire que les envolvía se llenaba del intenso aroma de su abundante semen, Metzet recordaba con cariño a sus tres fogosos machos y volvía a sonreír. Quería a su hijo con toda el alma y él a ella.  

Todo el clan sufría por la enfermedad de Aileh. La muerte de uno de sus miembros era  vivida por todos como un drama desgarrador. Entre adultos y niños no superaban las tres decenas. Eran pues un pequeño clan de kartzams muy vulnerable a las epidemias y a los catastróficos ataques de los sanguinarios hummolts. Lo que más temían era quedarse sin hembras reproductoras. Esto significaba el fin del clan, su desaparición en pocos años. Por suerte durante muchas lunas había reinado la paz entre los kartzams y los hummolts. Los dos clanes enemigos habían aprendido que salían ganando si se evitaban, que era mucho mejor la paz que la guerra. Esto no impedía que de tarde en tarde fuera raptada alguna niña o adolescente, sobretodo cuando por el motivo que fuera había carestía de mujeres en edad fértil en cualquiera de los dos clanes. Poco importaba si eran hembras kartzams o hummolts. 

Metzet quería a la joven Uloh. Hacía feliz a su hijo, permitiéndole que yaciera con ella siempre que él la deseaba y le daba hijos sanos y robustos. Era pues una buena hembra y una excelente madre y todo ello la hacía muy valiosa a los ojos de su suegra. A Metzet se le partía el corazón cuando la veía llorar desconsolada por la inminente muerte de su bienamada progenitora. Una calurosa tarde de primavera quiso ver a Aileh, entró en la cueva iluminándose con una antorcha de tea de pino y se arrodilló junto a la moribunda. Sintió entonces una repentina angustia y el corazón se le aceleró alocadamente en su pecho al percibir un sutil y extraño hedor que emanaba del cuerpo de la enferma que le resultó familiar. Cerró los ojos y de pronto recordó dónde y cuando había olido aquel mismo hedor. Hacía muchas primaveras, cuando ella era todavía joven y estaba amamantando a su segundo hijo, se desató en el clan una terrible y mortífera epidemia que amagaba con su aniquilación total, pues sólo unos pocos adultos y algunos niños se mantenían libres de la enfermedad, entre ellos Metzet y su hijo. Todos los enfermos desprendían el mismo hedor, tan sutil y repulsivo como el que emanaba de la pobre Aileh. 


En aquellos tiempos el clan compartía el territorio con otro clan amigo. Era tan buena la relación entre los dos pequeños grupos de kartzams que cada primavera intercambiaban un par de hembras jóvenes para consolidar su amistad y evitar la endogamia. Este clan amigo contaba entre sus miembros más ancianos con una hechicera que sabía hablar con los espíritus de los antepasados y conocía las hierbas y las raíces que sanaban a los enfermos. Metzet fue la encargada de ir a buscarla tras la pequeña loma donde se escondía el sol cada atardecer. Anduvo cargada con su hijo toda una larga jornada, temerosa de ser atacada por alguna de las fieras que abundaban por aquellos parajes tan agrestes. Antes de partir había embadurnado su cuerpo y el de su hijo con barro de arcilla aromatizada con flores machacadas de espliego y romero, con la intención de enmascarar su olor humano y evitar que el finísimo olfato de las bestias detectase su presencia. El truco funcionó y ambos llegaron sanos y salvos a la cueva del clan amigo justo cuando el sol empezaba a ponerse en el horizonte.  

-Soy Metzet del clan de los kartzams del valle del sol naciente. Vengo a pediros ayuda. ¡Permitidme la entrada! - gritó con todas sus fuerzas nada más llegar.

-La hermana de Festud es siempre bienvenida. ¡Entra! - le respondió una poderosa voz de mujer tras un largo silencio. 

Era la matriarca Taimeh, la jefa del clan de los kartzams del valle del sol poniente. Uno de sus hijos era el macho de Festud, la hermana de Metzet, que había sido intercambiada hacía muchas primaveras para sellar la amistad entre los clanes. Las dos hermanas se miraron a los ojos un largo rato, en silencio, como si se leyeran el alma, luego se regalaron una amplia sonrisa y finalmente se acercaron una a la otra y, sin dejar de mirarse a los ojos, posaron su mano derecha sobre la cabeza de la otra. Ésta era la forma que tenían las mujeres kartzams de saludarse con cariño. Dos regueros de lágrimas brotaron de sus ojos y violentos estertores de llanto sacudieron sus cuerpos al rememorar su infancia feliz en el clan del sol naciente. Había pasado tanto tiempo....La última vez que se vieron eran apenas dos chiquillas. 

-Dailay, la matriarca del clan del sol naciente, os envía esta sal como muestra de nuestra amistad. - le dijo a su hermana, tras serenarse ambas, dándole un zurrón de piel de jabato lleno de sal de roca, que los miembros del clan extraían del fondo de su profunda caverna. Para los kartzams del valle del sol poniente la sal era un bien muy preciado, pues en su territorio no había ninguna mina de la que pudieran extraerla y el mar estaba muy lejos.

Festud cogió el zurrón, desató el nudo de la cuerda de tendón de jabalí que lo cerraba y tomó una pizca de sal entre dos dedos para probarla. Cuando sus papilas gustativas sintieron su intenso y maravilloso sabor, se le iluminaron los ojos de puro placer y regaló una amplia sonrisa a su hermana. Luego entregó el zurrón a la vieja matriarca Taimeh, quien a su vez se lo dio a otra de las ancianas para que lo guardase en la cueva.

Todos los miembros del clan del sol poniente acudieron a dar la bienvenida a Metzet. Bajo la lívida luz cenicienta de la luna en cuarto creciente y sentados sobre piedras planas alrededor de la gran hoguera, que bloqueaba el paso de las fieras al interior de la cueva, escucharon con gran atención el triste relato de Metzet. Entre los allí reunidos estaba la hechicera Muongpet, tan anciana como la matriarca, que la escuchaba en silencio con sus grandes ojos de lechuza, su rostro maquillado con arcilla blanca, sus cejas y labios ennegrecidos con carbonilla de saúco y su largo y enmarañado pelo canoso adornado con vistosas plumas de urogallo y avutarda, sujetas alrededor del cráneo con un turbante de crines de caballo hábilmente trenzadas. Un collar de falanges ensartadas de las manos de los hummolts abatidos en la última escaramuza rodeaba su cuello. Sobre sus hombros a modo de capa llevaba la piel de un cachorro de oso de las cavernas y en la mano derecha un largo bastón con la calavera y la cola de un zorro engastadas en su extremo. 

-¿Puedes ayudarnos? - le preguntó Metzet a Muongpet, tras describir los síntomas de la enfermedad que azotaba a los miembros de su clan.

-Lo puedo intentar. Mañana partiré contigo hacía el valle del sol naciente. - le respondió muy seria la hechicera.

-Los espíritus de los antepasados de los kartzams te lo agradecerán. - le aseguró Metzet.

Festud y otras dos mujeres entraron entonces en la cueva y al rato volvieron cargadas con un viejo ciervo, que los hombres habían abatido a pedradas aquella misma tarde en la espesura del bosque. Con la ayuda de tres afilados cuchillos de sílex le abrieron el vientre y le sacaron las tripas, desechando el estómago y los intestinos que dos hombres llevaron a las afueras del poblado para que se los comieran las hienas y los buitres. A continuación separaron la piel de la carne, descoyuntaron los huesos y dividieron al animal en porciones pequeñas, a las que echaron por encima un poco de la sal traída por Metzet. Repartieron entonces los trozos de carne sobre las brasas para que se asasen y tras darles la vuelta varias veces, consideraron que ya estaban en su punto, pero a pesar de estar hambrientos nadie se atrevió a tocarlos. Todos miraban ansiosos a Taimeh, esperando a que diera su permiso para comer. Ésta levantó los brazos hacia la luna y las estrellas, dio las gracias a los espíritus de los antepasados de los kartzams y a continuación dirigió sus ojos hacia la hembra de su hijo.

-Festud, escoge la mejor carne para tu hermana. - le dijo con voz afable.

La mujer escudriñó con gesto muy serio todas y cada una de las porciones que seguían asándose sobre las brasas y escogió los testículos del ciervo, un verdadero manjar para los kartzams.  

-Toma, para que te den fuerza en el camino de vuelta. - le dijo, poniéndoselos en la mano. 

Metzet, agradecida por el detalle, le devolvió uno de los testículos a su hermana y ambas se regalaron una amplia sonrisa.

-¡Comed! - gritó entonces Taimeh y todos los adultos se abalanzaron sobre la carne como bestias famélicas, pero sólo las mujeres se acordaron de compartir su respectiva porción con sus hijos.

Tras la opípara cena, echaron abundante leña al fuego para que la hoguera se mantuviera encendida durante toda la noche, a fin de mantener alejados a los gigantescos osos y leones de las cavernas, a las manadas de lobos y perros rojos y a las grandes hienas manchadas. Para todos estos temibles carnívoros los kartzams y los hummolts eran presas fáciles, pues carecían de garras y de fauces con fuertes dentaduras con las que poder defenderse. Sólo podían hacerlo con palos y piedras. De no temer al fuego, las fieras no dudarían en entrar en la cueva para darse un festín con ellos.

A la mañana siguiente, nada más clarear al alba, Metzet con su hijo en brazos y la hechicera Muongpet partieron hacia el valle de los kartzams del sol naciente, no sin antes embadurnarse el cuerpo con barro de arcilla perfumada con hierbas silvestres de fuerte olor, sobretodo romero, tomillo, ruda y espliego, para confundir el fino olfato de las fieras.

Llegaron al atardecer y tras saludar a la matriarca Dailay, tía de Metzet, a la que la hechicera Muongpet hizo entrega del obsequio que le mandaba su homóloga del clan del sol poniente, una bellísima capa confeccionada con la piel de tres lobos, uno de ellos albino, en señal de amistad entre los dos clanes, entraron presurosas en la caverna  para ver cómo seguían los enfermos. El espectáculo las impactó. Un total de quince miembros del clan entre niños y adultos yacían sobre grandes pieles de oso y buey almizclero, unos ya muertos y otros agonizando. Sólo dos mujeres, todavía libres de la enfermedad, cuidaban de ellos. La experimentada Muongpet tomó inmediatamente el mando de la situación.

-¡Ayudadme a sacar a los muertos fuera de la cueva para que se los coman las alimañas! - les ordenó a Metzet y a las otras dos mujeres.

-Esto jamás lo hacemos los kartzams. ¿Cómo te atreves a ordenarnos tal cosa? - protestó visiblemente ofendida una de las mujeres.

-Lo sé, pero si no los sacamos fuera su pestilencia acabará con todos. Cuando termine esta pesadilla yo misma les rezaré a los espíritus de nuestros antepasados para aplacar su ira y ellos comprenderán.

-Yo no puedo.... - balbució la mujer con la intención de replicar a Muongpet, pero al final se calló y miró a Metzet a los ojos con gesto suplicante, mientras dos regueros de lágrimas resbalaban por sus mejillas. Uno de los muertos, un fornido muchacho con una incipiente barbita de adolescente, era su hijo, el único que su perezoso vientre había sido capaz de darle a su hombre. Echarlo a las alimañas se le antojaba una abominación, algo horroroso e insoportable para su corazón de madre.

-Hagamos lo que nos aconseja la gran hechicera. Ella sabe lo que hace. - le contestó Metzet con un nudo en la garganta.

Uno a uno fueron sacando a los que la vieja Muongpet consideró ya muertos. Fuera de la cueva cuatro hombres que continuaban libres de la epidemia acataron sin rechistar la recomendación de la hechicera, cargaron con los cadáveres e iluminados con la tenue luz de la luna los llevaron sobre una loma cercana. El más joven de ellos lloraba desconsolado. Su madre y dos de sus hermanos estaban entre los muertos. Nada más terminar con el trasiego de los nueve cuerpos apareció una manada de hienas riendo felices con su tétrica y cruel risita de muerte y sus ojos de fuego que brillaban en la oscuridad de la noche reflejando los rayos de la luna, y entonces los cuatro hombres sintieron una puñalada en el corazón y un escalofrío les recorrió todo el espinazo y les heló la sangre. Uno de ellos, el más anciano, corrió a esconderse tras el tronco de un gran roble para llorar y los demás se adentraron en la espesura del bosque para hacer lo mismo. No querían ser testigos de cómo aquellos carroñeros de pesadilla despedazaban y devoraban a sus seres queridos.

Dentro de la caverna Muongpet ordenó a las mujeres que dieran de beber mucha agua a los seis enfermos que seguían con vida. Ella, mientras, iluminándose con una antorcha de tea de pino, sacó las hierbas, raíces y cortezas que había traído consigo, las puso en un hueco que hacía una roca y con la ayuda de una piedra redonda las machacó con maestría hasta reducirlas a una papilla verdosa. Cogió entonces el caparazón de una gran tortuga de tierra impermeabilizada con resina de pino a modo de vasija, echó dentro la medicina y la mezcló con agua removiéndolo todo enérgicamente con la ayuda de un palo. Luego lo dejó reposar un rato y a continuación lo filtró a través de un manojo de heno seco y recogió el líquido limpio de impurezas en otro caparazón. Con mucho cuidado repartió la medicina en cuatro conchas de tortuga más pequeñas y entonces suspiró, levantó los brazos hacia el techo de la caverna y rezó un incomprensible conjuro a los espíritus de los antepasados de los kartzams para que la ayudasen a sanar a los enfermos.

-Dadles a beber esta pócima. Les sabrá muy mal, pero insistid. Es importante. -les dijo a las tres mujeres, mientras ella misma cogía un caparazón y se acercaba a una niña que sudaba a mares por la fiebre, tiritaba sin sosiego y no paraba de toser.

El brebaje pareció surtir efecto y ninguno de los seis enfermos murió durante aquella larga noche. Al día siguiente Muongpet preparó más medicina y a lo largo de toda la jornada les fueron dando de beber la pócima que sin duda sabía a rayos, pues los enfermos se resistían a beberla. Por la tarde dos de ellos dejaron de tener fiebre y al tercer día los cuatro restantes también estaban afebriles. Al mismo tiempo la tos de todos ellos fue menguando poco a poco y al sentirse mejor no tardaron en pedir comida, lo cual alegró sobremanera a las mujeres, pues era una señal inequívoca de su evidente mejoría. 

Cuando Metzet se asomó fuera de la cueva y le dijo a la jefa Dailay que los enfermos tenían hambre, ésta ordenó a los cuatro hombres sanos que cogieran sus armas y salieran de caza. No tardaron en abatir de un certero lanzazo con una lanza de cuerna de ciervo a un gran jabalí macho, que llevaron corriendo hacia el poblado. Lo evisceraron con maestría desechando el estómago y los intestinos y a continuación lo echaron entero sobre el fuego. En pocos segundos el aire se llenó del delicioso aroma que desprendían las duras cerdas del animal chamuscándose, lo cual hizo salivar a los cuatro hombres, pues también ellos estaban hambrientos.

Sí, la vieja Metzet se acordaba perfectamente de aquella terrible epidemia que diezmó a la mitad de los miembros de su clan cuando ella era todavía joven.  El sutil hedor que emanaba del cuerpo de Aileh le había refrescado la memoria. Cerró los ojos, agachó la cabeza e intentó recordar las hierbas, raíces y cortezas que había utilizado la hechicera Munogpet para preparar la medicina y entonces sonrió.

-Vamos a buscar los ingredientes de la pócima que va a curar a tu madre. - le dijo a Uloh cogiéndola de la mano. 

Al cabo de dos horas estaban de vuelta con un gran ramo de hierbas que llevaba Metzet y un cesto de varas de sauce lleno a rebosar de raíces y cortezas que acarreaba Uloh. 

Cuando la anciana hubo preparado la medicina, la echó en un caparazón de tortuga y se arrodilló junto a la enferma. Uloh entonces le levantó la cabeza para que pudiera beber, pero la vieja Aileh estaba inconsciente, parecía que iba a expirar en cualquier momento y fue imposible darle el brebaje. Entonces Metzet se acordó del truco que había utilizado la hechicera Muongpet para conseguir que los enfermos tomasen la medicina y sonrió para si misma, sorprendiéndose de su buena memoria.

-Uloh, bebe un sorbo de la pócima sin tragártelo y luego dáselo directamente a tu madre de boca a boca.

La joven mujer así lo hizo y el beso de vida que le dio a su madre la salvó de una muerte segura. Aunque inconsciente, al sentir la boca llena de líquido, Aileh se lo tragaba como si de saliva se tratase y poco a poco, con mucha paciencia y mucho amor, al cabo de unas horas dejó de sudar y al día siguiente abrió los ojos, miró a su hija y le sonrió, y entonces Uloh sintió una alegría tan grande en su corazón que rompió a llorar como una niña. Cuando al cabo de un rato se serenó, se volvió hacia la salvadora de su madre.

-Gracias, Metzet, jamás lo voy a olvidar. - le dijo, posando su mano derecha sobre la encanecida cabeza de la anciana en señal de agradecimiento.

-Lo que jamás debes olvidar son los ingredientes de la medicina, como yo tampoco los he olvidado. Algún día pueden salvar a tus seres queridos.- le contestó la anciana, mirándola a los ojos y posando su mano derecha sobre su cabeza.

TERCER CAPÍTULO

Sí, aunque parecía imposible que sobreviviera, la vieja Aileh superó su grave enfermedad y tras dos semanas de convalecencia logró salir de la cueva por su propio pie. Cuando los rayos del sol iluminaron su rostro y sintió su cálida caricia, cerró los ojos encarándose al astro rey, su corazón latió con fuerza en su pecho de pura felicidad y muy emocionada inspiró con delectación el aire fresco de aquella mañana de primavera.

A las pocas semanas Uloh dio a luz a su sexto hijo y en los años siguientes continuó aportando nuevos miembros al clan de los kartzams del sol naciente hasta un total de once descendientes. Salvo una niña que se perdió en la espesura del bosque y jamás volvió, los diez restantes lograron alcanzar la edad adulta, algo que muy raramente ocurría.

Nelut, la hija del bosque, que Uloh concibió siendo una chiquilla tras ser violada por un hummolt, ayudó a su madre a criar a su numerosa descendencia. Sus nueve hermanos pequeños la adoraban. Era como una segunda madre para ellos, aunque tal vez el que más la quería era Tzah, el segundo hijo de Uloh y el primogénito de Etoz, el que según su abuela Aileh un día sería un drimish, un hombre-mujer.

Una madrugada, tras yacer por segunda vez aquella noche con Uloh, el fogoso Etoz se despertó muy animado, rebosante de alegría en el alma. Saberse tan querido por su hembra le llenaba de felicidad. Nunca había deseado a otra mujer. Uloh le daba todo cuanto necesitaba. Así pues, tras comprobar que los rayos horizontales del sol naciente ya penetraban en la cueva, Etoz se incorporó con cuidado para no despertar a Uloh, cubrió en amoroso gesto los hombros descubiertos de su hembra con la cálida piel de oso de las cavernas que calentaba sus noches y comprobó como buen padre que todos sus hijos dormían plácidamente a su alrededor, que ninguno había salido de la cueva durante la noche. Entonces se puso de pie, se calzó las botas de piel de bisonte que su madre Metzet había confeccionado para él a la medida de sus grandes pies, se cubrió los hombros con una cálida piel de buey almizclero y salió a orinar a los pies de un gran roble que crecía cerca de la boca de la cueva. La hoguera que protegía la entrada de su hogar durante la noche humeaba tras consumir toda la leña. Etoz avivó el fuego removiendo las ascuas y añadió ramas secas de pino que prendieron enseguida y llenaron el aire con su agradable aroma a resina. Entonces sintió hambre, sus tripas vacías rugieron en su vientre y tragó saliva. El día anterior habían consumido los restos de un gran bisonte que habían robado a la manada de perros rojos que le habían dado caza, ahuyentándolos con gritos y pedradas. Se hacía preciso salir de caza para alimentar a todos los miembros del clan. Las reservas de bellotas, nueces y avellanas eran escasas y sólo alcanzaban para sobrevivir unos pocos días. 

-¡Ulum, Oneth, Gorum, Talim, levantaos! Vamos a salir de caza. - les dijo en voz baja tocándolos en el hombro uno a uno para que despertasen.

Los cuatro hombres habrían deseado seguir durmiendo un rato más, pero Etoz era el líder de los cazadores y le debían obediencia. Todos dormían con su respectiva hembra cubiertos con grandes y cálidas pieles de oso de las cavernas o de buey almizclero. Con evidente desgana se incorporaron, bostezaron ruidosamente, echaron varios gases para aliviar sus intestinos y a los pocos minutos imitaron a Etoz en la tarea de vaciar su respectiva vejiga a los pies del viejo roble.

-¿No va siendo hora de que tu hijo Tzah aprenda a cazar? - le dijo Talim a Etoz mientras regaba con su humeante orina el grueso tronco del árbol. - La barba ya ennegrece su bigote y todavía no ha salido ninguna vez de caza con nosotros.

-Tienes razón, Talim. Ya va siendo hora, pero cada vez que le invito a acompañarnos se esconde y así consigue escabullirse.

-Pues oblígale, ¿acaso quieres que se convierta en un drimish?

Etoz se sonrojó. No, no podía consentir que su primogénito le avergonzase ante todos los miembros del clan, sobretodo ante los hombres.

-Tzah, levántate, tienes que aprender a cazar. Ya eres casi un hombre. - le dijo a su hijo con autoridad y afecto a la vez.

Etoz jamás pegaba a sus hijos. Su madre Metzet lo había criado con tanto amor que maltratar a sus hijos se le antojaba algo reprobable y cobarde. El chiquillo aborrecía la caza, es más, odiaba y temía todo cuanto hacían los hombres y refunfuñó escondiendo su cabeza bajo la manta de piel de oso. Su padre lo destapó con rabia, lo agarró de un brazo y lo obligó a levantarse. Esta vez no podría escaparse. Tzah no estaba acostumbrado a que su padre lo maltratase y se puso a llorar, pero su lastimoso llanto no hizo cambiar de idea a su progenitor.

-Tu no vas a ser un drimish mientras yo pueda evitarlo. - le aseguró sacándolo de la cueva a empujones.

Sus dos abuelas, Metzet y Aileh y su madre Uloh no se atrevieron a enfrentarse a Etoz. Ellas más que nadie conocían al pequeño Tzah, sabían que su alma era de hembra y les apenaba que su progenitor se avergonzase de él, pero nada podían hacer para protegerlo, ya que una vez alcanzada la adolescencia los hijos varones pasaban a estar bajo la autoridad casi exclusiva del padre. Sólo la vieja matriarca, la jefa del clan, estaba por encima de ellos, pero raramente se metía en estos asuntos de hombres.

En el pasado los drimish habían sido muy apreciados y respetados por todos los miembros del clan. Cuando los machos adultos salían de caza, los hombres-mujer permanecían junto a las hembras, los niños y los ancianos, protegiéndoles del ataque de las alimañas y los hummolts. Su alma era femenina, pero su cuerpo era tan fuerte como el de los demás hombres y su valentía nada tenía que envidiar a la de los más aguerridos cazadores. No pocas veces evitaban verdaderas catástrofes entre los miembros más indefensos del clan. Así pues la presencia de unos cuantos drimish aseguraba a los cazadores que a su vuelta encontrarían sanos y salvos a los suyos, sin el temor de que pudieran acostarse con sus hembras aprovechándose de su ausencia, puesto que al sentirse mujeres a quienes deseaban de verdad era a los varones más apuestos del clan.

La vieja Aileh recordaba con afecto a su tío drimish, el hermano de su padre. Se llamaba Nishtam. Llevaba el rostro maquillado con arcilla amarilla y el contorno de los ojos y los labios con arcilla roja. Para parecer menos barbudo se miraba en el espejo del agua tranquila de un riachuelo y se recortaba los pelos más largos de la barba con un pequeño cuchillo de sílex, sufriendo con frecuencia alguna que otra herida sin importancia. En su cuello lucía un collar de piedras de colores y para recoger su abundante cabellera rodeaba su cabeza con un turbante de piel de conejo. Aileh lo adoraba y él a ella. Nishtam la llevaba en brazos a todas partes y le cantaba canciones antiguas haciendo sonar su sencillo instrumento de madera. Se había ganado el aprecio y el respeto de todos los miembros del clan al defender él sólo a las mujeres y los niños contra el ataque de un gigantesco oso de las cavernas, que había entrado en la cueva de madrugada, estando los hombres ausentes cazando. Cuando Nishtam escuchó el chillido de pánico de una niña y se percató de lo que pasaba, cogió la piedra redonda que servía para machacar las hierbas y raíces, se acercó lo más que pudo al oso y se la lanzó con todas sus fuerzas entre los ojos. La pedrada fue fulminante y el animal se derrumbó, pateó un rato y expiró.

Cuando los cazadores volvieron cargados con un joven rebeco y un par de jabatos, las mujeres corrieron a recibirlos para contarles la hazaña de Nishtam, pero ellos no las creyeron. ¿Cómo iba a ser tan valiente un drimish que sólo servía para hacer de niñera de sus hijos, pintarrajearse el rostro e insinuarse a los hombres para yacer con ellos como una mujer?

Entonces la madre de Aileh cogió de la mano al más aguerrido de los cazadores, de nombre Jonkún, que era el padre de sus hijos y lo arrastró hasta el interior de la caverna para que viera con sus propios ojos al gran oso abatido. El hombre palideció ante aquel inmenso animal, el más grande que jamás había visto y llamó a los demás hombres para que también ellos lo vieran. Nishtam sonreía en silencio lleno de satisfacción observando la escena sentado sobre una piedra en la entrada de la cueva.

-A partir de ahora nos vas a acompañar cuando salgamos de caza. Contigo a nuestro lado nada tendremos que temer. - le dijo muy serio Jonkún con sincera admiración.

-Mejor que me quede aquí protegiendo a las mujeres y los niños, no sea que por mi torpeza ahuyente la caza. - le respondió el drimish con su voz afeminada y una seductora sonrisa.

A partir de entonces nadie volvió a burlarse de él. Ya no era el bufón del clan, sino el más valiente de sus miembros. Aquella tarde los cazadores prepararon una gran hoguera acarreando grandes cantidades de leña desde el bosque cercano, mientras las mujeres desollaban, despellejaban y troceaban al gigantesco oso y los otros tres animales. Liumeh, la entonces gran matriarca del clan, la más anciana y sabia de las hembras, quería festejar la hazaña del drimish organizándole una gran fiesta de agradecimiento.

Bajo la luz de la luna y de las llamas, mientras se asaba la carne de los animales, Nishtam bailó feliz alrededor del fuego, cantando y haciendo sonar su instrumento de madera para solaz de todos, que le acompañaban dando palmadas y reían a carcajadas con los contoneos y los gestos y miradas de insinuación que lanzaba a los varones más fornidos y apuestos. Uno de ellos, un hombretón de unas treinta primaveras, fuerte y peludo como un oso, sin que nadie se diera cuenta le guiñó un ojo para decirle sin palabras que deseaba yacer con él aquella noche. El drimish comprendió y le dio a entender que aceptaba la propuesta simulando que tropezaba para caer adrede en sus brazos. Entonces todos rompieron en una gran carcajada y se mofaron a gusto del hombretón, pero la fiesta continuó y nadie se percató de lo que en realidad había significado aquella supuesta caída.

A medianoche, estando todos durmiendo plácidamente en el interior de la cueva, el fornido varón se levantó con mucho cuidado para que su hembra no se despertase, se echó sobre los hombros su capa de piel de buey almizclero y se acercó a donde estaba el bulto del drimish que, lejos de dormir, se mantenía en vela esperando con ansia que el hombre se decidiese. No hizo falta decirle nada. Nishtam se levantó sigilosamente, se cubrió con su capa de piel de hiena manchada y sorteando los bultos de los durmientes siguió a Brumhad, que así se llamaba el hombretón, hasta el exterior de la caverna. Bajo la tenue luz cenicienta de la luna llena, ambos se miraron a los ojos y se sonrieron. Entonces Brumhad asió de la mano a Nishtam y ambos se adentraron en la espesura del bosque hasta una pequeña gruta que les protegería del frío viento del norte, que aquella noche bruja soplaba insidiosamente.

Nishtam jamás hubiera imaginado que un día yacería con uno de los varones más hermosos del clan. Estaba tan emocionado que su corazón amagaba con estallarle en el pecho. Se sentía más mujer que nunca. Brumhad extendió su gran capa en el suelo y a continuación se volvió hacia Nishtam, le quitó la piel de hiena manchada que cubría sus hombros acariciándoselos con ternura y lo levantó del suelo como si fuera el más ligero de los cervatillos. Con mucho cuidado lo acostó sobre la cálida y mullida piel de buey almizclero y se arrodilló a su lado. En el bosque reinaba una gran quietud, sólo se escuchaban las ramas de los robles mecidas por el viento y un búho real que ululaba a lo lejos.

Brumhad estaba tan emocionado como Nishtam. Era la primera vez que se acostaba con otro hombre. En toda su vida sólo había yacido con hembras y como la más sensible y delicada de las hembras trataba al drimish. No sabiendo a ciencia cierta cómo actuar, se dejó llevar por el deseo y sus manos recorrieron el torso velludo de Nishtam, bajando luego hacia su vientre hasta llegar al tosco calzón de piel de rebeco lechal que cubría sus genitales. Brumhad estaba cada vez más excitado y respiraba ruidosamente. Con mano temblorosa acarició con suavidad lo más íntimo de Nishtam a través del cuero y entonces de pronto deseó sentir entre sus manos lo que allí se escondía y le bajó el calzón. En lo más secreto y recóndito de su alma de aguerrido cazador siempre había deseado yacer con otro hombre, acariciar el cuerpo de otro hombre, besarlo, olerlo, saborearlo y sobretodo sentirlo dentro de sí como una mujer. Nishtam se dejaba hacer disfrutando como nunca, deleitándose con el intenso aroma a hombre que emanaba del velludo cuerpo de Brumhad, de las caricias de sus grandes y cálidas manos, de las cosquillas que los largos y ensortijados pelos de su poblada barba le hacían sentir en su piel mientras se lo comía a besos y lametazos, de la increíble e insospechada ternura de aquel rudo macho kartzam. De pronto Nishtam comprendió lo que en realidad deseaba el cazador y sin pensárselo dos veces se incorporó, se arrodilló detrás de él, le bajó el calzón de piel de lince y le hizo sentir mujer.

Nadie en el clan se dio cuenta de nada. Cuando al cabo de varias horas de disfrutar de sus cuerpos los dos hombres volvieron al interior de la caverna, todos seguían durmiendo y roncando plácidamente con sus estómagos ahítos de carne de oso. Otras muchas noches brujas como aquella se repetirían durante las siguientes lunas, hasta que un infausto día de caza un inmenso rinoceronte lanudo enloqueció de pánico al verse acorralado y apedreado por los cazadores, embistió de frente a Brumhad y de una cornada le atravesó el corazón y lo mató.

Cuando Nishtam se enteró, un estremecedor alarido de pena le salió del alma y retronó en todo el valle del sol naciente. Se arrodilló junto al cadáver ensangrentado de Brumhad, con manos temblorosas le acarició el rostro con ternura y ante la sorpresa de todos le dio un dulce beso en la boca, el último. Al sentir la frialdad de sus labios sin vida Nishtam tuvo la certeza de que jamás volvería a ser feliz. Desgarrado de dolor se arrancó el turbante de piel de conejo y el collar de drimish, empapó sus manos con la sangre del cazador, se embadurnó el rostro y el cabello con ella y se encaminó hacia un pavoroso despeñadero. Allí, bajo la tenue luz cenicienta de la luna llena, con lágrimas en los ojos y  un doloroso nudo en la garganta que le ahogaba, cantó por última vez sus sensuales canciones de hombre-mujer y se contoneó lascivamente en honor al gran amor de su vida, el único hombre del clan que lo había amado. Tres días después los cazadores encontraron su capa de piel de hiena y su instrumento de madera manchados de sangre sobre las rocas del fondo del precipicio.


CUARTO CAPÍTULO


Tzah seguía a los cazadores cabizbajo, en silencio, con una tristeza y una angustia infinitas en su corazón. Su padre nunca antes lo había maltratado y su alma sensible no lo podía ni entender ni soportar. Le quería con toda el alma, y él lo sabía. Habían caminado durante mucho tiempo escudriñando con ojos depredadores aquellos paisajes, a ratos amplias llanuras pobladas de tupidos bosques, a ratos agrestes roquedos calvos de vegetación, en busca de alguna presa, pero los animales parecían haberse esfumado. 

De pronto escucharon unos gruñidos de bestia y unos chillidos que se les antojaron de niño. Se acercaron con sigilo y tras unas rocas apareció ante sus ojos un descomunal león de las cavernas de oscura melena que intentaba subirse a un viejo roble que crecía en un pequeño valle entre colinas. Su gran corpulencia le impedía alcanzar las ramas más delgadas. Sobre una de ellas vieron a una niña de unas siete primaveras que lloraba aterrorizada agarrándose desesperadamente a la rama para no caerse y ser devorada por la fiera. Sin duda era una hembra hummolt por su piel blanca, su cabello rojizo y sus ojos tan azules como el cielo, que jugando sola se había alejado del poblado de su clan y se había perdido, acabando en aquel inhóspito paraje. 

Etoz sacó un canto rodado de la talega de cuero que llevaba siempre consigo, fijó su mirada en la nuca del gran león, inspiró aire hasta llenar completamente los pulmones y entonces lanzó la piedra con todas sus fuerzas contra la cabeza del animal y acertó de lleno. La fiera no murió, sólo quedó aturdida, circunstancia que aprovecharon los cazadores para rematarla a pedradas y lanzazos. Cuando dejó de moverse, se acercaron al roble y se dirigieron a la niña hablándole con voz amorosa, pero ésta no hablaba el idioma de los kartzams y no les entendió. Entonces uno de los hombres se encaramó al árbol con la intención de agarrarla, pero la pequeña se puso a chillar y se alejó lo más que pudo subiéndose a una rama todavía más delgada que amagaba con romperse en cualquier momento. Etoz temió que la niña en su desesperación se precipitase al suelo y se matase y ordenó al cazador que bajase del árbol. 

Tzah había observado la escena de caza aterrorizado, escondiéndose tras el fornido cuerpo de uno de los cazadores, con un miedo atroz a ser devorado por aquel animal de pesadilla. Sólo deseaba volver cuanto antes a la seguridad y la quietud de la cueva, pero de pronto miró a la pequeña hummolt a los ojos y ella a los suyos y sin pensárselo dos veces se encaramó al gran roble y alargó la mano hacia la niña. Ella dudó durante unos segundos, pero al volverlo a mirar a sus oscuros ojos de kartzam, sintió que era bueno, alargó temblorosa su manita blanca y asió la de Tzah. Poco a poco fueron descendiendo por la rama hasta la seguridad del grueso tronco y entonces Etoz les bajó al suelo uno tras otro y dejó que la niña caminase tras ellos de la mano de su hijo. 

Los hombres estaban sorprendidos. Nunca una niña hummolt se había dejado raptar con tanta facilidad. "¿Será el alma drimish de Tzah lo que la tranquiliza?"- se preguntó Etoz a si mismo con la mente, mientras ayudaba a acarrear al gigantesco animal hacia el poblado.

Durante la larga hora que tardaron en llegar, Etoz no paraba de darse la vuelta para mirar a su hijo y la niña cogidos de la mano. De pronto sintió una puñalada en el corazón y comprendió el misterio en toda su magnitud. La niña no temía a su hijo porque percibía que en realidad era otra niña en el cuerpo de un varón.  Eran dos niñas inocentes cogidas de la mano. 

Cuando llegaron, todos los miembros del clan sin excepción acudieron a recibirles con grandes muestras de alegría. Siempre lo hacían. Los cazadores eran muy queridos. Sin ellos acabarían muriendo todos de hambre. Las bellotas, las nueces, las avellanas, las hierbas y los caracoles no eran suficientes para sobrevivir en aquel gélido mundo tan hostil. No sólo se sorprendieron por el gigantesco tamaño del león, sino sobretodo por la niña hummolt que habían traído. Las mujeres y los niños quisieron verla de cerca. Con curiosidad infantil se maravillaron del color intensamente azul de sus ojos, su piel blanca como la nieve y su pelo rojizo y enmarañado. Tzah seguía asiendo la manita de la niña que temblaba de miedo ante aquella marabunta de curiosos que no paraban de tocarla y olerla.  Su aroma a hummolt en nada se parecía al de los kartzams, pero no les resultaba repulsivo. 

Nelut enseguida se sintió identificada con la pequeña. También ella era hummolt, aunque sólo por parte de padre. La morenez kartzam de su madre Uloh había oscurecido un poco su piel, sus ojos y su pelo, pero no lo suficiente como para que no se le notase la poderosa sangre heredada de su padre. Mirando a la pequeña a los ojos sintió su miedo y su inocencia y se compadeció de ella. Entonces la asió de la mano y se la llevó junto con Tzah hacia el interior de la caverna para que se tranquilizase. Nadie iba a violarla ni se la iban a comer viva como le habían asegurado sus padres. Cuando los kartzams raptaban a una niña hummolt, la respetaban hasta que se hacía mujer. Para entonces ya habían conseguido que se sintiese parte del clan, como una kartzam más.

La pequeña hummolt aprendió con rapidez el idioma kartzam. Nelut, Tzah y su madre Uloh, junto con las dos viejas Aileh y Metzet, se encargaron de enseñárselo. La llamaban simplemente "gui", que en kartzam significaba niña, pero sin duda debía tener un nombre hummolt.

-Yo me llamo Nelut y él Tzah - le dijo un día la primogénita de Uloh señalándose a si misma con el dedo índice y luego a su hermano - ¿y tu?

-Yo soy Ritzah, la hija del relámpago, porque nací una noche de tormenta. - le contestó la pequeña con una sonrisa. 

Desde aquel día dejó de ser la gui hummolt y todos pasaron a llamarla por su verdadero nombre. La niña se había convertido en la sombra de Tzah. Adonde él iba, ella lo seguía. Etoz creyó, al verlos tan encariñados uno del otro, que su hijo ya no corría peligro de convertirse en un drimish, que acabaría siendo un macho más y Ritzah sería su hembra, pero se equivocaba.

Nelut se había transformado en una muchacha bellísima. Ninguno de los machos del clan podía evitar mirarla cuando salía de la cueva. A sus casi quince primaveras era ya toda una mujer. Su sangre híbrida aunaba en ella la elegante esbeltez de los kartzams y la extraña belleza y la robustez de las hembras hummolts. Sobrepasaba en casi un palmo a las demás muchachas de su misma edad, que la miraban con recelo y envidia, al percatarse del interés que despertaba en los machos jóvenes que todavía no se habían emparejado con una hembra. Sin ninguna duda era la más atractiva, pero no parecía ser consciente de ello ni mostraba el más mínimo interés por los hombres. 

Entre los muchachos sin pareja se encontraba un primo segundo de Nelut. Se llamaba Say. Había sido criado desde muy pequeño por su abuela, tras morir su madre de una herida en una pierna que se le gangrenó. Era alto y fuerte y muy valiente, tanto que se había convertido en uno de los mejores cazadores del clan, aventajando en mucho a la mayoría de los más veteranos. Tenía ojos risueños, mirada bondadosa y una sonrisa encantadora. Todas las hembras jóvenes estaban enamoradas de él, pero Say ya había hecho su elección. Su hembra sería Nelut, la más hermosa de todas ellas, si le aceptaba como pareja, claro.

Siempre que su enamorado volvía de una cacería, le llevaba un pequeño detalle, una fruta buena, un puñado de piedrecillas de colores, cualquier cosa que el muchacho creyera que le podría gustar a Nelut. Ella al principio se mostraba indiferente, pero siempre aceptaba el regalo. 

Un día los cazadores descubrieron una gran colmena de abejas en el interior del tronco medio podrido de un haya, pero no llevaban ningún pellejo de corzo, rebeco o jabato a modo de odre donde recoger los panales de miel, ni una brasa encendida con la que prender fuego a un ramo de hojas verdes de pino para aturdir a las abejas con el humo y decidieron dejarlo como estaba y volver al día siguiente a por la preciada golosina. 

Say se durmió aquella noche pensando en Nelut. La vio en sueños más hermosa que nunca sentada sobre una roca e iluminada por los rayos del sol del mediodía. Olió la deliciosa fragancia de su pelo rojo. Se emocionó por el embrujo de sus ojos verdiazules enmarcados en un rostro intensamente blanco y manchado de pecas. Sintió el deseo de besar sus carnosos labios rosados, acariciar sus suaves caderas, sus muslos blancos, sus pechos turgentes... De pronto despertó entre jadeos de su sueño de enamorado, mientras ahí abajo, bajo la cálida piel de oso de las cavernas que calentaba sus noches, algo con vida propia empujaba, latía y descargaba el fruto de su virilidad. Sí, Nelut tenía que ser suya, debía encontrar la manera de conquistarla, de enamorarla. Ya sereno, se recostó de lado, aspiró profundamente el aire húmedo de la caverna y se cubrió la cabeza con la piel de oso. Con el familiar concierto tranquilizador de ronquidos, resoplidos y gases que reinaba en el interior de la caverna y el calorcito de la manta, enseguida sintió el agradable sopor que precede al sueño y volvió a dormirse.

Cuando al día siguiente se despertó y abrió los ojos, dirigió su mirada hacia donde solía dormir Nelut rodeada por sus nueve hermanos y al ver sus cabellos rojos iluminados por la luz horizontal del día que renacía, supo de pronto lo que tenía que hacer. Se levantó sin hacer ruido, cogió el caparazón de una tortuga de tierra, lo metió en la talega de cazador que llevaba atada a la cintura y salió al exterior de la caverna. Mientras vaciaba su vejiga regando el tronco de un abeto, sonrió feliz. Sí, tenía que funcionar, el detalle le gustaría a Nelut. 

Unas horas más tarde los hombres regresaron de su jornada de cacería con un jabalí hembra, un urogallo, dos culebras y dos pellejos de rebeco repletos de panales de deliciosa miel. Por el camino se habían atiborrado del dulce néctar y estaban ahítos, todos salvo Say, que en su angustia por acertar con el detalle que le llevaba a Nelut, el pequeño caparazón de tortuga lleno a rebosar de miel, apenas la había probado.  Sólo había relamido la que se le había pegado a los dedos mientras introducía pequeños trozos de panal en el caparazón del quelonio.

Nada más llegar la buscó con ansia entre el tropel de mujeres y niños que corrían a recibirles, pero no vio su cabello rojo brillando bajo los rayos del sol y entonces sintió una puñalada en el corazón y se entristeció. Preguntó por ella a su madre Uloh y ésta le contestó que su hija había enfermado y estaba descansando. Say casi se echó a llorar mientras corría angustiado hacia el interior de la cueva con el pequeño caparazón lleno de miel en la mano. La idea de poderla perder por aquella repentina enfermedad se le hacía insoportable. La quería más que a su vida.

-Nelut, ¿estás ahí? - preguntó mientras sus ojos se iban acostumbrando a la penumbra.

-Sí, estoy aquí. - le respondió ella con un hilillo de voz.

Say se acercó a donde la muchacha estaba echada, se arrodilló a su lado y con voz temblorosa le ofreció la pequeña vasija de concha de tortuga llena de miel. La muchacha le miró a los ojos con semblante serio, se sentó sobre la piel de bisonte sobre la que descansaba, tomó el caparazón con las dos manos y lo puso en su regazo. Metió entonces los dedos en su pringoso contenido y sacó un trocito de panal. Say la observaba en silencio con un nudo en la garganta y un rictus de angustia dibujado en su rostro. Nelut entonces se introdujo el fragmento de panal en la boca, lo saboreó con delectación, se le iluminó la mirada de puro placer y por primera vez en su vida le sonrió. El muchacho ya no podía ser más feliz. 

-Nelut, ¿quieres ser mi hembra? - le preguntó emocionado.

-Si vas a ser tan dulce conmigo como esta miel, entonces sí. - le contestó con otra sonrisa.

El muchacho creyó estar soñando, pero de pronto se acordó de que Nelut estaba enferma y volvió a entristecerse.

-Dime lo que necesitas para curarte y te lo traeré, sea lo que sea. - le aseguró.

-Ve a buscar un puñado de fresas y vuelve enseguida con ellas. Son la medicina que necesito. - le respondió Nelut mientras metía otra vez los dedos en la miel. 

Say se levantó y salió corriendo hacia el bosque. Su corazón iba a estallarle en el pecho de pura felicidad. Nelut ya era suya, ya era su hembra, bueno, casi. La muchacha le miraba alejarse divertida, intentando contener la risa, mientras se chupaba los dedos pringados de miel. Say ignoraba que la enfermedad que aquejaba a su amada era lo que muchas hembras jóvenes tienen cada luna, un simple dolor menstrual.

Al rato el muchacho volvió con las dos manos llenas a rebosar de fresitas del bosque, se arrodilló de nuevo a su vera y se las ofreció. 

-¿Soy suficientemente dulce para ti? - le preguntó con una sonrisa encantadora y los ojos húmedos por la emoción.

-Sí. - le contestó ella escuetamente con la boca llena de fresitas. Se volvía loca por la miel y las fresas. Eran sus golosinas preferidas.

-¿Eres ya mi hembra? 

-Sí, lo soy. - le respondió esta vez con una sonrisa tan encantadora como la de él.

-¿Te encuentras mejor? 

-Si, mucho mejor. Las dos medicinas que me has traído me han curado. Serás un buen macho para mí. 

Say enloqueció de alegría. Se puso en pie de un brinco, salió corriendo de la cueva y a todos los que se encontraba en su alocada carrera les gritaba: "¡Nelut ya es mía. Nelut es mi hembra!" 

Las muchachas sin pareja estaban furiosas. La maldita hija de un hummolt les había robado al macho más hermoso, más fuerte y más valiente de todo el valle del sol naciente. 

Aquella tarde a puesta de sol, estando todos los miembros del clan reunidos alrededor de la gran hoguera mientras se asaba la carne del jabalí, el urogallo y las dos culebras, la vieja matriarca Daylay oficializó la unión entre Say y Nelut embadurnándoles a ambos la frente con arcilla blanca y el resto del rostro con arcilla amarilla. Reinaba un silencio casi absoluto. Sólo se escuchaba el crepitar de la leña al quemarse y el chirriar de la carne que se estaba asando. Entonces la anciana agarró una pata del jabalí de encima de las brasas y se la dio a Say. "¡Dale de comer a tu hembra! - le ordenó. 


 QUINTO CAPÍTULO


A unas cuantas jornadas del valle del sol naciente habitaba un pequeño clan de hummolts que estaba pasando por una situación dramática. Acababa de superar una grave epidemia que había reducido sus miembros a la mitad. Por desgracia la enfermedad se había cebado especialmente en sus hembras más jóvenes y sólo una niña, dos mujeres adultas y una anciana kartzam, que había sido raptada de niña, habían logrado sobrevivir. Los varones supervivientes, en cambio, sumaban una decena. Necesitaban más hembras para que el clan no acabase desapareciendo, y era urgente conseguirlas. A las dos adultas ya se les estaba acabando la edad de procrear y una sola niña no podría salvar al clan, por muchos hijos que tuviera en un futuro.

No les quedaba más remedio que romper la paz que había reinado hasta entonces entre los hummolts y los kartzams y atacar su poblado para abastecerse de hembras jóvenes. Una madrugada, tres horas antes del alba, cogieron sus armas, entre ellas afiladas hachas de sílex, lanzas de cuerna de ciervo, grandes tibias y fémures de bisonte y caballo y contundentes cantos rodados y se encaminaron hacia el valle del sol naciente. Llegaron cuando los primeros rayos del sol se asomaban tras las colinas. Ninguno de los kartzams se había levantado todavía. Con astucia lanzaron una piedra dentro de la cueva para que algún macho saliera a investigar y así sorprenderlo y matarlo de un hachazo. Y así ocurrió. Al pobre kartzam no le dio tiempo de avisar ni pedir ayuda. Cuando un certero golpe de un  hacha le partió el cráneo, sólo un débil quejido salió de su boca. Sin embargo fue suficiente para poner en guardia a todo el clan. 

Etoz, el líder de los cazadores, miró fijamente a los ojos a su hembra Uloh y le hizo una seña con la cabeza. Ésta comprendió enseguida sin palabras y llevó en silencio a las mujeres, niños y ancianos al fondo de la caverna. El cazador, ahora convertido en jefe de los guerreros, en un par de segundos ideó un plan y con gran sigilo dividió a sus hombres en dos grupos. Nueve de ellos irían con él al encuentro cara a cara con los hummolts y los siete restantes, comandados por el joven Say, saldrían por una falsa entrada que había en la parte lateral de la caverna, que solían mantener bloqueada con una gran roca y sorprenderían a los enemigos por la retaguardia. La estrategia bélica era impecable y tuvo un resultado impecable. Al cabo de unos minutos todos los hummolts, excepto uno que logró escapar malherido y acabó siendo devorado por una manada de lobos, estaban tendidos en el suelo sobre un charco de sangre con sus cabezas destrozadas y sus hombros, brazos y costillas fracturados a golpes y hachazos. Uno de ellos, el más anciano, era el padre de Nelut, pero ella jamás llegaría a saberlo. Otro de los abatidos guardaba para la pequeña Ritzah una terrorífica sorpresa. Al estar los guerreros kartzams en franca mayoría de dieciocho contra sólo diez hummolts, únicamente uno de ellos resultó muerto, el que salió a investigar el ruido de la piedra lanzada por los enemigos y dos resultaron heridos, uno con un brazo fracturado y el otro con una brecha en la cabeza. Las ancianas Metzet y Aileh se apresuraron a curarles las heridas. No eran hechiceras ni sanadoras, pero si contaban con muchos años de experiencia de la vida y habían atesorado en su memoria mucha sabiduría.

Aquel día no hizo falta salir de caza. Tenían carne de sobra. Las mujeres escogieron las partes más sabrosas de los cadáveres de los hummolts, especialmente los carnosos brazos, muslos y glúteos, los jugosos lomos, las suculentas costillas, los deliciosos y tiernos sesos, hígados, riñones y testículos, los musculosos corazones y las exquisitas y gelatinosas manos y desecharon el resto, que los hombres llevaron a las afueras del poblado para que se lo comieran las alimañas. Era verano y no podían guardar carne de un día para otro. Se corrompía en pocas horas.

Mientras las experimentadas mujeres descuartizaban los cadáveres, Nelut, su hermano Tzah y la niña hummolt Ritzah, salieron de la caverna cogidos de la mano. Todavía llevaban el miedo metido en el cuerpo, pero al igual que los demás niños sentían una gran curiosidad. Se acercaron a una anciana que estaba sacando los sesos a un hummolt de unas veinte primaveras y los estaba depositando sobre una piedra ligeramente cóncava, que luego iba a poner a asar sobre las brasas. Ritzah de pronto lanzó un chillido desgarrador y salió corriendo hacia el interior de la cueva. Acababa de reconocer a su hermano.

El mal presentimiento de Uloh con respecto a su primogénita estaba a punto de hacerse realidad. Cuando Tzah explicó a su padre y al resto de los kartzams el motivo de la extraña reacción de la pequeña hummolt, una de las jóvenes que continuaba resentida con Say y su hembra Nelut, miró fijamente al apuesto muchacho y le escupió a la cara todo su odio y todo su despecho como la más venenosa de las víboras. 

-Los malditos hummolts han venido a por sus dos hembras. Ellas son las culpables de que no podamos vivir en paz.

Say enrojeció de ira e hizo ademán de abalanzarse sobre ella, pero la gran matriarca Dailay se interpuso entre los dos y el muchacho se contuvo.

-¿Cómo te atreves a atacar a una de nuestras hembras? Un macho kartzam jamás ataca a una hembra kartzam. Esta ley es sagrada para nosotros y tu lo sabes. - le chilló furiosa con su voz temblorosa de anciana.

-Ha acusado injustamente a mi hembra. - le replicó Say para justificarse. 

-Tu hembra es medio hummolt. Deberías avergonzarte por haberla elegido a ella en lugar de a una verdadera kartzam.

Say no quiso discutir con la matriarca. Ésta era otra ley sagrada para los kartzams. Agachó la cabeza, dio media vuelta y fue en busca de Nelut. "¡Nadie va a hacer daño a mi hembra, nadie!" - se dijo a si mismo con la mente de camino hacia el interior de la caverna. 

El veneno lanzado por la víbora había surtido efecto y había emponzoñado a todos los miembros del clan. Incluso miraron con odio a Uloh por haber parido a la hija de un hummolt, pero no se atrevieron a atacarla por temor a Etoz.

- Nelut, debemos irnos. Temo por tu vida y por la de Ritzah. - le dijo Say con ojos llorosos.

- Yo no me voy sin mi hermano Tzah. Espera a que hable con él. Intentaré convencerle para que nos acompañe. 

- No tardes. Os espero junto al gran nogal que crece a la vera del río.

Al poco entró Tzah en la caverna y se acercó a su hermana con semblante triste. Nelut estaba hablando con su madre y ninguna de las dos se percató de su presencia.

- Madre, debo irme con Say y Ritzah lejos de aquí. Lo entiendes, ¿verdad?

- Si, hija mía, lo entiendo. Desde que naciste sabía que tarde o temprano acabarías siendo repudiada por ser hija de un hummolt.

- ¿Puedo llevarme a Tzah? Cuando crezca, también él será repudiado por ser drimish. 

- Llévatelo. Contigo podrá ser como es realmente y vivirá en paz y feliz. - le aseguró Uloh con lágrimas en los ojos.

Tzah también lloraba escondido tras una gran estalagmita. Su madre y su hermana tenían razón. Los miembros del clan del sol naciente, incluido su padre, odiaban a los drimish. 

Media hora más tarde, tras salir disimuladamente de la cueva para no levantar sospechas, Nelut, Tzah y la pequeña Ritzah se reunieron con Say junto al gran nogal. Durante largos segundos los cuatro se miraron a los ojos con semblante triste y en silencio. Un nudo de angustia les ahogaba. Atrás dejaban a sus seres más queridos, especialmente a su madre Uloh y a sus abuelas Aileh y Metzet. Nunca más volverían a verlas. Entonces Say tomó la iniciativa y dio la orden de partir. Justo cuando estaban adentrándose en las aguas mansas del río para alcanzar la otra orilla, escucharon a sus espaldas una voz de niño. "¿Puedo ir con vosotros?" - les preguntó. Los cuatro fugitivos se dieron la vuelta al unísono y se llevaron una grata sorpresa. Era Laram, uno de los hermanos pequeños de Nelut y Tzah. Les había seguido sin que ellos se dieran cuenta. "Claro que sí. - le respondió Say - Ven, súbete sobre mis hombros. Vamos a atravesar el río." Acababa de empezar la gran aventura de sus vidas.

Nelut con la niña Ritzah cogida de la mano lloraba en silencio. Se sentía culpable, pero nada podía hacer para cambiar su destino. Ella todavía no sabía que estaba encinta.


SEXTO CAPÍTULO



Los cinco fugitivos subieron a una pequeña colina de rocas peladas que, cual oteadero, les sirvió para escrudriñar los alrededores. Y ahí abajo, ante sus asombrados y maravillados ojos, apareció un inmenso mar verde, cuyos límites parecían interminables y se perdían en el horizonte. Se escuchaba bullir la vida. Ante aquel grandioso espectáculo el corazón de todos ellos latió enloquecido en su pecho y sus rostros se iluminaron de pura emoción, y entonces Say exclamó: "¡Hemos llegado!". Descendieron por la empinada ladera de la colina y se adentraron en un inmenso bosque de encinas, cuyas tupidas copas dejaban el sotobosque en fosca penumbra. La paz que se respiraba allí dentro era indescriptible. Olía a hojarasca buena, a humedad buena, a vida, a esperanza. 

Al mediodía sintieron hambre, pero no llevaban nada para comer. En un claro del encinar se sentaron sobre unas rocas calizas para descansar. De pronto Say les chistó para que guardasen silencio, cogió un canto rodado de su talega de cazador y con mucho sigilo se acercó a un urogallo macho que se estaba dando un baño de polvo, ajeno a lo que se le avecinaba. El muchacho inspiró profundamente, se concentró unos segundos, fijó la mirada sobre el ave, lanzó la piedra y le dio de lleno en la cabeza. Presa de una gran alegría, la alegría del cazador, asió el urogallo por las patas, lo levantó hacia el cielo donde habitan para siempre los espíritus de sus antepasados y ululó al modo de los kartzams para darles las gracias. Ya tenían cena para aquella noche. 

Mientras Nelut y Ritzah desplumaban y evisceraban el ave, los tres varones recogieron leña seca y la llevaron al claro. Entonces Say sacó de su talega la piedra de pedernal que llevaba siempre consigo. La golpeó repetidas veces para que echase chispas sobre una de sus yescas de hongo negro y ésta prendió enseguida. Sopló a continuación sobre la pequeña brasa, la rascó con mucho cuidado sobre un puñado de heno reseco, volvió a soplar y una temblorosa llama brotó de la hierba. Le fue añadiendo ramillas secas y en pocos minutos tuvieron encendida una gran hoguera sobre cuyas brasas asaron el urogallo. Tenían mucha hambre y se lo zamparon con tanta rapidez que les supo a poco. Entonces el pequeño Laram encontró en el suelo una bellota, una de las primeras que habían madurado aquel convulso verano, ya a las puertas del otoño, le dio un mordisco, probó su pulpa blanca y exclamó: "¡Está dulce!"

Habían llegado a un paradisíaco encinar cuyos árboles daban todos sin excepción deliciosas bellotas dulces. Ninguna de las que probaron les supo amarga. No se podían creer la suerte que habían tenido. Comieron todas las que quisieron hasta hartarse. Nelut entretejió entonces con maestría los sarmentosos tallos de un bejuco y en un momento tuvo una cesta suficientemente grande para llevar las muchas bellotas que encontraron en el camino, mientras iban en busca de una gruta donde guarecerse aquella noche, pues se acercaba la hora del ocaso.  


Los espíritus de los antepasados de los kartzams velaban por ellos desde el más allá y nuevamente les ayudaron a encontrar lo que con tanta ansia estaban buscando. Tras una majestuosa encina, tal vez una de las más vetustas de aquel valle de ensueño, se levantaban unas extrañas rocas grises que parecían un grupo de gigantes apretujados unos contra otros y, allí, entre dos de los gigantes de piedra caliza, vieron una mancha negra, que al acercarse fue la entrada de una caverna inhabitada, ni por humanos ni por fieras, tan grande o incluso más que la que había sido su hogar en el valle del sol naciente hasta aquella mañana de tan aciago día. Aprovechando los últimos rayos horizontales del sol poniente, se adentraron en la cueva, buscaron un lugar llano donde poder echarse y se dispusieron a pasar la noche. Estaban agotados y no tardaron en dormirse.

A la mañana siguiente se levantaron ansiosos por explorar su nuevo hogar, es decir, la cueva y el valle que la rodeaba. Las dos hembras y el pequeño Laram permanecieron en las inmediaciones de la caverna recolectando bellotas, setas y tubérculos y Say y Tzah salieron de caza armados con dos grandes y pesadas tibias de bisonte que habían encontrado bajo la copa de la gran encina. Al joven drimish no le entusiasmaba la idea, pero no podía dejar solo a Say. Sería una gran imprudencia que saliera sin compañía. Podría sobrevenirle algún accidente o atacarle alguna fiera y nunca más volverían a verlo. La verdad es que Tzah se sentía muy a gusto con Say, nunca se había mofado de él por ser tan femenino y no le costó mucho acompañarle de cacería. 

Tuvieron suerte. Mientras recorrían el encinar en busca de alguna presa, el avispado y experimentado cazador escuchó a lo lejos unos gruñidos que le recordaron a los de los jabatos. Con mucho sigilo se acercó a unas matas, siempre en contra del viento para no alertar con su olor humano a las posibles presas, y tras ellas vio a una hembra de jabalí acompañada por media docena de jabatos ya crecidos que se estaban atiborrando de bellotas. Sacó un canto rodado de la talega, fijó su mirada sobre la cabeza de uno de los jabatos, inspiró profundamente y lanzó la piedra con todas sus fuerzas. El joven animal cayó fulminado y la jabalina y el resto de su camada huyeron despavoridos. 

Tzah le estaba esperando a unos cincuenta pasos y cuando lo vio aparecer risueño y feliz, rezumando virilidad y más hermoso que nunca, con el jabato sobre sus hombros, sintió en su corazón femenino algo muy intenso y extraño que nunca antes había sentido. Say era el macho de su hermana y enseguida intentó alejar de su mente aquellos turbadores sentimientos que no debía sentir, aunque no lo consiguió. De pronto, caminando cabizbajo y compungido tras el cazador, una traicionera brisilla llevó hacia su olfato un penetrante y delicioso aroma a hombre, algo en lo que nunca antes se había fijado, y en lo más íntimo de su alma de mujer deseó a Say con todas sus fuerzas. Tzah tenía entonces quince primaveras y Say diecinueve.

En cuanto llegaron a su recién estrenado hogar, Say encendió una gran hoguera con su piedra de pedernal y su yesca de hongo negro justo delante de la entrada a la cueva para repeler a las fieras y encomendó a Nelut y Ritzah el mantenimiento permanente del fuego. Mientras tanto las dos hembras evisceraron al jabato, lo trocearon con dos cuchillos de sílex que habían traído consigo y pusieron la carne a asar sobre las brasas. Enseguida el aire se llenó del maravilloso aroma que desprendía el tierno animal cocinándose y los estómagos de los cinco jóvenes rugieron famélicos en sus vientres. 

Los días se iban acortando y el frío invernal se avecinaba lenta pero inexorablemente. La necesidad de gruesas pieles de grandes animales para calentar sus noches se hacía cada vez más imperiosa, pero Say y Tzah no se atrevían a enfrentarse ellos dos solos a bestias tan peligrosas. Sería un suicidio. Un día en que los dos cazadores se habían aventurado a explorar las lejanas montañas que se vislumbraban hacia el este, mucho más allá del valle de las encinas que era su hogar, se toparon de pronto con un gran claro limpio de árboles donde parecía que habían vivido recientemente otros humanos, aunque era evidente que estaba abandonado. Pronto dieron con la entrada a una gruta. Con mucha precaución lanzaron dentro varias piedras, esperaron un rato aguzando el oído y al no escuchar ningún ruido como respuesta ambos ulularon al modo de los kartzams, pero nadie ni animal ni humano dio señales de vida. Ya más tranquilos se atrevieron a entrar y a los pocos pasos percibieron el característico e inconfundible olor a hummolts, que se hacía más y más intenso a medida que se acercaban a lo más profundo de la caverna. Allí encontraron un verdadero tesoro: gruesas y cálidas pieles de grandes bestias perfectamente curtidas y amontonadas que parecían nuevas, numerosos cuchillos y hachas de sílex, piedras vaciadas a modo de recipientes, caparazones de tortuga y huesos largos y cráneos de animales de todas las medidas, collares de dientes de jabalí y piedrecillas de colores y montones de bellotas, nueces y avellanas del año anterior que ya estaban pasadas. 

Súbitamente el corazón les dio un vuelco al escuchar ruido de pisadas y se escondieron detrás de un saliente de roca que había en la cueva. Ante sus aterrorizados ojos apareció una niña hummolt con un conejo en la mano que acababa de cazar de una certera pedrada. Tendría unas ocho primaveras y era la viva imagen de la pequeña Ritzah. Say le hizo una seña a Tzah con la cabeza y ambos se abalanzaron sobre la niña y la apresaron. No les fue fácil retenerla, pues se defendía como una fiera. Les mordió, les arañó, les mesó el cabello arrancándoselo a puñados y como último recurso les pateó la entrepierna para noquearles, como le había enseñado su madre para poder salir airosa de un intento de rapto o de violación, pero nada funcionó. Al final completamente agotada perdió las fuerzas y se rindió, momento que aprovecharon los dos muchachos para atarla de pies y manos con sogas de corteza que encontraron en la misma cueva. 

Tras descansar un rato Say eligió del montón tres grandes pieles de oso de las cavernas, las enrolló bien apretadas y las ató con una soga para llevárselas. Eran muy pesadas. Se las cargó él mismo sobre un hombro gracias a su gran fortaleza y Tzah hizo lo propio con la pequeña hummolt. Tuvieron que parar muchas veces para descansar, pero consiguieron llegar a la cueva del valle de las encinas a puesta de sol. No habían cazado nada para comer, pero a cambio llevaban dos tesoros: las cálidas pieles que calentarían sus noches y les ayudarían a sobrevivir al largo invierno que se avecinaba y sobretodo la niña, al fin y al cabo una hembra reproductora que les daría hijos, evitaría la endogamia y perpetuaría su nueva y robusta estirpe mestiza.

Cuando Tzah depositó a la pequeña en el suelo y Ritzah pudo ver su cara, se le abrieron los ojos como platos, se llevó las manos a la cabeza y exclamó en el gutural idioma hummolt: "¡Nunlay, hermana mía!" Ritzah corrió a desatarle las manos y los pies y ambas se fundieron en un cálido abrazo y lloraron a mares un buen rato de pura felicidad.

-Ritzah, te creía muerta. - le dijo Nunlay en idioma hummolt a su gemela.

- Lo sería si este kartzam y su padre no me hubieran salvado de las fauces de un gran león. - le respondió señalando a un emocionado Tzah.

Todo encajaba. Los diez machos hummolts que habían atacado a los kartzams del valle del sol naciente para abastecerse de hembras eran el padre, los hermanos y los tíos de las gemelas. Su clan había quedado aniquilado tras la derrota. Las cuatro hembras, entre ellas Nunlay, les esperaron angustiadas durante meses pero no aparecieron. Estaban muertos. Una infausta tarde a puesta de sol entró en su caverna una manada de gigantescas hienas manchadas, atraídas por el apetitoso aroma a humanos que eran sus presas favoritas y mataron y devoraron a la hembra más anciana y a las dos adultas. Nunlay se salvó de una muerte horripilante gracias a su agilidad, encaramándose a una gran roca que había al fondo de la caverna. A las hienas les resultó imposible subirse a ella y al rato se olvidaron de la pequeña y se concentraron en llenarse el estómago con la carne de las tres mujeres. La pequeña tuvo que presenciar el macabro y terrorífico espectáculo con todos sus detalles. Jamás se le iba a olvidar. Una de las hembras adultas era su madre y la anciana kartzam su abuela. Ritzah escuchó el relato de su hermana temblando y llorando de miedo y pena, como si lo viviera en directo y en carne propia. Luego, ya más serena, lo tradujo al idioma kartzam para Nelut y los tres muchachos.

De la mano de Ritzah y rodeada del cariño y la protección de los tres varones y especialmente de Nelut, que en realidad era su hermanastra, Nunlay pronto se sintió como en casa. El pequeño clan del valle de las encinas ya tenía seis miembros y pronto serían siete. El vientre de la mestiza Nelut iba engordando a buen ritmo amorosamente fecundado por el semen de Say que ya no podía ser más feliz. 

Las dos gemelas jamás llegarían a saber que eran las últimas de su especie. La sangre de los robustos hummolts no se perdería, no se extinguiría, seguiría viva en sus incontables descendientes mestizos que, con el paso de los años, los siglos y los milenios, poblarían toda aquella vasta península sureña, incluso atravesarían la barrera de montañas del norte y colonizarían las gélidas tierras del gran continente blanco, mezclando su sangre con la de los mestizos que allí se encontrarían.


SÉPTIMO CAPÍTULO


Aquella mañana de primavera el sol naciente se levantó más poderoso que nunca tras las montañas del este. El cielo estaba limpio de nubes y soplaba una cálida brisa de poniente que mecía suavemente las ramillas recién brotadas de las encinas. Había llovido tres días atrás y las plantas de aquel paraíso se mostraban exultantes de vida.

Nelut había tenido que ceder y yacer con Say contra su voluntad, a pesar de no sentir ningún deseo por su avanzado estado de gestación. La penetración de su fogoso y bien dotado macho, además, se le hacía bastante desagradable y hasta dolorosa y todo ello convertía la relación en un tormento. Su hijo no nacería hasta pasadas dos largas lunas.

Say, ajeno a los sentimientos íntimos de su hembra, no comprendía muy bien el porqué lo rechazaba. Su ardiente virilidad de macho joven le hacía desear cada noche a Nelut. Ésta a veces conseguía calmarle acariciando con sus manos sus ingurgitados genitales hasta que eyaculaba, pero aquello a Say no le gustaba, no le satisfacía y unas horas más tarde, ya de madrugada, volvía a insistir y Nelut acababa cediendo. 

Tzah se había levantado temprano. Al igual que a Say, también a él le hervía la sangre de adolescente, pero le daba vergüenza que los demás durmientes le escuchasen masturbarse y prefería hacerlo a solas tras unas matas un poco antes de que los demás se levantasen. Aquella mañana, con sus ansias ya calmadas, mientras volvía hacia la cueva, por el camino vio a Say que se bajaba el calzón de piel de lince para orinar y en un impulso inconsciente e irrefrenable se apostó tras una roca, a sólo cuatro pasos del joven, para observarlo mejor sin que él se apercibiera de su cercanía. Aquella visión tan cercana de su intimidad le turbó de tal manera que tuvo que volver tras las matas a masturbarse por segunda vez. Nunca había experimentado aquellos poderosos sentimientos que le trastornaban como si estuviera poseído por algún demonio. Say le gustaba cada vez más y deseaba yacer con él desesperadamente. Se lo quedaba mirando embelesado a todas horas y se le antojaba el kartzam más hermoso que jamás había visto. Se había enamorado perdidamente de él. 

Su hermana Nelut acabó dándose cuenta y sintió una gran ternura por él, pero no le dijo nada para no herir su alma de drimish. En el fondo quería mucho más a su hermano que a su hermoso macho, con el que se había emparejado por su insistencia y su buen corazón, pero no estaba enamorada de él. Entonces de pronto decidió que debía ayudar a Tzah. Quería que fuera feliz, pero no hallaba la forma de hacerlo sin que él se diera cuenta. 

Una calurosa mañana, varios días después, Say y Tzah salieron de caza por enésima vez para abastecerse de carne con la que alimentar a todos los miembros del clan del valle de las encinas. Tras una larga caminata avistaron una pequeña manada de ciervos y les fueron siguiendo sigilosamente para acercarse lo más posible a ellos y así tener más posibilidades de abatir a alguno. Los animales se habían acercado peligrosamente a un profundo precipicio y entonces Say como experimentado cazador supo enseguida lo que tenían que hacer. Con la cabeza y una mano hizo una seña a Tzah y ambos salieron corriendo y dando voces como enloquecidos para asustar a los ciervos y llevarlos hacia el despeñadero. La estrategia de caza les salió bordada y dos de los animales se despeñaron precipicio abajo y murieron instantáneamente. Tan grande fue la alegría de los dos cazadores que se abrazaron entre risotadas para celebrar su éxito y entonces Tzah al sentir en su piel el calor del fornido cuerpo del cazador y oler su intenso aroma de hombre creyó enloquecer de deseo y tuvo que hacer un gran esfuerzo para contenerse.

Bajaron al fondo del precipicio, evisceraron a los animales y les cortaron la cabeza para disminuir su peso, y Say cargó con el más grande sobre sus hombros y Tzah hizo lo propio con el menos pesado. Bajo los implacables rayos del sol del mediodía sentían mucho calor y más todavía con la pesada carga que llevaban sobre sus hombros. Por el camino se encontraron con un riachuelo que formaba un remanso a modo de poza y Say quiso bañarse para refrescarse. Depositó el ciervo sobre la hierba y ante los atónitos ojos de Tzah se desnudó y se lanzó al agua. Los cazadores solían hacerlo. No sentían ninguna vergüenza por desnudarse y bañarse juntos. No eran drimish. Tzah había pasado toda su vida entre mujeres y no estaba acostumbrado a ver desnudos a los machos del clan, de hecho siempre los había visto vestidos con sus pieles, pues no se las quitaban ni para dormir. Deseaba ardientemente echarse al agua para jugar con Say, pero debía guardar las dos piezas de caza para que no se las arrebatasen las fieras y permaneció de pie a la vera de la poza contemplando embelesado la extraordinaria belleza de aquel kartzam de ensueño. Cuando Say decidió salir del agua y se mostró con toda su desnudez ante los ojos de Tzah, éste creyó desmayarse tan grande era su turbación.

Aquella noche tuvo que salir tres veces de la cueva para masturbarse y calmar sus ansias por yacer con Say. Nelut tenía el sueño muy ligero y se dio cuenta de sus tres salidas. En la tercera le siguió con mucho sigilo y supo entonces lo que le pasaba. Sí, tenía que ayudar a su hermano drimish a ser feliz.

Durante la siguiente noche, ante la insistencia de Say por yacer con ella, Nelut le habló bajito al oído para que nadie les oyera y le sugirió que calmase sus ansias con su hermano drimish. Say se sorprendió y ofendió tanto con la sugerencia de su hembra que le replicó en voz alta que él jamás se acostaría con un drimish. Por suerte Tzah dormía a pierna suelta como un lirón y cuando se despertó por las voces de Say, no entendió lo que decía y volvió a dormirse. Nelut siguió hablando bajito a su macho para convencerle.

-Un drimish es una hembra en el cuerpo de un varón. Yacer con Tzah no te hará menos macho, sino todo lo contrario. 

-No puedo hacerlo, Nelut. Me gustas tu y nadie más. Deja que yazca contigo otra vez. 

-Escuché decir a mi abuela Aileh, que cuando un hombre yace con un drimish siente un placer tan grande que ya nunca más desea a una mujer. 

-De verdad no puedo, Nelut. Además me da mucha vergüenza acercarme a Tzah con estas intenciones.

-Yo sé que mi hermano te desea desesperadamente. Te mira embelesado a todas horas. Estoy segura de que estaría encantado de yacer contigo. Anda, deja que duerma tranquila el resto de mi embarazo y después de parir ya volverás conmigo.

Say no respondió. Quedó pensativo y ya no pudo conciliar de nuevo el sueño. De pronto Nelut le había abierto los ojos sobre Tzah y comprendió porqué éste se había turbado tanto cuando se desnudó ante él para refrescarse en la poza. El pobre macho ardía en deseos por yacer con su hembra, pero aquella noche no volvió a insistir. Intentó masturbarse, pero aborrecía hacerlo y al final no consiguió eyacular, acrecentándose todavía más su desespero. 

A la mañana siguiente los dos cazadores salieron de nuevo de caza. Say se sorprendió a si mismo mirando a Tzah como si de una hembra se tratase y no le pareció tan repulsivo, incluso le hizo gracia su afeminamiento y sonrió. "¿Tendrá razón Nelut de que un drimish es una mujer?" - se preguntó con la mente mientras se adentraban en el encinar. 

Sus ansias por descargar su virilidad se hacían cada vez más imperiosas, hasta el punto que en su imaginación ideó un plan para yacer con Tzah. Sin que éste se diera cuenta lo llevó hacia la poza y en cuanto llegaron se desnudó ante él y le invitó a bañarse. Tzah, como todos los drimish, era muy tímido, muy recatado y se ruborizó con la sugerencia, pero él también ardía en deseos por yacer con Say y al final se quitó la capa de piel de lobo, el chaleco, las botas y el calzón y se echó al agua. Los dos estaban muy cohibidos, casi paralizados, sería para ambos la primera vez que yacerían con otro hombre y no se atrevían a dar el primer paso. De pronto Say se decidió, lanzó agua a la cabeza de Tzah como si de un juego se tratase y el drimish le devolvió el gesto. Entre risotadas de jóvenes gamberros acabaron abrazados y al sentirse tan cercanos se atrevieron a acariciar sus hermosos y velludos cuerpos, se miraron a los ojos, se sonrieron y ya todo fluyó por si solo. Fue la experiencia más bonita de sus vidas.  

Como ocurrió con Nishtam, su tío-abuelo drimish y el fornido cazador Brumhad, aquel juego de amor entre varones se repitió en todas y cada una de sus salidas de caza, a veces en la ida y otra vez en la vuelta, hasta que Nelut parió a su primer hijo, que fue un varón y a las pocas semanas Say volvió a desear a su hembra, pero era tan fogoso que podía yacer tanto con ella por la noche como con Tzah durante el día y así los dos hombres, el macho y el drimish, continuaron amándose apasionadamente como el primer día hasta que la muerte de uno de ellos les separó tras una larga y azarosa vida.


OCTAVO CAPÍTULO


A excepción de las dos gemelas, ya no quedaban más hummolts en toda aquella vasta región sureña del gran continente blanco, mucho más cálida que el gélido norte. Durante un par de generaciones reinó la más absoluta paz entre los kartzams del valle del sol naciente y los mestizos del valle de las encinas. Se sabían parientes lejanos y con el tiempo llegarían a intercambiar hembras jóvenes para consolidar su amistad y evitar la endogamia. A los karsams les aterraba tener hijos deformes. Eran una carga inasumible y un gran peligro para la supervivencia del clan. De hecho las mismas hembras, cuando parían a un hijo con alguna malformación, lo estrangulaban con sus propias manos nada más nacer. Primaba la supervivencia de la especie por encima de los sentimientos maternales. 

El pequeño clan del paradisíaco valle de las encinas no tuvo problemas de consanguinidad en la siguiente generación. Nelut era híbrida de hummolt y kartzam y Say era kartzam puro, primo segundo de su hembra por parte de madre, lo cual les daba un grado de consanguinidad muy bajo. Las dos gemelas hummolt y el pequeño Laram tardarían todavía bastantes primaveras en tener descendencia y Tzah era drimish y no contaba.

Tras el nacimiento de su primogénito, el fogoso Say y la fecunda Nelut en sólo seis primaveras aportaron cuatro nuevas hembras al clan, todas muy sanas y robustas. La ayuda en su crianza de las dos gemelas hummolt fue fundamental para su supervivencia. El pequeño Laram ya había entrado en la adolescencia y empezaba a acompañar a Say y Tzah en sus salidas casi diarias en busca de carne. Los dos veteranos cazadores seguían amándose como el primer día, bueno, tal vez un poco más. Eran inseparables. Sólo Nelut conocía su gran secreto y se alegraba sobremanera por su hermano. No sentía el más mínimo atisbo de celos. Había aceptado su rol de hembra reproductora y matriarca del clan y era feliz como madre. Say seguía yaciendo con ella casi cada noche y su vientre fecundo no paraba de concebir hijos. 

Para que Laram nunca llegase a descubrirlo, dejaron de amarse en sus salidas de caza y buscaron una pequeña gruta cercana que les garantizara una completa intimidad. Allí se veían cuando podían con cualquier pretexto. Un día de verano fueron descubiertos acariciándose y besándose apasionadamente, echados sobre una gran piel de bisonte junto a la entrada de la gruta, por las dos gemelas que habían salido a recolectar avellanas. Se los quedaron mirando entre sorprendidas, perplejas e incrédulas. De pronto Say se dio cuenta de su presencia y se separó bruscamente de Tzah, pero el mal ya estaba hecho. Los dos hombres se sonrojaron visiblemente, no supieron cómo reaccionar y la vergüenza les paralizó. Medio incorporados sobre los codos uno al lado del otro con sus velludos y fornidos cuerpos desnudos, sus genitales expuestos e iluminados por los verticales rayos del sol del mediodía eran todo un espectáculo. A las dos gemelas, ya en plena adolescencia, se les antojaron hermosísimos, una tentación irresistible y en lo más íntimo de su alma desearon yacer con ellos. Nelut les había narrado la bella historia de su tío-bisabuelo drimish y el cazador Brumhad y enseguida comprendieron, se miraron a los ojos con complicidad y decidieron dejar en paz a los dos amantes. "Continuad, a nosotras no nos importa." - les dijeron, mientras les regalaban una amplia sonrisa, se daban media vuelta y se iban a por avellanas cuchicheando divertidas.

Por supuesto nada más llegar a la caverna se lo contaron a Nelut y a Laram y desde aquel día los dos hombres dejaron de esconder su amor. Iban a todas partes cogidos de la mano y ya no podían ser más felices. Nelut les observaba encantada y risueña y sentía una gran ternura por su hermano. 

Pasó otra primavera y Laram, en ausencia de otro macho, acabó emparejándose con las dos gemelas, hasta el punto que los tres yacían juntos cada noche cubiertos con una enorme piel de oso de las cavernas. Nelut estaba encinta de nuevo y esta vez el embarazo era diferente a los anteriores, tenía muchas molestias y esto le cambió el carácter. Estaba muy irascible y una noche echó a su macho de su lado y desde aquel día Say pasó a dormir con su drimish. 

El vientre grávido de Nelut engordaba a gran velocidad. A las pocas lunas se le hizo muy pesado caminar y simplemente dejó de hacerlo. Estaba enorme y tenía un apetito insaciable. Se pasaba todo el día echada sobre su lecho de piel de buey almizclero y las dos gemelas se encargaban de alimentarla y cuidarla. 

Un día de madrugada entró de parto. Nunca había sentido tanto dolor con las contracciones. Sudaba copiosamente y se ahogaba. A mediodía por fin alumbró a una pequeña criatura que nació muerta. Era una hembra. Sin embargo el parto continuó y Nelut creyó que le había llegado la hora de morir. Su agotado corazón no lo soportaría. A media tarde parió a otra hembra muerta y al anochecer echó al mundo a un varón diminuto, pero vivo. Tras expulsar la placenta, el doloroso parto terminó por fin y Nelut pudo descansar. Bajo la luz de una humeante antorcha de tea de pino miró a su bebé con tristeza y pensó que moriría antes del amanecer, pero se equivocaba. El recién nacido quería vivir, se aferraba a la vida desesperadamente y no paraba de hacer ademanes por mamar. Nelut lo acercó a uno de sus senos, exprimió el pezón para que saliera una gota de calostro y el bebé, al oler su delicioso aroma, abrió la boquita, agarró el pezón entre sus labios como una ventosa y sorbió con tal fuerza que hizo sonreír a su madre y a las dos gemelas. A Nelut le saltaron las lágrimas de alegría. Mirando su carita sintió una gran ternura por su pequeñín y pensó que tanto sufrimiento había valido la pena: "Le llamaré Tariuk, el último de su madre."

El niño sobrevivió y a las pocas lunas estaba rollizo, fuerte y hermoso, amamantado con la nutritiva y abundante leche de su madre. Era el juguete de Tzah, que se encariñó con el benjamín de sus sobrinos, como si fuera el hijo que él jamás tendría y lo llevaba en brazos todo el día. Así su hermana podía descansar. Lo hacía reír a todas horas haciéndole cosquillas, poniéndole caras y cantándole antiguas canciones de los kartzams, que acompañaba con la sencilla y monótona música de su instrumento de madera, que él mismo había fabricado siguiendo las instrucciones de su abuela Aileh. Era una rama de abedul de unos dos palmos, partida por la mitad con un hacha de sílex y vaciada en su extremo con la ayuda del fuego. Antes de unir de nuevo las dos mitades con resina de pino había introducido en el hueco cinco piedrecillas de cuarzo y a continuación había asegurado la unión con varias vueltas de soga hecha con hojas trenzadas de palmito.

Desde aquel doloroso parto Nelut se negó rotundamente a yacer con Say. Había decidido no parir más hijos. A partir de entonces se dedicaría a criar a sus seis retoños, dos varones y cuatro hembras y a sus funciones de matriarca. Las dos gemelas estaban preñadas con el semen de su hermano Laram y la supervivencia del pequeño clan del valle de las encinas estaba asegurada.


NOVENO CAPÍTULO


Cuando en primavera las yemas de las encinas empezaron a desplegar sus hojas nuevas, las dos gemelas hummolt llegaron por fin al final de su embarazo. El adolescente Laram estaba exultante de orgullo. Con sólo quince primaveras sería padre por partida doble. Su hermano Tzah se mofaba de él diciéndole que era todo un machote. 

Un anochecer con la luna en cuarto creciente la gemela Ritzah entró de parto. Su hermana Nunlay y la experimentada Nelut estuvieron a su lado acompañándola durante toda la noche. Las tres se miraban a los ojos muy serias y en silencio, para no despertar a los demás miembros del clan que estaban allí mismo durmiendo, iluminadas por la luz titilante de una aromática antorcha de tea de pino clavada en un agujero de la pared de la cueva. Sobraban las palabras. La muchacha era muy valiente, como todas las hembras hummolt y aparentaba estar muy tranquila. Ni siquiera se quejaba con las contracciones, sólo resoplaba. De pronto, con las primeras luces del alba, su hermana Nunlay sintió que le había llegado también la hora de parir, emitió un leve quejido, se sujetó el vientre contracturado con una mano y como Ritzah se dispuso a afrontar con valentía el trance de traer a su primer hijo al mundo.

Las dos parturientas se situaron juntas y en cuclillas sobre la misma piel de oso con la espalda apoyada contra la pared de la cueva. Jadeaban al unísono por las contracciones y a la matriarca Nelut aquel espectáculo se le antojó muy gracioso. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no echarse a reír. No quería ofenderlas. Preparó un par de cálidas y suaves pieles de lobo y un cuchillo de sílex y se sentó sobre una piedra al lado de Ritzah que era la que tenía el parto más adelantado. Su experiencia le decía que había que tener mucha paciencia y no desesperar. A media mañana por fin se asomó la cabecita del feto y en un último esfuerzo Ritzah dio a luz a su primogénito, un robusto varón de piel sonrosada.

Cuando Nelut se lo dio ya envuelto en la piel de lobo para que lo amamantase por primera vez, Nunlay sintió nuevamente envidia de su hermana y, para no ser menos que ella, de pronto, mucho antes de lo que la matriarca había calculado, echó también al mundo a su retoño, una regordeta hembra llena de vida que lloró con ganas y llenó la cueva con sus berridos. Las robustas hembras hummolt tenían las caderas mucho más anchas que las kartzams y parían a sus hijos con gran facilidad. Las dos gemelas eran nietas de una hembra kartzam, pero no habían heredado de ella sus estrechas caderas. La herencia de su otra abuela hummolt había predominado. 

El clan del paradisíaco valle de las encinas ya contaba con catorce miembros: tres hembras adultas, tres varones adultos, cinco niñas y tres niños. Aunque en realidad la mayoría eran mestizos, siguieron considerándose a si mismos como kartzams y por muchos años no olvidaron a sus parientes del valle del sol naciente. Incluso Tzah y Laram tenían sangre hummolt, aunque ellos lo ignoraban. Una de las bisabuelas de su padre Etoz fue raptada cuando era sólo una chiquilla por unos cazadores hummolt y llevada a rastras a su cueva. Allí fue brutalmente violada por todos los machos del clan en presencia de sus hembras, las cuales, al ver ensangrentada su naturaleza de niña por los desgarros provocados por las salvajes penetraciones, se compadecieron de ella y al día siguiente, aprovechando que sus hombres habían salido de caza, la ayudaron a escapar.

La pobre chiquilla logró encontrar el camino de vuelta, aunque tardó dos días en llegar al valle del sol naciente. Cerca de la entrada de la caverna estaban su madre y la matriarca abriendo piñas de pino carrasco para aprovechar los piñones y al verlas corrió hacia ellas llorando desconsolada. Tenía el labio partido, una brecha en la cabeza y la cara hinchada llena de moratones. Les mostró entre sollozos su vulva ensangrentada y los regueros de sangre seca de sus muslos y entonces ellas comprendieron sin palabras y la abrazaron con ternura, mientras silenciosas lágrimas resbalaban por sus mejillas. La chiquilla estaba destrozada en todos los sentidos y ya nunca más volvió a sonreír. A las pocas lunas su vientre empezó a crecer, al contrario que su cuerpo que iba demacrándose visiblemente día a día, pues casi no comía, hasta que su debilidad llegó a tal extremo que se vio obligada a permanecer echada en el interior de la caverna durante las últimas semanas de embarazo. Su corazón dejó de latir justo después de alumbrar a su hija. Una mujer de nombre Matlay, prima de su madre, que había parido unos días antes y tenía leche de sobra para su propio hijo, se hizo cargo de la pequeña y la crió como si fuera su verdadera madre. La llamó Veshnei, la hija de la tristeza. 

La pequeña nunca llegó a conocer su verdadero origen. Su madre adoptiva la adoraba, era la niña de sus ojos. La mujer era ya mayor y en su larga vida de hembra reproductora sólo había parido varones, tantos que ni se acordaba del número, pues la mayoría de ellos habían muerto antes de cumplir su primera primavera. Siempre había deseado tener una hija, una hembra que permaneciese a su lado cuidando de ella en su ancianidad y la pequeña Veshnei colmó de sobras este deseo. La crió con tanto cariño que Gueruk, su hermano de leche, se sintió menospreciado y acabó odiándola. Estaba tan celoso que a escondidas de su madre le daba patadas y manotazos sin ningún motivo, por puros celos, de manera que la pequeña para evitar sus agresiones no se separaba ni un instante de Matlay. Al amanecer se agarraba fuertemente con la manita a un colgajo del calzón de piel de lince que vestía su madre y no se soltaba hasta que se acostaban juntas a puesta de sol. Así se aseguraba de que la protegería del odio de su hermano.

Al cumplir las diez primaveras Gueruk empezó a salir de caza con su padre y los demás machos y entonces por fin dejó de atormentar a su hermana de leche y se olvidó aparentemente de ella y también de su madre, aunque siempre llevó clavada en su corazón la imborrable amargura de no haber sido un niño querido. Un día de caza, mientras corría tras un rebeco saltando de roca en roca, le resbaló un pie y cayó en una profunda grieta partiéndose el cráneo. Los cazadores, alguno de ellos con lágrimas en los ojos, sobretodo su padre, intentaron rescatar de mil maneras su cuerpo sin vida. Los cazadores kartzams jamás abandonaban a un compañero, ni vivo ni muerto. Todos sus esfuerzos, por desgracia, fueron en vano y al final tuvieron que desistir y lo dejaron en el fondo de la grieta cubierto de piedras para que las alimañas no se lo pudieran comer. 

Cuando llegaron de vuelta a la caverna con las manos vacías de carne y totalmente abatidos, informaron con voz entrecortada y temblorosa a Matlay de la muerte de su benjamín y entonces ella, destrozada por la pena, lanzó un alarido desgarrador que le salió del alma y retronó en todo el valle del sol naciente, se arrancó el cabello a puñados con ambas manos y lloró amargamente sin consuelo durante días. Su duelo de madre era inconmensurable. Su hijo había sido cruelmente injusto con ella. Sus celos infundados habían sido fruto de su mente de niño egoísta que no quiso compartir su madre con su hermana. Matlay siempre lo había querido.


DÉCIMO CAPÍTULO


Veshnei, la hija de la tristeza, la bisabuela de Tzah y Laram, se crió fuerte y hermosa con la leche y el cariño de su madre adoptiva. Al ser híbrida era mucho más alta y robusta que las niñas kartzams. Su pelo era castaño rojizo ligeramente encrespado, sus ojos verde azulados y su piel morena clara. Ella también lloró la muerte de su hermano de leche Gueruk, aunque le daba mucha más pena la pobre Matlay. Verla llorar de aquella manera tan lastimosa le partía el corazón. Al ser sólo una niña no sabía muy bien cómo consolarla. Se limitó pues a hacerle compañía sin separarse de ella ni un instante. Una semana después, estando las dos sentadas sobre una roca, de pronto Matlay suspiró profundamente, miró a los ojos a Veshnei un buen rato en completo silencio, le acarició la mejilla regalándole una dulce sonrisa, abrió sus resecos labios y le dijo: "Muchas gracias, mi pequeña hija de la tristeza."

Pasaron muchas lunas durante las cuales la sencilla vida de los miembros del clan del valle del sol naciente discurrió apacible y sin sobresaltos, como el agua mansa de un río a su paso por una planicie, como los largos y tórridos atardeceres de verano amenizados con el monótono y soporífero chirriar de las cigarras, como la suave brisa de primavera que corretea juguetona entre los brotes nuevos. 

Una madrugada Veshnei al despertar se sintió mojada, se tocó ahí abajo, se miró la mano y se llevó un gran susto al verla ensangrentada. Se había hecho mujer. Aquella misma tarde a puesta de sol, estando todos los miembros del clan reunidos alrededor de la hoguera asando las carne que iba a ser su cena, la matriarca le embadurnó el rostro con arcilla roja y le puso un collar de dientes de jabalí alrededor del cuello para darle la bienvenida al mundo de las mujeres. Podía emparejarse cuando quisiera con el macho que eligiese, pero la hija de la tristeza no tenía ninguna prisa. Estaba muy feliz con su madre de leche. Matlay era todo su mundo. Los machos no existían para ella, no los veía, no los quería ver, le daban miedo. Su corazón amaba a las mujeres. 

Transcurrieron de nuevo muchas lunas, pero Veshnei seguía sin macho. Todas las chiquillas de su edad ya estaban emparejadas y alguna incluso ya lucía orgullosa su abultado vientre de primeriza. Era la más hermosa de todas las hembras. Su extraña belleza híbrida fascinaba a los hombres, a todos sin excepción. Su llamativo cabello rojizo brillaba como las luminosas flores del rododendro en un mar verde de robles quejigos. Muchos machos jóvenes se le habían acercado con las mejores intenciones, pero ella los miraba con desdén, les contestaba con el silencio y seguía concentrada en sus tareas de mujer. Matlay había envejecido ostensiblemente. A sus cincuenta y cinco primaveras era ya una anciana con el pelo canoso, la espalda encorvada, el rostro arrugado, la vista nublada, la boca desdentada y todas las articulaciones de su osamenta deformadas por la artrosis. Veshnei cuidaba de ella como si fuera el más preciado de los tesoros.

Un día Matlay le dijo algo que no le gustó, que le dolió en el alma, que borró la sonrisa de sus labios. "Debes parir algún hijo para que cuide de ti en tu ancianidad." La muchacha tragó saliva, bajó la cabeza y los ojos se le humedecieron. "No puedo yacer con un macho, madre." - le confesó ahogándose de angustia al cabo de largos y tensos segundos. "Sí puedes y debes hacerlo. Me haría muy feliz que me dieras un nieto, bueno, mejor una nieta." Veshnei no le contestó. Se apartó de su madre de leche y se adentró en la espesura del encinar. Lloraba en silencio. La simple idea de yacer con un hombre se le antojaba algo repugnante y a la vez terrorífico, como si con los genes heredados de su madre brutalmente violada por los hummolts hubiera también recibido de ella al mismo tiempo el miedo atroz al rapto y la violación.

Un joven macho alto y fornido se cruzó con ella y al ver que lloraba se le acercó y le preguntó qué le pasaba. Ella no quiso mirarlo ni mucho menos contestarle y siguió su camino. El muchacho tendría unas dieciséis primaveras y Veshnei más de veinte. Hacía tiempo que estaba enamorado de ella, pero no se atrevía a pedirle que fuera su hembra. Sabía que odiaba a los hombres. "Dime qué puedo hacer por ti. Quiero ayudarte." - le casi suplicó. Veshnei seguía caminando cabizbaja y sin rumbo. Estaba huyendo de algo que la aterraba. De pronto paró en seco y se le iluminó el rostro. Se volvió hacia él, le miró fijamente con sus verdiazules ojos de mestiza y su mirada atravesó como una lanza sus ojos negros de kartzam y llegó hasta su alma. En ella leyó mucha bondad y mucha inocencia y de pronto ya no le dio miedo y le sonrió. "Hazme un hijo." - le dijo escuetamente. El muchacho todavía era virgen y la respuesta de Veshnei le sorprendió y hasta asustó un poco. "Haré lo que pueda." - le aseguró asiéndola de la mano. 

Mientras se adentraban en la espesura del encinar buscando intimidad, la pobre Veshnei temblaba de miedo. Taykán, que así se llamaba el muchacho, lo notó por el sudor frío y el ligero temblor de la mano de ella.  En un pequeño claro entre matas la miró a los ojos y le preguntó casi susurrando: "¿Te parece bien aquí?" Ella asintió con la cabeza, tragó saliva y se arrodilló sobre la hojarasca. Él hizo lo mismo y casi tan asustado como ella se bajó el calzón de piel de lince. Veshnei no pudo evitar sonreír. El arma del muchacho se le antojó muy pequeñita, inofensiva, hasta graciosa. El pobre Taykán estaba tan cohibido que su miembro se le había encogido a su mínima expresión. Entonces la muchacha se bajó su calzón de piel de raposa y se echó de espaldas sobre la hojarasca. "No me hagas daño." - le suplicó con gesto de angustia. 

Taykán acarició con mano temblorosa sus muslos blancos de mestiza, sus caderas suaves, su talle esbelto, sus pechos turgentes y generosos, sus hombros, su cuello... Ella ya no temblaba de miedo, sino de placer. Aquel chiquillo era todo ternura. En su inexperiencia actuaba precisamente como mejor podía hacerlo con aquella mujer virgen que amaba a las mujeres y temía a los hombres. Entonces acercó su rostro al de Veshnei, aspiró su aliento que olía a tierra recién mojada por la lluvia y la besó. Su diminuta arma aumentó por fin de tamaño y volvió a escuchar la voz de la muchacha que le susurraba al oído: "No me hagas daño."

Dos horas más tarde volvían a la cueva cogidos de la mano. Taykán estaba rebosante de orgullo y alegría. Ya era por fin un hombre y se acababa de convertir en el macho de la hembra más hermosa y deseada del clan. Ella también estaba feliz. Había sentido el primer orgasmo de su vida en brazos de aquel inexperto chiquillo, que había resultado ser un amante maravilloso. Ya no temía yacer con un hombre, siempre que fuera Taykán. 

Nueve lunas después la hija de la tristeza dio a luz a Metzet, la que con los años sería la madre de Etoz y la abuela de Tzah y Laram.
 

UNDÉCIMO CAPÍTULO


Tzah, el drimish del clan del valle de la encinas, con tantos niños a los que atender y proteger, ya no salía de caza con Say y Laram. Había decidido quedarse con las tres mujeres y sus hijos una tarde de otoño en que el pequeño poblado fue atacado por una manada de siete hienas manchadas, mientras los cazadores estaban ausentes. La hoguera que debía ahuyentarlas estaba casi apagada y no impidió que se adentrasen en la caverna. Nelut había escuchado las tétricas risitas de aquellas fieras de pesadilla y había llamado desesperada a las gemelas y los niños, para que corriesen a refugiarse en el interior de la cueva. Tuvo tiempo de agarrar una rama de roble con una llama en su extremo y con ella intentó defenderse de las gigantescas hienas, mientras todos corrían a esconderse en lo más profundo del oscuro habitáculo. Las fieras no retrocedían. Estaban hambrientas y el intenso aroma a carne humana que desprendía la angustiada matriarca las enardecía y seguían avanzando hacia ella con su espeluznante concierto de risitas de muerte. Nelut estaba aterrorizada, sudaba a mares y hasta se orinó encima. Tenía a las hienas a sólo unos pasos, pero no podía rendirse y dejar que la devorasen a ella y a sus hijos. Su amor de madre le daba coraje. La llama de la rama iluminaba los ojos de las fieras y los convertía en pequeñas estrellas emparejadas sobre un fondo de penumbra. Ni la peor pesadilla podía compararse a lo que la pobre mujer tenía delante. 

Cuando en su retroceso llegó a la parte más ancha de la caverna donde solían dormir, agarró una gran piel de buey almizclero, le prendió fuego y la lanzó contra las hienas. Esto le dio un tiempo precioso para correr hacia el fondo de la cueva y subirse en lo alto de una gran roca donde ya estaban las gemelas y los niños. 

Curiosamente, sólo unos días atrás, Nunlay les había narrado cómo siendo una niña consiguió salvar su vida aquel espantoso día en que las hienas entraron en su caverna y devoraron a su madre y a su abuela y, como si presintiera que la historia estaba a punto de repetirse, buscó una roca parecida en el interior del que ahora era su hogar y les llamó a todos para que la vieran y supieran dónde podían refugiarse si alguna fiera les atacaba.

Nelut había engordado mucho desde que había dejado de concebir hijos, pero el miedo atroz de pronto le dio una agilidad increíble y trepó a la roca como la más ligera de las arañas. Las hienas intentaron subirse de mil maneras, pero todos sus esfuerzos fueron en balde. El hambre, sin embargo, les impedía desistir y siguieron al pie de la roca mirando con sus horripilantes ojos a los pobres humanos que temblaban de pánico. 

Nunlay era muy inteligente y previsora. Había acumulado una gran cantidad de cantos rodados sobre la roca por lo que pudiera pasar y el momento de usarlos había llegado. Se lo dijo casi susurrando a la matriarca y ésta les ordenó a todos, incluidos los niños, que cogieran un par de aquellas contundentes piedras redondas y las lanzasen con todas sus fuerzas hacía los ojos de las hienas. El miedo les dio tal puntería que cuatro de las sanguinarias bestias cayeron fulminadas con el cráneo hundido y las otras tres recibieron una lluvia tan grande de pedradas que huyeron despavoridas con graves heridas por todo el cuerpo. 

Nelut, Ritzah, Nunlay y los niños, al ver a  las fieras alejarse, se echaron a llorar aliviados y se abrazaron todos juntos sin perder de vista a las bestias, tanto a las cuatro muertas como a las tres que huían. A excepción de Nunlay, los demás jamás habían pasado tanto miedo. Todos se habían orinado encima y alguno de los niños también había defecado. 

- Muchas gracias, Nunlay, nos has salvado la vida. Jamás lo voy a olvidar. Tu serás la nueva matriarca cuando yo muera. - le dijo posando su mano derecha sobre su cabeza en señal de cariño y agradecimiento. La gemela le devolvió el gesto haciendo los mismo. Era la manera cariñosa que tenían las mujeres kartzam de saludarse y darse las gracias.

No se atrevieron a bajar de la roca hasta que Say, Tzah y Laram volvieron  con el ciervo que habían logrado abatir. Al llegar al claro que había delante de la cueva los tres hombres se encontraron con una de las hienas malherida que estaba agonizando y la remataron a golpes con las grandes tibias de bisonte que llevaban como armas de caza. Un escalofrío recorrió entonces el espinazo de los tres cazadores. Algo grave había ocurrido en su ausencia y temieron lo peor. Con una angustia inconmensurable en el alma, un nudo en la garganta que les ahogaba y lágrimas en los ojos se adentraron con mucho sigilo en la caverna. A medio camino se encontraron con las cuatro hienas muertas y aquello les sorprendió. Entonces escucharon sollozar a los niños en lo alto de la roca, levantaron la cabeza, aguzaron la vista en la oscura penumbra del fondo del habitáculo y allí estaba toda su familia. 

-¿Estáis todos bien? - les preguntó Say con voz temblorosa.

-Sí, gracias a Nunlay estamos todos vivos. - le respondió la matriarca.

Aquella noche celebraron una gran fiesta alrededor de la hoguera mientras la carne del ciervo se asaba sobre las brasas. Tzah se pintó el rostro con arcilla amarilla y el contorno de los ojos y los labios con arcilla roja, rodeó su cuello con un collar de piedrecillas de colores, recogió su amplia cabellera negra con un turbante de piel de conejo y cubrió sus hombros con una piel de hiena manchada, tal como le había contado su abuela Aileh que se vestían y maquillaban los drimish. Entonces cantó viejas canciones de los kartzams acompañándose con su sencillo instrumento de madera y bailó alrededor de la hoguera contoneándose lascivamente, hasta que de pronto se paró ante su gran amor, el aguerrido jefe de los cazadores Say, le rodeó la cabeza con las dos manos y le dio un dulce y largo beso en la frente para que todos supieran que seguían amándose. Nelut se emocionó y se le humedecieron los ojos. La hacía inmensamente feliz que su hermano también lo fuera. 

Cuando la carne estuvo asada, todos esperaron a que la matriarca diera su permiso para comer. Ella entonces hizo levantar a Nunlay, buscó con la vista los testículos del ciervo, los agarró de encima de las brasas, los puso sobre una piedra plana a modo de plato y se los dio a la que les había salvado de morir devorados por las hienas. Tanto para los kartzams como para los hummolts eran un manjar exquisito.

-Tu te los mereces más que yo, Nelut. Te enfrentaste sola a las fieras. Toma uno de los testículos.

-Gracias, Nunlay. - le agradeció la matriarca. 
 
Las dos mujeres se miraron a los ojos y se sonrieron con cariño. Ambas ignoraban que en realidad eran hermanastras, hijas del mismo padre hummolt.  

-¡Comed! - gritó entonces la jefa del clan.

Desde aquel día Tzah decidió quedarse con las mujeres y los niños, como hizo su tío-bisabuelo drimish Nishtam, para protegerlos de los numerosos peligros de aquel mundo tan hostil. Gotz, el primogénito de Nelut, que había cumplido ya diez primaveras, le sustituyó y empezó a salir de caza con su padre Say y su tío Laram.


DUODÉCIMO CAPÍTULO


Acababa de empezar el invierno y aquella madrugada hacía un frío espantoso en el valle de las encinas. El día anterior los cazadores no habían conseguido apresar ningún animal y la matriarca Nelut había tenido que recurrir a las escasas reservas de bellotas y tubérculos para alimentar a todos los miembros del clan. Acostumbrados a comer carne fresca cada día, aquellos alimentos vegetales resecos y algo rancios no saciaban su hambre. 

Tzah había dado la mitad de su ración a su sobrino Tariuk. Le aterraba la idea de que pudiera morir de hambre. El niño tenía sólo cuatro primaveras y aborrecía masticar las duras bellotas rancias. Así que su tío las masticaba para él hasta convertirlas en papilla y luego se las metía en su boquita de boca a boca. Su madre Nelut se había visto forzada a destetarlo al perder la leche a causa del miedo atroz que había pasado con el ataque de las hienas. Aquel cambio tan brusco y drástico en su alimentación hizo peligrar la vida del niño. Tanto Nelut como su hermano tuvieron que ingeniárselas de mil maneras para que el pequeño aceptase comer carne y bellotas. En pocas semanas adelgazó tanto que se quedó en los huesos. Al final la solución la encontró Tzah. El pequeño Tariuk adoraba a su tío drimish. Era el único que conseguía hacerle comer y sólo si le daba el alimento previamente masticado por él. 

Aquella madrugada de invierno Tariuk y sus cuatro hermanas se despertaron sollozando. Tenían hambre, mucha hambre. Las pocas bellotas rancias que habían sido su cena no eran suficientes para soportar el frío intenso que asolaba la vasta península sureña donde vivían. Había nevado copiosamente y soplaba un viento glacial del norte que helaba la sangre.

Say no había podido conciliar el sueño en toda la noche, no por el frío, pues dormía abrazado a su drimish bajo una cálida y confortable manta de piel de oso de las cavernas, sino por la angustia de ver pasar hambre a sus hijos. Los quería con toda el alma y como jefe de los cazadores se sentía responsable de su alimentación y de la del resto de miembros del clan.

- Tzah, hoy debes salir de caza con nosotros. Cuantos más seamos más posibilidades tendremos de apresar a algún animal. - le susurró a su drimish.

- De acuerdo, Say. Iré con vosotros. Tenemos que conseguir carne como sea o moriremos todos de hambre. - le contestó con un nudo en la garganta. 

Say despertó a Laram y al pequeño Gotz, su primogénito, y los tres hombres y el niño se calzaron sus gruesas y cálidas botas de piel de oso, que les cubrían hasta las rodillas y les mantenían los pies calientes y secos a pesar de andar todo el día sobre la nieve, se encajaron sobre la cabeza un gorro de piel de lobo que les protegía las orejas de la congelación, cubrieron sus hombros con sus capas de piel de oso, a excepción de Tzah que como drimish llevaba siempre una gran piel de hiena manchada y salieron de la cueva dispuestos a no volver sin algo de carne.

Anduvieron horas y horas sin avistar ningún animal. Su angustia iba en aumento a medida que pasaba el tiempo. Hacía un frío espantoso y soplaba un viento lancinante que les helaba las manos. De pronto, a lo lejos, sobre la nieve, Tzah creyó ver una pequeña mancha negra que se movía. Con mucho sigilo se fueron acercando hasta llegar a un gran lentisco a sólo unos pasos de lo que creían que era un animal. Allí, a contraviento para que su olor humano no les delatase, se asomaron por entre las ramas del arbusto y su asombro fue mayúsculo. La mancha negra era una joven hembra kartzam que estaba cortando trozos de carne congelada con un cuchillo de sílex del cadáver de un bisonte cubierto por la nieve, que había muerto de viejo. 

- Mujer, ¿eres una kartzam? - le preguntó Say con tono amable para que no se asustase.

La joven salió corriendo aterrorizada. No había entendido el dialecto que hablaban los miembros del clan del valle de la encinas y creyó que iban a raptarla y violarla. A los pocos pasos tropezó con un tronco caído que no había visto por la nieve y Tzah la alcanzó y se le echó encima. La mujer se defendía como una fiera. Say y Laram ayudaron al drimish a sujetarla y entonces ella les gritó algo que ellos pudieron entender. Eran las mismas palabras del idioma kartzam que todos hablaban en la península sureña pero pronunciadas con las vocales más cerradas. 

- ¡No me violéis, estoy embarazada! - les suplicó.

- ¡No vamos a violarte, tranquila!  - le aseguró Tzah con tono afable mirándola a los ojos.

Entonces ella, al comprender que era un drimish por su voz afeminada, se tranquilizó y dejó de luchar. 

- ¿Dónde está tu cueva? - le preguntaron tras ayudarla a levantarse.

- Aquí cerca, tras aquellos árboles. - les respondió señalando con el dedo hacia un bosquete de encinas.

- ¿Vives sola?

- Sí, todos los miembros de mi clan murieron por unas fiebres hace más de dos lunas. 

- Entonces ven con nosotros. Aquí no podrás sobrevivir sin ningún macho que te proteja, y a nosotros nos hacen mucha falta hembras jóvenes, fuertes y valientes como tú. 

Con sus hachas de sílex los cazadores cortaron las cuatro patas del bisonte, se las cargaron sobre los hombros y emprendieron el viaje de vuelta al valle de la encinas. Estaban felices, por fin podrían comer carne durante al menos una semana. Al hacer tanto frío no se corrompía y podían guardarla cubierta de nieve durante muchos días. 

Tzah llevaba a la mujer cogida de la mano. Su abultado vientre encinta hacía penosa su marcha y respiraba fatigosamente, pero era muy fuerte y su destino era sobrevivir, no sólo a la epidemia que había diezmado a su clan, sino a todos los avatares que iba a depararle la larga vida que tenía por delante. Tendría unas veinte primaveras.

- ¿Cómo te llamas? - le preguntó el drimish con su voz afeminada que tranquilizaba a la mujer.

- Yo soy Yunmá, la hija de las tinieblas. Mi madre me echó al mundo en una oscura noche sin luna. ¿Y tú?

- Yo soy Tzah, el hijo del viento. Mi madre me parió un día que soplaba un violento huracán.

- Eres drimish, ¿verdad? - le preguntó aún a sabiendas de que lo era.

- Sí, lo soy. - le contestó Tzah escuetamente.

- El hermano de mi padre era el drimish de mi clan. Me quería  más que a su vida y un día se dejó matar por un león de las cavernas para que yo pudiera salvar la mía. Se llamaba Naunei.

- Debía ser muy bueno y valiente.

- Lo era. Te lo aseguro.

Ambos se miraron a los ojos y se regalaron una amplia sonrisa. Se sentían muy cercanos, muy cómodos, como si sus destinos estuvieran unidos desde siempre por un hilo invisible. Aquel iba a ser el principio de una gran amistad entre aquella muchacha bendecida por los astros y el dulce drimish del clan del valle de las encinas.


DÉCIMO TERCER CAPÍTULO


Las tres mujeres del clan recibieron a Yunmá con los brazos abiertos y se alegraron sobremanera de que estuviera embarazada. Así entraba sangre nueva y se evitaba la temida endogamia con las nefastas consecuencias que llevaba aparejada.

Sólo tres días después Yunmá entró de parto nada más despertar por la mañana. Era primeriza y además kartzam, por lo que debería sufrir mucho para parir a su primogénito. Sus estrechas caderas la obligaron a empujar con todas sus fuerzas durante horas y horas para lograr que la gran cabeza del feto pasase por el angosto canal del parto. En la madrugada del día siguiente consiguió por fin dar a luz a un varón lleno de vida. Nelut le cortó el cordón umbilical con un afilado cuchillo de sílex y Nunlay lo rodeó con una cálida piel de lobezno para protegerlo del frío. Al verlo tan hermoso no pudo resistir la tentación de abrazarlo. 

- Tu serás el macho de mi niña. - le dijo, mientras el recién nacido berreaba a pleno pulmón.

- Jajaja, no corras tanto, Nunlay. Recuerda que yo tengo cuatro hijas. Tal vez alguna de ellas se encariñe con este pequeñín y se lo quite a tu niña. - le dijo divertida la matriarca.

- Bueno, también puede tener dos hembras como las tiene mi macho Laram. - le aseguró la gemela.

- O tres, o cuatro, o cinco, jajaja. La verdad es que podrá elegir entre cinco hembras. 

- ¿Acabo de parirlo y ya os lo repartís? - les echó en cara la parturienta haciéndose la enfadada aunque en el fondo estaba rebosante de felicidad. Acababa de expulsar la placenta y el tormento del parto había terminado. Había valido la pena tanto sufrimiento.

Nunlay le entregó a su hijo. Yunmá lo puso en su regazo, lo destapó un poquito para verlo mejor y se emocionó al comprobar que era un bebé sano y lleno de vida. "Le llamaré Amahú, el deseado por las hembras." - dijo con lágrimas en los ojos mientras besaba la frente del pequeñín. Amahú había nacido con hambre y no paraba de hacer ademanes buscando el pezón. Como su madre, él también había venido al mundo bendecido por los astros. Su destino era sobrevivir. Alcanzaría una avanzada edad y tras su muerte dejaría una numerosa descendencia.

Tzah había escuchado toda la conversación carcajeándose divertido sentado sobre una piedra. Los hombres-mujer tenían licencia para presenciar los partos y ayudar en lo que fuera preciso. Eran considerados como un enlace entre el mundo de los hombres y el mundo de las mujeres.

- ¿Y si resulta ser un drimish? - les dijo en broma a Nelut y Nunlay para mofarse de sus pretensiones. 

A las dos aludidas no les hizo ninguna gracia aquella posibilidad. En el clan escaseaban los varones y Amahú era mucho más necesario como macho que como drimish.

- Si su corazón ama a los hombres yo me alegraré de haberle dado la vida. - sentenció muy seria Yunmá, recordando emocionada a su añorado tío Naunei. 

Pasaron tres primaveras, durante las cuales Amahú creció sano y robusto con la abundante leche de su madre. Ninguno de los machos adultos molestó a Yunmá. Habían decidido en secreto que con el tiempo se convirtiera en la hembra del pequeño Gotz, el primogénito de Say y Nelut, y esperaban que creciera para animarle a emparejarse con ella. 

No hizo falta que se lo propusieran. El ya adolescente con sólo trece primaveras había madurado precozmente y heredado la fogosidad de su padre. La sangre le hervía en las venas y empezó a mirar a Yunmá con deseo. Ella se dio cuenta enseguida y sonrió para si misma. "Bueno, mejor yacer con este chiquillo que dormir sola. Tampoco está tan mal. Es tan guapo como su padre." - pensó divertida. 

Unos días después, aprovechando que el muchacho la miraba con descaro, la joven mujer diez años mayor que él se le encaró.

- ¿Quieres ser mi macho? - le propuso sin rodeos.

Gotz se sonrojó visiblemente y no supo qué contestar. Bajó la cabeza y tragó saliva. Yunmá le gustaba mucho, muchísimo, desde hacía más de un año. Cada noche soñaba con ella y no podía evitar masturbarse tan grande era su deseo. Al cabo de unos segundos inspiró profundamente, se revistió de coraje, miró a su amada a los ojos y le sonrió con timidez. 

- Sí. - le contestó sin ambages. 

- ¡Ven! - le dijo Yunmá cogiéndole de la mano. 

En la profundidad del encinar Gotz se hizo hombre en brazos de la experimentada mujer. Para ambos fue un primer encuentro muy bonito que jamás olvidarían. Una hora más tarde volvieron a la caverna cogidos de la mano. Say y Nelut comprendieron enseguida, se miraron a los ojos y se sonrieron. 

Aquella noche, mientras esperaban que la carne se asase sobre las brasas, la matriarca y madre de Gotz hizo oficial el emparejamiento embadurnándoles a ambos la frente con arcilla blanca y el resto del rostro con arcilla amarilla.

DÉCIMO CUARTO CAPÍTULO


Tras un verano más bien fresco vino un otoño con abundantes nevadas y un persistente viento del norte que obligó a los miembros del clan del valle de las encinas a permanecer en el interior de la caverna durante todo el día. Incluso tuvieron que renunciar a la gran hoguera que protegía la entrada de su hogar y encendieron una fogata en la parte más ancha del interior de la cueva para poder soportar el frío. La luz de las llamas les servía para ver lo que tenían alrededor y así economizaban las valiosas antorchas de tea de pino. Sólo los cazadores se aventuraban a salir cuando el glacial viento amainaba para abastecer de carne al clan. 

Los más ancianos, el jefe de los cazadores Say y la matriarca Nelut, que rondaban la avanzada edad de treinta y cinco primaveras, nunca antes habían vivido un otoño tan gélido. "¿Nos habrán abandonado los espíritus de nuestros antepasados?" - se preguntaban angustiados. 

Llevaban ya tres días sin comer carne y las reservas de tubérculos, bellotas, nueces y avellanas se estaban agotando. Se hacía preciso salir de caza a pesar del mal tiempo o el hambre les mataría a todos. 

Durante las largas jornadas en el interior de la caverna Yunmá aprovechaba el tiempo para enseñar a Nelut y a las gemelas a confeccionar largos calzones y cálidos chalecos con pieles de ciervo, lobo y rebeco. Ella había aprendido esta habilidad de su difunta madre, que procedía de un lejano clan que habitaba mucho más al norte. Allí los inviernos eran bastante más crudos y para sobrevivir habían tenido que ingeniárselas para añadir mangas y perneras a sus vestimentas. Yunmá era muy habilidosa. Había fabricado varias agujas con los huesos de las patas de un lince, rascándolos durante horas sobre una roca hasta dejarlos muy finos y puntiagudos y luego les había practicado un agujero en su extremo romo con la ayuda de una afilada punta de sílex. Obtenía el hilo para coser de los fibrosos tendones de las patas de los bisontes. Tomaba las medidas a ojo a cada uno de los miembros del clan y luego con la ayuda de un cuchillo de sílex cortaba las pieles en diferentes trozos, que a continuación unía cosiéndolos entre sí hasta obtener un chaleco o un calzón. También les enseñó a confeccionar gorros de piel de lobo mucho mejores que los que ellas ya sabían hacer. 

Aquella mañana, pues, movidos por el llanto de los niños que pedían comida y por su propia hambre y la de las mujeres, los cazadores Say, Laram y Gotz acompañados por el drimish Tzah, que era tan buen cazador como ellos, se vistieron con las cálidas prendas de piel confeccionadas por las mujeres, se calzaron sus altas botas, se encajaron sus gorros y se cubrieron los hombros con sus capas de piel de oso y hiena y salieron de la caverna dispuestos a no volver sin algún animal.

A los pocos segundos sus mostachos, barbas, cejas y pestañas se tiñeron de blanco por los cristales de hielo. La ventisca levantaba la nieve y les impedía ver a más de cuatro pasos de distancia. Jamás habían soportado tanto frío. A pesar de las gruesas y cálidas vestimentas el fuerte viento glacial conseguía atravesarlas y les helaba la sangre. El miedo a morir y la tentación de volver atrás eran casi tan poderosos como su voluntad, pero los cuatro eran muy valientes y siguieron adelante. 

Cuando se adentraron en la espesura del bosque de encinas, el viento aminoró su fuerza y el frío se hizo más soportable. Anduvieron durante horas sin avistar ningún animal. El desánimo se estaba apoderando de ellos y a sus mentes sólo acudían pensamientos de fracaso y desesperanza. Tendrían que volver con las manos vacías y los niños y mujeres morirían de hambre. 

Bajo la tupida y penumbrosa copa de una gran encina, retiraron con las manos la nieve que cubría una roca que estaba revestida de musgo y se sentaron encima para descansar. De pronto el adolescente Gotz notó que sus posaderas estaban resbalando, puso las manos sobre la roca para subir un poco y sentarse mejor y al sentir la aspereza del musgo entre sus dedos hizo una mueca de extrañeza, arrancó un poco de aquel supuesto vegetal, se miró las manos y exclamó: "¡Son pelos de rinoceronte!"

Los cuatro saltaron al unísono como si tuvieran fuego bajo las nalgas, se dieron la vuelta hacia aquel enorme bulto cubierto de nieve y ante su asombro comprobaron que efectivamente Gotz tenía razón. Era un gigantesco rinoceronte lanudo que había sido abatido el día anterior por una manada de leones de las cavernas, los cuales, tras alimentarse de su enorme hígado, su bazo, su corazón y sus pulmones, habían dejado el resto del animal sobre la nieve. 

Casi les saltaron las lágrimas de pura alegría por la suerte que habían tenido. De súbito dejaron de sentir el frío, el corazón latió con fuerza en su pecho y los músculos se les desentumecieron. Por fin tenían algo que llevar a la cueva. Empuñaron sus hachas de sílex y tras mucho esfuerzo consiguieron descoyuntar los huesos de las caderas y cortar las enormes patas traseras del animal. Cada una de ellas pesaba más que tres cazadores juntos. Intentaron levantarlas para llevarlas entre dos, pero no pudieron. El desánimo se apoderó de ellos y tristes y abatidos se sentaron sobre las patas del rinoceronte. 

Discutieron un buen rato sobre la manera de llevarlas hasta la caverna, pero no hallaban ninguna solución, hasta que por fin a Say se le iluminó el rostro, metió la mano en su talega y sacó dos largas y resistentes cuerdas de fibras de corteza hábilmente trenzadas. Con gestos y palabras les explicó su idea y todos estuvieron de acuerdo. Ataron una cuerda a una pata por detrás de la pezuña y probaron de tirar de ella, pero al hacerlo la vuelta de la cuerda se deslizaba por los dedos del animal y se salía. Por segunda vez se sintieron impotentes ante el enorme reto de trasladar aquellas dos moles de carne hasta su hogar.

Se volvieron a sentar sobre las patas del rinoceronte e intentaron buscar otra solución. De pronto el joven Gotz tuvo una idea, se la explicó a los demás cazadores y a los tres se les antojó brillante. Con una afilada hoja de sílex perforaron la piel y la carne de cada pata por encima de los dedos de la pezuña, metieron un palo para mantener el corte abierto, introdujeron un cabo de la cuerda por el agujero, lo sacaron por el otro lado e igualaron la longitud de los dos cabos. Cada hombre tiraría de uno de ellos y así entre los cuatro podrían arrastrar las dos enormes patas deslizándolas sobre la nieve. 

A puesta de sol y sudando copiosamente por el gran esfuerzo a pesar del frío, consiguieron llegar a su hogar. Ante la entrada de la caverna llamaron a las mujeres y entre los ocho arrastraron las dos pesadas piezas de carne hasta el interior. Los cuatro cazadores estaban exhaustos y se echaron a descansar sobre las grandes pieles de oso que eran sus lechos. Mientras tanto las hábiles mujeres cortaron la gruesa piel de una de las patas del animal a la altura de las articulaciones, descoyuntaron los huesos y la trocearon en porciones más manejables. Avivaron entonces el fuego de la fogata que calentaba el habitáculo y cuando tuvieron las brasas a punto echaron encima la mitad de la carne que habían troceado y le fueron dando la vuelta para asarla uniformemente. Enseguida el aire se llenó del maravilloso aroma de la tan ansiada comida y los estómagos de todos los miembros del clan rugieron en sus vientres. Estaban hambrientos y se sentían desfallecer. 

La matriarca no les hizo esperar y en cuanto creyó que la carne ya estaba en su punto exclamó: "¡Comed cuanto queráis!"

La correosa piel del perisodáctilo se había requemado y resultaba fácil separarla de la grasa y la carne. Al cabo de media hora ya no quedaban más que los huesos. Las mujeres entonces los volvieron a echar sobre las brasas, les dieron la vuelta un par de veces, los sacaron del fuego y los golpearon con grandes piedras para partirlos y llegar así al delicioso tuétano que era una exquisitez para los kartzams. 

Cuando estuvieron ahítos, las mujeres salieron de la cueva, recogieron nieve sobre dos grandes pieles y con ella cubrieron la mitad de la pata que les había sobrado y la otra que seguía entera, para que se conservasen durante varios días sin corromperse. Cuando terminaron, los cuatro hombres y los niños ya estaban roncando, resoplando y soñando felices. Por fin podían dormir en paz sin sentir los dolorosos retortijones del hambre.


DÉCIMO QUINTO CAPÍTULO


Al día siguiente se despertaron todos de muy buen humor. Añadieron leña a la fogata para reavivar el fuego, echaron sobre las brasas parte de la carne y desayunaron tranquilamente sin el ansia de la tarde anterior. Mientras masticaban y saboreaban aquella deliciosa y jugosa pata de rinoceronte lanudo, las mujeres y los niños miraban a los ojos a los cuatro cazadores, dándoles las gracias por el alimento a su manera, sin palabras, en silencio. 

Say seguía queriendo, aunque ya sin pasión, a la que había sido su hembra y le había dado seis hijos, la ahora matriarca Nelut. Gracias a ella ahora era feliz emparejado con Tzah, el drimish del clan. Laram también era feliz compartiendo su lecho con las fogosas gemelas hummolt y el joven Gotz, con sólo catorce primaveras, ya había fecundado a su hembra Yunmá y sería padre en primavera. Los ocho niños del clan crecían a buen ritmo sin demasiados sobresaltos y la paz y la felicidad reinaban en el valle de las encinas.


Tras el contundente desayuno los dieciséis miembros del clan estuvieron unas horas platicando animadamente y bromeando con los niños, hasta que de pronto sintieron la curiosidad de asomarse al exterior y comprobaron con tristeza que la ventisca continuaba soplando con la misma intensidad que el día anterior. De momento tenían carne para una semana y pensaron con alivio que tal vez para entonces ya habría terminado el mal tiempo. Cuando se disponían a retornar al calor y la seguridad de la caverna, el fino oído de veterano cazador de Say percibió lo que parecía un llanto humano que procedía del cercano bosque. 

- ¡Tzah, Laram, venid conmigo! - les ordenó en voz baja señalando con la vista hacia el origen del extraño ruido.

- ¡Esperad! Antes de salir debéis coger las armas y vestiros adecuadamente. - les advirtió la prudente matriarca.

Unos minutos más tarde los tres hombres se adentraban en el encinar encarando el lancinante viento y el bombardeo de los grandes copos de nieve que les martilleaban la cara y el gorro de piel de lobo. El frío era espantoso y no conseguían ver nada a más de cuatro pasos. Volvieron a escuchar el llanto que esta vez se les antojó más lastimoso, semejante a un lamento. Lo que más les sorprendió fue que parecía de hombre. Unos diez pasos más adelante apareció ante sus ojos un extraño bulto gris cubierto de nieve.

- ¿Sois kartzams? - preguntó Say, tras dudar unos segundos.

- Sí, lo somos. - le respondió una voz grave de varón con un acento algo diferente al de los habitantes del valle pero perfectamente comprensible para ellos.

Los tres hombres se aproximaron al extraño bulto y comprobaron con sorpresa que se trataba de toda una familia cubierta con una gran piel de oso de las cavernas a modo de paraguas. La sostenía con sus fuertes brazos un hombre corpulento de pelo y barba rojizos, piel clara y unos llamativos ojos verdiazules humedecidos por las lágrimas. Sin duda se trataba de un mestizo entre kartzam y hummolt, como la misma Nelut. 

- ¿Necesitáis ayuda? - le preguntó Say con voz afable, mirándole a los ojos.

- Sí, estamos perdidos y mis hijos se están muriendo de hambre y frío. - le contestó con voz temblorosa y un nudo en la garganta. 

A sus pies se veían dos mujeres kartzams arrodilladas sobre la nieve sosteniendo en su regazo cada una de ellas a un bebé de pocas lunas. Tendido en el suelo entre las piernas del que supusieron que era su padre había un niño de unas cuatro primaveras que estaba agonizando. Sólo su débil aliento que se condensaba por el frío revelaba que todavía respiraba.  

-Venid con nosotros. Nuestra cueva está aquí cerca. - le propuso diligente y hospitalario el jefe de los cazadores. 

Say se apresuró a coger en brazos al niño agonizante y corrió hacia la caverna con la esperanza de reanimarlo con el calor de la fogata. Tzah y Laram ayudaron a las mujeres a ponerse en pie y seguidos por el hombre mestizo, que llevaba el nombre hummolt de Iriat, se adentraron en la caverna. 

- Nelut, hemos encontrado una familia de kartzams perdida en el bosque. Este niño está agonizando por el hambre y el frío. Debemos calentarlo enseguida o morirá. - le dijo poniéndoselo en los brazos.  

La matriarca lo acostó sobre una cálida piel de lobo a unos palmos de la fogata y le masajeó enérgicamente las manitas, los brazos y las piernas para que entrase en calor, pero el pequeño ya había fallecido. Nelut levantó la cabeza entristecida, buscó con sus ojos los de la que supuso que era la madre del niño y movió la cabeza apesadumbrada. La siempre sorprendente Yunmá, que sin duda atesoraba una gran sabiduría, se arrodilló presurosa al lado de Nelut y, ante el asombro de todos, inspiró una gran bocanada de aire, puso su boca sobre la del niño y se lo insufló con todas sus fuerzas, y así una y otra vez hasta que de pronto el que parecía muerto emitió un casi inaudible quejido y empezó a tiritar. Parecía querer llorar pero no tenía fuerzas para hacerlo.

Su madre, con su benjamín en brazos, había observado angustiada y en silencio las extrañas maniobras de reanimación de Yunmá y cuando vio que su hijo mayor revivía, enloqueció de alegría, puso su bebé en brazos de Ritzah, se arrodilló junto a Yunmá y besó a su primogénito llorando ruidosamente. Luego posó su mano derecha sobre la cabeza de la salvadora de su hijo en señal de agradecimiento y ya más serena levantó los brazos hacia el techo de la cueva. "¡Oh poderosos espíritus de los antepasados de los kartzams, que veláis por nosotros desde las estrellas, yo os doy las gracias por haber escuchado mis súplicas! - exclamó con voz temblorosa. El corpulento Iriat, que sin duda era su macho y el padre del niño, se arrodilló a continuación a su lado, cogió a su hijo en brazos, lo levantó por encima de su cabeza y cerrando los ojos exclamó: "¡Oh poderosos espíritus de mis antepasados hummolt, que habitáis eternamente en los troncos de los árboles del bosque velando por nosotros, yo os doy las gracias por haber devuelto la vida a mi hijo Guntzé!"

Unos minutos más tarde los dieciséis miembros del clan del valle de las encinas y sus seis nuevos amigos celebraban una gran fiesta de bienvenida sentados alrededor de la fogata. Los recién llegados estaban hambrientos y se sentían desfallecer. Nelut no les hizo esperar y les ofreció las primeras porciones de carne de rinoceronte nada más asarse. El pequeño Guntzé estaba recostado entre las piernas de su corpulento padre. Seguía bastante aturdido, pero ya no temblaba. Miraba la carne con ojos famélicos y en cuanto Iriat le puso un trozo en la mano lo devoró con desespero. Luego, ya reanimado, les observó a todos con curiosidad uno a uno y les regaló una dulce sonrisa. Un día se convertiría en un hombre tan fuerte y corpulento como su padre, mezclaría su sangre híbrida con una de las hijas de Say y Nelut y sería nombrado jefe de los cazadores por la matriarca. Tenía una larga vida por delante. 


DÉCIMO SEXTO CAPÍTULO

 
Aquel invierno de pesadilla había obligado a Iriat a emigrar hacia el sur con su familia. Su caverna se encontraba a diez jornadas de camino hacia el norte en un lugar muy montañoso donde no llegaba la cálida influencia del mar como ocurría en el valle de las encinas. Iriat tenía que cazar solo y en aquellas condiciones tan adversas le resultaba muy difícil conseguir alguna pieza.

Tres primaveras atrás había tenido que abandonar su clan por haberse enfrentado a la vieja matriarca, que odiaba a los mestizos por llevar sangre hummolt. Tres hermanas de la anciana y dos de sus primos, a los que ella adoraba, habían sido raptados cuando eran sólo chiquillos por los temibles hombres blancos del bosque, que andaban escasos de mujeres jóvenes y atacaron al clan de kartzams para abastecerse de niñas. Al ir vestidos de la misma manera con gruesas pieles por ser invierno, creyeron que los dos varones, de sólo cuatro primaveras, eran también hembras y se los llevaron a su caverna. Cuando se dieron cuenta de su verdadero sexo, sus mujeres ya se habían encariñado con los dos pequeños, que eran mellizos y les defendieron como leonas para que no los matasen. Con el tiempo acabaron siendo aceptados por los machos y se convirtieron en dos cazadores más. Tuvieron hijos con dos hembras hummolt y con alguna de las hijas mestizas de sus primas y a su muerte dejaron una numerosa descendencia híbrida. La matriarca, pues, llevaba el doloroso recuerdo del secuestro de sus hermanas y sus primos tan metido en el alma que aborrecía todo lo que le recordaba a los hummolts. Ella ignoraba que el mestizo que tanto odiaba era en realidad el bisnieto de la mayor de sus hermanas.

Iriat había sobrevivido al ataque de una manada de diez leones de las cavernas cuando era sólo un chiquillo que rondaba las trece primaveras. Las fieras habían entrado en su cueva de madrugada estando él ausente. Unos pocos minutos antes había salido a buscar agua a un riachuelo cercano para saciar la sed de varios miembros de su clan, la mayoría de ellos mestizos, que habían enfermado de unas fiebres extrañas. Cuando volvía con un pellejo de corzo lleno a rebosar de agua, vio a lo lejos a las gigantescas bestias que salían de su cueva con el hocico ensangrentado, ahítas de carne humana tras devorar a todos los miembros del clan, y un escalofrío recorrió su espinazo. Con lágrimas en los ojos y un nudo en la garganta que le ahogaba entró en la caverna y se encontró con el macabro espectáculo. Al reconocer la cabeza de su madre, que los leones habían despreciado devorando el resto de su cuerpo, lanzó un espantoso alarido de pena que hizo temblar las paredes de la gruta y salió corriendo llorando desesperado. 

Anduvo perdido por el bosque varios días vagando sin rumbo y alimentándose de hierbas y frutos silvestres, huevos de pájaros y alguna culebrilla cruda hasta que cayó enfermo víctima de las mismas fiebres que habían afectado a los miembros de su clan. Las piernas le flaquearon, perdió el conocimiento y quedó tendido en el suelo bajo la copa de una vieja encina. A ratos despertaba, abría los ojos y veía un enorme búho real que le miraba con sus grandes ojos anaranjados y creía estar soñando con los espíritus del bosque. El ave tenía su nido allí mismo sobre el tronco del imponente árbol. 

Al día siguiente por la tarde seguía echado sobre la mullida hojarasca que cubría el suelo. Había intentado levantarse varias veces, pero no había podido. Estaba sumido en un estado estuporoso cercano al coma. Tras casi dos días sin comer ni beber, ardiendo de fiebre y a merced de las feroces alimañas que abundaban en el bosque debería estar ya muerto, pero su fortaleza híbrida y su destino le mantenían con vida. 

Los espíritus de sus antepasados kartzams y hummolts se apiadaron de él, unieron sus voluntades y sus poderes y llevaron hacia la vetusta encina a un grupo de cazadores kartzams que volvían a su caverna cargados con dos grandes ciervos. Al ver al chiquillo inconsciente y tendido en el suelo no dudaron en socorrerle, y uno de los hombres lo llevó en brazos hasta la cueva. La hechicera del clan, de nombre Uhuha, preparó un brebaje con hierbas, raíces y cortezas y se lo dio a beber a pequeños sorbos, que el chiquillo tragaba de una manera automática al sentir el líquido en la boca, como si de saliva se tratase. 

En la madrugada del día siguiente abrió los ojos ya sin fiebre y se encontró ante él con el rostro de la hechicera. Sus grandes ojos de lechuza maquillados con carbonilla negra de saúco le asustaron y quiso levantarse para huir, pero la anciana puso su poderosa mano sobre su pecho, le miró fijamente a los ojos en silencio y el pequeño Iriat sintió de pronto una gran paz y dejó de temerla. Desde aquel día se pegó a la vieja mujer como si fuera su madre, hasta el punto de llamarla por este nombre y dormir a su lado bajo la misma manta de piel de buey almizclero. Uhuha se encariñó con él y le ayudó a adaptarse a su nueva familia de kartzams, enseñándole su lengua y sus costumbres. Iriat no había conocido a su bisabuela kartzam y sólo hablaba el gutural idioma de los hummolts. 

Unas pocas primaveras después se había convertido en un joven alto, fuerte y fornido, de una extraña belleza híbrida que impresionaba a las hembras. Uhuha le emparejó entonces con una de sus nietas para que pudiera descargar su virilidad y al cabo de nueve lunas nació el pequeño Guntzé.

Pasó otra primavera y en la vida de Iriat seguía reinando la paz, hasta que una fría noche de invierno la poderosa hechicera, su madre adoptiva, falleció mientras dormía y entonces, al perder a su protectora, el mestizo quedó a merced de la matriarca, que dio rienda suelta a su odio contra todo lo que le recordaba a los hummolts y un día le provocó adrede para que entrase en cólera. 

- Los hummolts apestan a hiena, no comprendo como puedes yacer con tu macho. - le dijo a la nieta de Uhuha, su hembra, de nombre Hyppa, procurando que él la oyese. 

Iriat entró en cólera ante aquella calumnia tan ofensiva y estuvo a punto de abalanzarse sobre la anciana para agredirla, pero por suerte se contuvo a tiempo. De no haberlo hecho, habría sido ajusticiado sin piedad por los demás machos. Los kartzams defendían a la matriarca con su vida. Para ellos era un ser sagrado. Temblando de rabia, impotencia e indignación bajó la cabeza, tragó saliva, se le llenaron los ojos de lágrimas e hizo ademán de marcharse hacia el interior de la cueva.

- ¡Recoge tus armas y vete! - le ordenó la malvada matriarca, sin saber que estaba echando a su sobrino-bisnieto. 

Él acató la orden sin replicar. Entró en la caverna acompañado por su hembra que llevaba en brazos al pequeño Guntzé, cogió su manta de oso de las cavernas que calentaba sus noches, su hacha de sílex, su lanza de cuerna de ciervo, su talega con una piedra de pedernal y yesca de hongo negro para encender fuego y un par de cuchillos de sílex y emprendió el camino del exilio con su familia. Cuando se adentraban en la espesura del bosque, Frimet, la hermana gemela de su hembra, les esperaba escondida tras unas matas.

- ¿Puedo ir con vosotros? - les suplicó. 

La muchacha estaba perdidamente enamorada de Iriat. Su hermana lo sabía desde hacía tiempo, no era nada celosa y dejaba que yaciera con él en una gruta cercana a escondidas de su macho.

-  ¡Ven! - le contestó Hyppa, encantada de llevarse consigo a su gemela.

-  Su macho y los demás hombres me van a perseguir a muerte por arrebatarles a una hembra. Mejor que se quede. - le advirtió Iriat, que no quería tener más problemas con el clan.

- Caminaremos deprisa y para cuando se den cuenta ya estaremos muy lejos y no nos alcanzarán.  - le contestó su hembra, mirándole a los ojos con gesto suplicante.

- De acuerdo, que venga pues.

Al cabo de unas horas ya habían perdido de vista el valle que había sido su hogar. Ante sus ojos aparecieron unas montañas muy altas con las cimas cubiertas de nieve y sus laderas vestidas con  un tupido manto verde de encinas, robles y abetos y entonces Iriat exclamó: "¡Hemos llegado!"

Encontraron una gruta donde guarecerse y la convirtieron en su nueva morada. Allí las dos gemelas parieron a sus bebes al cabo de nueve lunas. Sus apacibles vidas parecían de ensueño, hasta que de súbito cambió el clima, vino una ola de frío glacial que lo cubrió todo con una gruesa capa de nieve, los animales de caza se esfumaron y no les quedó más remedio que emigrar hacia el sur en busca de tierras más cálidas. Fue entonces cuando se perdieron a causa de la ventisca y vagaron sin rumbo durante días, alimentándose de las pocas bellotas y avellanas que habían podido recolectar unos meses atrás. Cuando sus reservas se agotaron, el valiente Iriat se acobardó, perdió la esperanza y se echó a llorar de impotencia, mientras a sus pies, bajo el paraguas de piel de oso de las cavernas que sostenía con sus brazos, moría de hambre y frío su adorado hijo Guntzé. 

Los espíritus de sus antepasados hummolt y kartzam volvieron a apiadarse de él, unieron sus voluntades y sus poderes para salvar a su familia de una muerte segura y lanzaron hacia el fino oído de cazador de Say el llanto desesperado del fornido mestizo.  


DÉCIMO SÉPTIMO CAPÍTULO


Iriat nunca antes había visto a un drimish. Entre los hummolts no existían los hombres-mujer y en el clan de kartzams que lo acogió cuando era sólo un chiquillo tampoco los había. Con curiosidad casi infantil seguía con la vista a Tzah y sonreía en silencio. Le hacía mucha gracia su voz afeminada, su rostro maquillado con vivos colores, su barba recortada al mínimo con un cuchillo de sílex a fin de parecerse lo más posible a una hembra, sus gestos suaves carentes de la rudeza de los machos y sobretodo sus grandes ojos negros que le miraban con descaro llenos de deseo. Iriat era hermoso, muy hermoso. Su fornido cuerpo rebosaba virilidad y para un drimish era una tentación irresistible. 

Tzah amaba profundamente a Say y por nada del mundo le sustituiría por Iriat, pero yacer aunque sólo fuera una vez con aquel atractivo hombretón pelirrojo de fascinantes ojos verdiazules, piel blanca manchada de pecas, nariz poderosa, labios carnosos y voz profunda y varonil sería una experiencia tremendamente excitante.

Al día siguiente de la llegada del mestizo y su familia el temporal de frío y nieve amainó y el sol se atrevió a asomarse en el horizonte. La matriarca Nelut lo consideró un buen presagio y quiso ofrecer una gran fiesta de bienvenida a los recién llegados. Durante todo el día los miembros del clan, incluidos los niños, recogieron abundante leña seca en el bosque cercano y la amontonaron en el interior de la caverna. Y para tener a mano agua fresca con la que saciar la sed que les ocasionaría la opípara cena de asado de rinoceronte  de aquella noche, llenaron de nieve cuatro grandes pellejos de rebeco y los situaron cerca de la fogata para que se fuera derritiendo. A media tarde las mujeres despellejaron, deshuesaron y trocearon la carne de media pata del gigantesco perisodáctilo y la colocaron sobre una gran piedra ligeramente cóncava. Siguiendo las instrucciones de la siempre sorprendente Yunmá le echaron sal de roca, tomillo y romero y dejaron que se adobase durante varias horas hasta la puesta del sol. 

Yunmá se había criado en un clan formado por miembros de dos pequeños grupos de kartzams, que dos generaciones atrás habían decidido unirse para ser más fuertes y evitar la temida endogamia que amenazaba a los clanes pequeños con la extinción. No sólo habían unido sus fuerzas y su sangre, sino también sus conocimientos. Fue así como aprendieron unos de otros a condimentar la carne con sal de roca y hierbas para que supiera mejor, a pintar cazadores con sus armas y sus presas en las paredes del interior de la caverna para atraer la caza e invocar a los espíritus de sus antepasados, a confeccionar cálidas vestimentas con mangas y perneras para soportar mejor el frío glacial del invierno, a preparar bebedizos con hierbas, raíces y cortezas para sanar a los enfermos y otras muchas cosas útiles que hicieron sus vidas más cómodas y agradables y, en definitiva, les ayudaron a sobrevivir.

Como drimish, Tzah tenía la misión de amenizar la velada y se preparó concienzudamente para hacer un buen papel en una celebración tan especial. La habilidosa Yunmá, unos pocos días antes había recordado cómo su añorado tío drimish Naunei hacía sonar una flauta de hueso en las fiestas de su extinto clan y le había fabricado una muy bonita a Tzah, ahuecando un hueso de rebeco y practicándole tres agujeros con la ayuda de una dura punta de sílex a modo de barrena. Tras probarla muchas veces y retocarla para afinarla otras tantas, consideró que por fin sonaba bien y se la regaló a Tzah aquella misma mañana. 

Fue el mejor regalo que jamás le habían hecho. Con la flauta en las manos intentó hacerla sonar y al ver la hermosa música que salía de ella, se emocionó tanto que casi le saltaron las lágrimas. En el clan del valle del sol naciente donde se crió nadie conocía este maravilloso instrumento de hueso, sólo el de madera lleno de piedrecillas.

Tzah estuvo toda la tarde dando vueltas por el cercano encinar haciendo sonar la flauta, hasta que por fin logró componer una sencilla y hermosa melodía y la repitió muchas veces para memorizarla. Estaba tan fascinado con su nuevo instrumento que no sentía el frío. 

A puesta de sol entró en la caverna y le pidió a su hermana Nelut que le maquillase el rostro con arcilla amarilla y el contorno de los ojos y los labios con arcilla roja. A continuación rodeó su cuello con un collar de piedras de colores, se sujetó su negra cabellera con un turbante de piel de conejo y cubrió sus hombros con su vistosa piel de hiena manchada, como habían hecho siempre los drimish. Yunmá le observaba con cara risueña sin perder ningún detalle. De pronto se emocionó, sintió una puñalada en el corazón, se le humedecieron los ojos y recordó con nostalgia a su tío Naunei. Tzah se parecía tanto a él...

Cuando los últimos rayos del sol poniente se horizontalizaron y penetraron hasta lo más profundo de la caverna, Nelut supo que había llegado la hora de iniciar la fiesta y les llamó a todos alrededor de la fogata. Habían clavado tres antorchas de tea de pino encendidas en otros tantos agujeros de las paredes de la cueva y colocado un amplio círculo de piedras planas en el suelo alrededor del fuego. Sobre ellas se sentaron los adultos y los niños más mayores, salvo los bebés de las dos hembras de Iriat que sus madres sostenían en su regazo. 

Iriat, Say y Laram ayudaron a Yunmá a colocar sobre las brasas la gran piedra cóncava a modo de bandeja, que contenía la carne adobada de rinoceronte para que se asase. A los pocos minutos el aire del interior de la caverna se llenó con el delicioso aroma que desprendían aquellas viandas y los estómagos de los miembros de aquel abigarrado clan de kartzams, hummolts y mestizos rugieron famélicos en sus vientres. 

El rinoceronte adobado con hierbas aromáticas les supo a gloria y ya ahítos y de muy buen humor animaron a Tzah con palmadas a salir a amenizar la velada. El drimish empezó cantando la más antigua y sencilla de las canciones de los kartzams.

 Oh, oh, oh,
Gran Espíritu,
los kartzams te invocamos.
 Oh, oh, oh,
Gran Espíritu,
protege a nuestro clan.

El espectáculo que les ofreció a continuación se les antojó precioso, fascinante, mágico y repentinamente se sintieron inmersos en un sueño maravilloso que les llenó de felicidad. La sombra del drimish cantando antiguas canciones de los kartzams y bailando alrededor de la fogata se proyectaba multiplicada por tres sobre las paredes de la caverna por el efecto de las tres antorchas y parecía el baile de los espíritus de sus antepasados drimish que habían acudido a la fiesta a acompañar a Tzah. La hermosa música de la flauta y del instrumento de madera, que el hombre-mujer hacía sonar a la vez de forma acompasada, hacía todavía más emocionante la representación. La cueva tenía una sonoridad extraordinaria.

Esta vez Tzah no se contoneó lascivamente ni guiñó el ojo a los varones más apuestos para yacer con ellos como solían hacer los drimish. Iriat, sus dos hembras y el pequeño Guntzé le observaban boquiabiertos, casi en éxtasis, cautivados por la hermosura del espectáculo. Jamás habían presenciado nada parecido. De pronto Tzah se fijó en los ojos brillantes de su amado Say que le miraba fascinado y lleno de amor y sintió tanta ternura por él que se prometió a si mismo que jamás le sería infiel. Desde aquel día dejó de mirar con deseo a Iriat y se sintió feliz por su inmensa suerte de tener a su lado al más bueno y hermoso kartzam que jamás haya existido. 

Transcurrieron varias lunas y llegó por fin la tan ansiada primavera. El bosque se llenó de riachuelos juguetones que bajaban serpenteando y dando saltos desde las altas cimas cubiertas por la nieve, que se derretía poco a poco calentada por los rayos del sol; las yemas de los árboles se abrieron y cubrieron el dosel del bosque de un brillante y renovado manto verde; los pájaros regresaron piando felices desde el más cálido continente del sur y el valle de las encinas volvió a ser de nuevo un paraíso de ensueño lleno de vida. La ola de frío glacial que había durado más de siete años parecía haber llegado a su fin.

Iriat acompañaba a los hombres en su búsqueda diaria del sustento del clan. Era mucho mejor cazador que Say. Conocía ardides de caza tan sorprendentes y efectivos que el hasta entonces jefe de los cazadores reconoció su superioridad y le cedió con humildad y admiración el puesto de líder. Con Iriat ya no volvían a la caverna con las manos vacías. Siempre conseguían cazar alguna presa, aunque sólo fueran unas pocas culebras o un par de lagartos verdes. Con la sagacidad y el arrojo del valiente mestizo se atrevían incluso a abatir grandes presas como bisontes, caballos, bueyes almizcleros y rinocerontes lanudos y muy de tarde en tarde, sobretodo si por azar se topaban con ellos, osaban enfrentarse a gigantescos osos y leones de las cavernas y a manadas de lobos, perros rojos y hienas manchadas, más que por su carne por sus cálidas pieles que tanto necesitaban para soportar el frío del invierno. Por supuesto si tenían la suerte de encontrar un cadáver fresco de un animal a medio devorar abatido por las fieras, no se andaban con remilgos y se lo llevaban también para su hogar. La carne era alimento, sin importar quien la hubiera cazado.

Aquella mañana habían dado muerte a dos corzos con sus lanzas de cuerna de ciervo tras rodear y sorprender a una manada de estos pequeños ungulados. Say y Laram se los cargaron sobre sus hombros y al notar su peso pensaron que tenían ya suficiente carne para alimentar a los veintidós miembros del clan durante al menos dos días. 

En el camino de vuelta Iriat escuchó lo que creyó débiles gruñidos de un lobezno, se acercó a la fuente del ruido y se encontró con una camada de cachorros de unas tres semanas, que esperaban la vuelta de sus padres escondidos en la madriguera situada bajo un gran árbol caído. Enseguida le vino a la mente su hijo Guntzé y decidió coger una preciosa hembra albina para llevársela como un juguete para su hijo.

- ¡Guntzé, mira lo que te traigo! - le dijo dándole la cachorra, que todavía no había desarrollado el miedo al hombre y se mostraba mansa y confiada. Hacía sólo una semana que había abierto los ojos. 

- ¡Qué bonito es, padre! - exclamó el niño mirándole la carita a la lobezna. - Es una hembra, ¿verdad? - añadió al fijarse en la ausencia de un pene en su bajo vientre.

- ¿Cómo la vas a llamar?

- Pues no sé, padre. Dime tú un nombre.

- ¿Que te parece Eimet, la hija del árbol caído?

El niño ya no podía ser más feliz y su padre todavía más que él. Quería a su primogénito con verdadero delirio. Guntzé esperó con ansia a que las mujeres evisceraran a los corzos para que le dieran un trocito de hígado para su lobezna. El animalito lo devoró en un santiamén con sus dientecitos de leche y pidió más. Entonces Hyppa, la madre de Guntzé, cortó un pedazo grande de la grasa que rodeaba los riñones del corzo y se lo dio a la cachorra. Esta vez tardó un poco más en devorarlo, se relamió el hocico, movió la colita y pareció haber quedado saciada. A Iriat le brillaban los ojos y sonreía en silencio observando la felicidad de su hijo con el corazón henchido de amor y orgullo de padre.

Pasaron varias lunas y llegó el verano, que por suerte fue más cálido que los anteriores. La vida bullía en el bosque de encinas con las nuevas crías que habían nacido en primavera. Abundaba la caza y a los hombres les era suficiente con recorrer un corto trecho por el interior del valle para sorprender a alguna pieza y darle muerte. La mayoría de días volvían a la caverna a media mañana y permanecían ociosos el resto de la jornada, a ratos dormitando en el interior de su fresco hogar, a ratos observando a las mujeres en su trajín diario de eviscerar, despellejar y trocear los animales y curtir las pieles embadurnándolas con sal de roca, a ratos jugando con sus hijos y narrándoles fantásticas historias de caza de bestias terroríficas, que los niños escuchaban boquiabiertos y asustados con los ojos como platos.

Al pequeño Tariuk, el benjamín de Say y Nelut, no le gustaban aquellas violentas historias de pesadilla y prefería acompañar a su tío drimish en sus tareas cotidianas de hombre-mujer: fabricar con destreza afilados cuchillos de sílex capaces de cortar limpiamente un pelo al aire, desecar y luego deshilachar los largos tendones de las patas de los bisontes, caballos y rinocerontes para obtener hilos muy resistentes con los que coser las pieles y atar firmemente las puntas de sílex al palo de las lanzas y al mango de las hachas, buscar ramas secas de pino de un cierto grosor y quitarles la corteza y la madera blanca más externa con la ayuda de un hacha de sílex hasta dejar a la vista el duramen rojo rico en resina para abastecer al clan de antorchas de tea,  vigilar y proteger de los peligros a los niños, contarles las entrañables historias de los antiguos kartzams, enseñarles juegos y canciones acompañándose con la flauta de hueso de rebeco y el instrumento de madera y en definitiva cualquier actividad que no tuviera una relación directa con la caza, que estaba reservada a los hombres, ni con descuartizar los animales y curtir las pieles, así como tampoco con la confección de prendas de vestir ni con la recolección de frutos, semillas, hierbas y tubérculos, todas ellas tareas reservadas a las mujeres, además de parir y criar a los hijos. 

Tanto Nelut como su hermano Tzah tenían la certeza de que el pequeño Tariuk un día se convertiría en el nuevo drimish del clan. Su madre lo había intuido al acogerlo en su regazo por primera vez después de parirlo. No sólo no le importaba sino que tal vez precisamente por ello le tenía un cariño muy especial. Sin ninguna duda era el preferido de sus seis hijos. Sabía que cuidaría de ella, de su padre Say y de su adorado tío Tzah en su ancianidad, con mucha más dedicación y amor que sus cuatro hijas. 


DÉCIMO OCTAVO CAPÍTULO

Aquella madrugada de finales de verano Say notó enseguida que había refrescado. Desde su cálido lecho de piel de oso de las cavernas dirigió sus ojos hacia la salida de la cueva y comprobó que estaba lloviznando. Diminutas gotas caían mansamente, silenciosas, como si de una niebla gruesa se tratase, mojando por primera vez tras varios meses de sequía las sedientas hojas de las plantas de aquel valle de ensueño. De un día para otro el verano había finalizado y había empezado el desapacible otoño. 

- Llueve. - le susurró al oído a su drimish, que dormía como un lirón abrazado a él.

- Se acabó el buen tiempo, pues. - le contestó Tzah con resignación tras largos segundos, los que necesitó para despertarse y procesar la escueta información de Say. - ¿Saldréis a cazar hoy? - le preguntó después de inspirar profundamente el aire fresco cargado de humedad del interior de la caverna.

- Sí, ya no queda carne. 

- ¿Puedo acompañaros? Hace ya mucho tiempo que no salgo de caza contigo.

- Claro que puedes. Tu eres tan buen cazador como nosotros.- le aseguró Say.

Al rato se levantaron muy animados. A ambos les hacía mucha ilusión salir de caza juntos. Say despertó a los demás cazadores y tras vestirse con sus pieles salieron todos juntos de la cueva. Seguía lloviznando pero a lo lejos, hacia levante, se veía el cielo despejado y todo indicaba que las nubes pronto se desplazarían hacia poniente y en el valle de las encinas brillaría el sol.

Iriat, el líder de los cazadores, observó con atención la dirección que seguía el frente nuboso, husmeó el aire a diestro y siniestro y a continuación miró a Say a los ojos, ambos se leyeron el pensamiento y al unísono señalaron con la cabeza hacia el sur, hacia el sol del mediodía. Como veteranos cazadores acostumbrados a entenderse sólo con gestos y miradas sobraban las palabras.

Raramente tomaban esta dirección, pues hacia allí el exuberante bosque era sustituido por un agreste y árido matorral donde escaseaban las grandes animales y sólo abundaban los conejos, las liebres, las perdices, las serpientes, las raposas, las tortugas y los lagartos ocelados. Algo desconocido, una intuición o tal vez el misterioso e ineludible destino, les impulsó a coger el camino del sur.

La habilidosa Yunmá había fabricado una honda para cada uno de los cazadores y les había enseñado a manejarla. Esta sencilla arma consistía en una tira de resistente y maleable cuero de venado y era desconocida tanto por Say como por Iriat. Todavía no la habían probado y aquel terreno llano cubierto de acebuches, coscojas, lentiscos, palmitos, jaras, tomillos y romeros era ideal para cazar con honda. Por el camino recogieron cantos rodados del lecho de un torrente seco y se los guardaron en la talega de piel de corzo que todos ellos llevaban colgada de la cintura. 

A lo lejos, en el bosque de encinas, se escuchaba la berrea otoñal de los enardecidos venados y los contundentes topetazos de sus ramificadas cornamentas que rompían la paz y el bucólico silencio de aquellos vastos parajes. 

Laram fue el primero en disparar con su honda a un conejo que acababa de avistar tras una jara, pero falló. El animal simuló no haberse enterado y permaneció acurrucado con las orejas gachas. Entonces Iriat probó suerte e hizo rodar su honda sobre su cabeza con tal potencia que el proyectil de piedra silbó al cortar el aire en su trayectoria hacia el conejo y le dio de lleno en la cabeza. No se lo podía creer. Estaba fascinado con su nueva arma. Sus compañeros no se habían perdido ningún detalle y estaban tan fascinados como él. Gotz fue el siguiente en lanzar un canto rodado contra una perdiz. El ave levantó el vuelo justo en el momento del disparo y el proyectil sólo le rozó un ala. Y así uno tras otro estrenaron su respectiva honda, unas veces con suerte y otras sin ella, hasta que llegaron al borde de un escalofriante acantilado y ante sus ojos apareció algo grandioso que nunca antes habían visto, el mar. Su corazón latió alocadamente en su pecho, su respiración se aceleró y sus ojos brillaron embelesados ante aquel maravilloso espectáculo. Estaban tan extasiados que acabaron sentados sobre las rocas, en silencio, interpretando a su manera y asimilando lo que veían por primera vez en su vida.


- ¡Quiero bañarme en el agua de esta gran poza! - exclamó de pronto Say rompiendo el silencio - ¿Vienes conmigo, Tzah? - le invitó alargándole la mano.

El drimish titubeó durante unos segundos, dirigió alternativamente su mirada varias veces hacia su amado y otras tantas hacia el mar, inspiró profundamente y se decidió.

-  ¡Vamos! - le respondió asiéndole la mano.

Descendieron por una amplia y empinada grieta que partía en dos el acantilado, mientras los otros tres cazadores les observaban boquiabiertos sentados en lo alto del precipicio, y ahí abajo se encontraron con una pequeña cala. Las espumosas y ruidosas olas iban y volvían acariciando la finísima arena blanca y esto les asustó. Pensaron que el mar tenía vida propia, que se los quería tragar. El drimish era el más reacio a meterse en el agua. 

- Vamos, Tzah, entremos juntos.

- De acuerdo, pero no te separes de mí. Esta poza tan grande y tan azul que no para de moverse me da mucho miedo. 

Sin dejar de mirarse a los ojos se quitaron el chaleco de piel de ciervo, las botas de piel de bisonte y el calzón de piel de lince, que eran su vestimenta de verano y ya desnudos Say asió la mano de Tzah y con pasos titubeantes se acercaron a las olas. El agua conservaba el calor del verano y al mojarles los pies se les antojó muy agradable, como una caricia. Poco a poco se adentraron en el mar. Les sorprendían los golpes de las olas y con cada uno de ellos daban un pequeño salto. A Say se le antojó muy divertido y se echó a reír a carcajadas mirando la asustada cara de Tzah. De improviso le lanzó agua a la cara con la mano, el miedo se esfumó y empezó el juego entre aquellos dos hombres que se amaban con delirio. 

Iriat, Laram y Gotz sintieron envidia y acabaron uniéndose a ellos. El agua estaba calentita y olía muy bien, aunque les sorprendió que estuviera salada. Aquella cala era un paraíso. Ninguno de los cinco hombres recordaba haber sido antes tan feliz. Parecían niños grandes y velludos jugando a echarse agua a la cara y a perseguirse. Era todo tan agradable, tan placentero....

Tzah no pudo evitar fijarse en los genitales de Iriat, que se habían encogido a su mínima expresión con el frescor del agua y sonrió en silencio pensando que no se había perdido nada al renunciar a seducirlo para yacer con él. Los demás hombres no se fijaban en estas zarandajas de drimish. A Say tampoco le importaban. Veía a Tzah como a una hembra en el cuerpo de un varón y como a una hembra lo trataba y amaba. Era simplemente un macho que se había enamorado de la extrema feminidad de un drimish. 

Tzah ignoraba que los varones hummolt se habían adaptado hasta tal extremo al persistente frío glacial del gran continente blanco a lo largo de miles de generaciones, que su miembro viril, antaño tan largo como el de los kartzams, se había ido reduciendo poco a poco para protegerse de la congelación.

Los cinco hombres estuvieron metidos en el mar más de dos horas y ninguno de ellos se animaba a salir. Estaban tan a gusto... Iriat de pronto se puso serio, recordó sus obligaciones de cazador y dio la orden de volver al trabajo. Para no ponerse sus vestimentas sobre la piel mojada se pasearon un rato desnudos sobre la arena platicando amigablemente sobre aquella maravillosa experiencia que acababan de vivir. Bajo los intensos rayos del sol del mediodía y la agradable brisa marina pronto estuvieron secos. Entonces se vistieron y remontaron el acantilado para adentrarse de nuevo en el matorral y continuar la caza mientras volvían al valle de las encinas.

A puesta de sol llegaron a la caverna portando siete conejos, cinco perdices, tres culebras, dos tortugas, una liebre, una paloma torcaz, un alcaraván, un lagarto verde, dos erizos y una raposa.  Sin embargo lo mejor de aquel día había sido descubrir el mar. Jamás iban a olvidar aquella fascinante experiencia. Con gestos y palabras intentaron describir a las mujeres y los niños la inconmensurable grandiosidad de la poza azul, pero ni ellos mismos sabían lo que era y al final desistieron de explicárselo pues era evidente que no lograban transmitirles sus emociones. Otro día, muy pronto, los cazadores volverían a acercarse al mar y en primavera, en una tercera visita, se llevarían a las mujeres y los niños. 

Aquella noche organizaron una gran fiesta para celebrar el descubrimiento. La temperatura era agradable. Todavía no había empezado el frío. Sentados sobre piedras planas alrededor de la hoguera asaron las variopintas piezas de caza, llenaron sus estómagos con ellas y ya ahítos acompañaron con palmadas la representación del drimish y rieron a carcajadas con las divertidas y picantes letras de sus canciones, sus sensuales contoneos, sus extravagantes gesticulaciones y sus ocurrencias de bufón. 

La luna llena contemplaba divertida la fiesta de aquellos humanos y les iluminaba amorosa con su acariciante luz cenicienta. A lo lejos unos lobos se quejaban de la ruidosa jarana ahullando enojados con su poderosa voz y un gigantesco búho real posado sobre un acebuche ululaba rabioso porque la música, las canciones, las risas y las palmadas de aquellos molestos monos impedían que sus plumosas y erectas orejas escuchasen los casi imperceptibles pasos de los ratones que eran su alimento. Aquella noche no podría llenar su buche hasta que la fiesta terminase. 

DÉCIMO NOVENO CAPÍTULO
 

Transcurrieron un par de semanas y repentinamente el viento cambió de dirección y sopló con furia desde el norte. Había empezado de verdad el crudo otoño. Durante una larga luna las tormentas de nieve y granizo se sucedieron sin tregua, un día sí y el otro también, y el valle de las encinas se cubrió de un grueso manto blanco, muy bonito para los ojos pero helador para la sangre. 

Los cazadores se vistieron con sus chalecos y calzones de invierno que les cubrían los brazos y las piernas, se calzaron sus cálidas y resistentes botas de piel de bisonte que les llegaban hasta las rodillas, se encajaron sus gorros de piel de lobo que les protegían las orejas de la congelación y cubrieron sus hombros con sus grandes pieles de oso de las cavernas y buey almizclero. 

La caza se hizo de nuevo muy difícil, no sólo por el frío glacial sino también por la escasez de animales. Muchos de ellos estaban escondidos en sus madrigueras en estado de hibernación, otros se habían desplazado hacia las más cálidas costas sureñas y en el caso de las aves la mayoría habían emigrado hacia el gran continente del sur para pasar el invierno.

El recuerdo maravilloso del mar permanecía muy vivo en la mente y el corazón de los cazadores, pero hacía demasiado frío y tendrían que esperar a que mejorase el tiempo para volver a la pequeña cala donde habían sido tan felices.

Cuando por fin cambió el viento y sopló desde el cálido sureste, cesaron las granizadas y las tormentas de nieve, el cielo se despejó, brilló el sol durante varias semanas y la temperatura se hizo más agradable. 

Una tarde, en el camino de vuelta hacia la caverna, Iriat sugirió a los demás cazadores volver el día siguiente a visitar el mar. Los tres estuvieron de acuerdo, es más, les entusiasmó la idea, especialmente al joven Gotz. Say enseguida pensó en Tzah, que como drimish no solía ir de caza con ellos y en cuanto llegaron lo buscó en el interior de la caverna.

- Tzah, mañana iremos a ver de nuevo la gran poza azul. Vendrás conmigo, ¿verdad?

- ¡Claro que sí, Say! - exclamó abriendo los ojos como platos. 

El drimish llevaba en brazos al pequeño Tariuk. La idea de visitar de nuevo el mar le llenó de pronto de una alegría y una excitación tan grandes que espontáneamente se inventó la letra de una canción y se puso a bailar y a cantar haciendo sonar rítmicamente su instrumento de madera, logrando con ello que el niño, su madre Nelut y su padre Say rompieran a reír a carcajadas.

Oh gran poza azul,
que estás calentita.
Oh gran poza azul,
que estás muy salada.
Oh gran poza azul, 
que no te estás quieta
y me haces cosquillas
en los cataplines.

Y el niño continuó: "y me haces coquiyas en los cacapines." Entonces fue su tío Tzah quien rió a carcajadas encantado de que el niño tuviera sentido del humor y ya supiera cantar.

La ilusión de los cinco hombres por ver de nuevo el mar era tan grande que aquella noche casi no durmieron. Esta vez querían permanecer allí varios días. La tarde anterior habían abatido dos grandes ciervos y las mujeres y los niños tendrían carne suficiente para alimentarse durante una semana. En el exterior de la caverna había nieve en abundancia para conservarla sin que se corrompiera.

Al día siguiente se levantaron nada más clarear al alba y, tras vaciar sus vejigas y echar unos cuantos gases para aliviar sus intestinos, se vistieron a toda prisa, cogieron sus armas y se encaminaron hacia el sur, dejando a su izquierda el sol naciente que empezaba a asomarse tímidamente por encima de las cimas nevadas de las montañas de levante.

Varias horas más tarde llegaban por fin al acantilado. Soplaba un fuerte viento de tierra que les empujaba hacia el precipicio y temieron caer al vacío. Por precaución se arrodillaron sobre las rocas y gatearon hacia el borde. Entonces se asomaron y comprobaron con alivio que la gran poza seguía allí, que no se había secado durante su ausencia, aunque esta vez parecía enfurecida, echaba espumarajos blancos y azotaba con rabia una y otra vez las rocas de la parte baja del acantilado. 

Mientras decidían si bajaban o no por la amplia grieta que permitía acceder a la cala, de súbito creyeron escuchar la voz de una mujer que parecía llamar a alguno de sus hijos, aunque sólo fueron capaces de entender las palabras "ven" y "caverna". Era evidente que se trataba de una hembra kartzam que hablaba en un dialecto extraño, pero no lograban verla.

- ¡Bajemos! - exclamó Iriat, el líder de los cazadores, que estaba acostumbrado a tomar decisiones rápidas.

- ¿No sería más prudente esperar un poco? - se atrevió a insinuar el drimish, temeroso de que pudiera haber un grupo numeroso de hombres poco amigables que les pudieran confundir con atacantes. 

- ¿Por qué no nos identificamos antes de bajar ululando como solemos hacer los kartzams? - sugirió el inteligente Say.

- Bueno idea, padre. - asintió su primogénito Gotz. 

Los cinco hombres lanzaron al aire al unísono su poderoso ululato que pareció rebotar sobre el agua del mar que lo devolvió intensificado, chocó contra las altísimas paredes del interminable acantilado y ya convertido en un eco reverberante se escuchó durante un par de segundos in decrescendo. Entonces prestaron atención esperando una respuesta, pero sólo se oían los furiosos golpes de las olas contra las rocas. Nuevamente repitieron el ululato kartzam, está vez con más potencia y de pronto creyeron escuchar la respuesta desde la parte baja del precipicio. Era la misma voz de mujer y parecía estar sola, pues sólo ella ululaba.

Unos segundos más tarde la vieron aparecer sobre la arena de la cala mirando hacia la parte alta del acantilado donde ellos estaban. 

- ¿Sois kartzams? - les preguntó en su dialecto sureño, que entendieron sin problemas.

- Sí, lo somos. No temas, venimos en son de paz. - le respondió el drimish con su voz afeminada.

- ¡Bajad! - les gritó ella haciendo un gesto con la mano señalando el camino de la amplia grieta.

Tzah sabía que casi todos los kartzams interpretaban la presencia de un drimish como alguien pacífico, como había ocurrido con Yunmá y se adelantó para tranquilizar a la mujer.

- Somos cinco cazadores que hemos venido desde muy lejos a ver esta gran poza. - le informó - ¿tu vives aquí? 

- Sí, en esta cueva. - le respondió ella señalando la entrada a su morada, que estaba en la base del acantilado y parecía poco profunda.

- ¿Estás sola? - quiso saber Tzah, mientras se acercaban los demás cazadores.

- No, vivo con mis dos hijos varones. En verano eramos unos cuantos más, pero una mañana un león solitario bajó a la playa, sorprendió a mi única hija jugando sobre la arena y la devoró estando ausentes los tres hombres del clan. La carne humana pareció gustarle y a los pocos días regresó. Mi macho y sus dos primos se enfrentaron a aquella bestia descomunal, pero era mucho más fuerte que ellos y tras una lucha encarnizada acabó matándolos a los tres. Sin embargo, pese a haberlos abatido, ni siquiera los probó. Estaba malherido y prefirió marcharse arrastrando una pata rota. Desde entonces no lo hemos vuelto a ver. 

- Os conviene venir con nosotros. Aquí no estáis seguros. - le aconsejó Say tras escuchar en silencio el terrorífico relato.

- Tienes razón. Cada día temo por la vida de mis hijos. No los dejo salir de la caverna, salvo si yo estoy presente. Allí dentro en caso de peligro pueden trepar por una estalactita hasta un escondrijo donde no llegan las fieras. 

- ¿Y qué coméis? - quiso saber Laram.

- Los animales que se crian sobre las rocas bañadas por el agua del mar. 

- ¿El mar?, ¿te refieres a esta gran poza azul? - le preguntó Iriat.

- Exacto. Esta gran poza de agua salada se llama mar. ¿No la habíais visto nunca?

- Si, hace unas dos lunas vinimos hasta aquí por primera vez, pero a tí no te vimos. - le respondió el mestizo.

- Yo sí os vi, pero me asusté y me escondí con mis hijos en la cueva. Creí que erais hummolts. - les contestó la mujer señalando con la vista el cabello pelirrojo y los ojos azules de Iriat.

- Yo soy hummolt, pero me crié en un clan de kartzams y mis dos hembras son kartzams. - le informó Iriat algo molesto sintiéndose aludido.

- Nos gustaría probar los animales que viven en la poza. - le dijo Tzah con voz afable intentando romper el hielo. La pobre mujer se veía muy asustada e insegura rodeada por aquellos cinco hombres desconocidos. 

- ¡Seguidme!

Nunca hubieran creído que sobre aquellas rocas bañadas por el agua salada y cubiertas de algas multicolores se podían criar animales comestibles. Tainay, que así se llamaba la mujer, les mostró cómo se despegaban las lapas, sorprendiéndolas con un empujoncito lateral con el dedo pulgar. Si no se hacía así, al notar que alguien las tocaba, se pegaban fuertemente a la superficie de la roca con su musculoso pie en forma de ventosa y resultaba imposible despegarlas sin destrozar su caparazón. Poco a poco los cinco cazadores, ahora convertidos en mariscadores, aprendieron el truco y se dieron un atracón de lapas. Crudas tal cual recién desprendidas de las rocas estaban muy ricas.

Pero no sólo les mostró las lapas. En las superficies laterales de las rocas y bajo ellas se criaban mejillones, percebes, ostras, cangrejos, caracolas, erizos de mar y algas multicolores, que Tainay recogía en una gran cesta de lianas trenzadas de bejuco. También les mostró cómo sacar de la arena las navajas y las almejas. Los hombres aprendieron deprisa y al rato tuvieron sus talegas de cuero llenas a rebosar de algas y animalillos extraños, todos salvo las caracolas de mar que les recordaban a los caracoles de tierra. "Guntzé tiene que ver esto." - pensó Iriat esbozando una sonrisa mientras con la mano lograba agarrar un huidizo cangrejo. 

A puesta de sol habían recogido tal cantidad de alimentos que creyeron que tendrían para comer durante varios días, pero Tainay les aseguró que se los acabarían de una sentada. 

Entraron en la caverna y allí dentro vieron por primera vez a los dos hijos de la mujer, dos chiquillos de entre seis y nueve primaveras que temerosos de aquellos desconocidos se mantenían medio escondidos tras dos estalagmitas. Su madre les habló bajito para tranquilizarlos, los agarró de la mano y los llevó ante los hombres. Tzah se mostró muy afable con ellos y les cantó la canción de la gran poza azul, bailando al ritmo de la letra y poniéndoles caras raras para hacerlos reír. Al rato ya se habían hecho amigos y reían a carcajadas con las bufonadas del drimish. También su madre reía ya relajada, mientras repartía las algas y los animalillos marinos sobre piedras planas a modo de bandejas y con la ayuda de los hombres los colocaba sobre las brasas para asarlos. Pronto el aire de la caverna se llenó del delicioso aroma a marisco cocinándose. Cuando las almejas, las ostras y los mejillones abrieron sus valvas, Tainay supo que estaban en su punto y animó a los hombres a probar aquel variopinto surtido de frutos del mar. 

- ¡Uhmmm, qué ricos! - exclamaron todos relamiéndose los labios.

A Tzah le asombró el fantástico sabor de los mejillones y las caracolas, mientras que a Say le gustaron más las almejas y las ostras. A Laram y Gotz se les antojó todo delicioso, incluidas las algas y a Iriat le fascinó el intenso sabor de la carne de los erizos de mar, los cangrejos y los percebes. Al cabo de una hora había una montaña de caparazones y conchas vacías alrededor de la fogata. Los hombres no se podían creer que ya no quedase nada por comer y ¡seguían con hambre! Tainay tenía razón, se lo habían zampado todo de una sentada.

Llegó la hora de dormir y entonces los cazadores se llevaron una nueva sorpresa. La caverna era enorme, mucho más amplia y profunda que la del valle de las encinas, con numerosas estalactitas y estalagmitas, bastantes de las cuales ya se habían unido formando columnas que ayudaban a sostener la cúpula de la cueva y numerosas cavidades laterales en forma de pequeñas cuevas suplementarias. Contaba además con algo muy valioso: una fuente de agua dulce que nunca se secaba y mantenía siempre llena con su incesante goteo una pequeña balsa de agua cristalina situada cerca de la entrada. A Tzah la caverna le encantó y les comentó a Say y a Iriat que sería bueno trasladarse a vivir allí. A diferencia del valle de las encinas, ahora cubierto por la nieve, en la costa del sur el clima era mucho más cálido y raramente nevaba. 

A la mañana siguiente se levantaron todos muy animados. Habían dormido como lirones y estaban agradecidos a Tainay por su hospitalidad. Decidieron devolverle el favor yendo a cazar unos cuantos animales. Remontaron la cuesta de la grieta del acantilado y se adentraron en el agreste matorral. Había abundante caza menor, sobretodo conejos y perdices. Los cinco habían adquirido mucha destreza con la honda que les había fabricado Yunmá y al cabo de un par de horas ya habían cazado una decena de conejos, tres liebres, cuatro perdices, una tórtola y dos palomas torcaces. 

De vuelta a la cueva del acantilado, mientras descendían por la amplia grieta que bajaba hasta la cala, escucharon los gritos desesperados de Tainay llamando a sus hijos. A los cazadores se les erizaron todos los pelos de su velludo cuerpo, sintieron una puñalada en el corazón y corrieron cuesta abajo blandiendo sus armas convencidos de que algo grave estaba ocurriendo. 

No se equivocaban. Había vuelto el gigantesco león de las cavernas con su gran melena negra, sus ojos de pesadilla, sus terroríficas fauces de afilados colmillos y sus grandes garras capaces de abrir en canal de un solo zarpazo el vientre de un caballo. Rugía rabioso en la entrada de la caverna donde se habían refugiado los niños y su madre. De pronto vio a los hombres que corrían hacia él y cambió de objetivo, abalanzándose de un solo salto sobre Say que cayó al suelo sobre la arena de la playa con la fiera encima. El león iba a aplastarle la cabeza con sus enormes fauces, pero el cazador interpuso a tiempo su brazo izquierdo y la fiera se lo arrancó de cuajo. Justo en aquel preciso instante el valiente Iriat asestó un contundente golpe en la cabeza al león con una enorme tibia de bisonte que era su arma preferida y lo desnucó, cayendo muerto sobre Say con su brazo amputado entre las fauces. 

Cuando Tzah vio el chorro de sangre que brotaba a borbotones del muñón de su amado Say, lanzó un espantoso alarido que retronó en aquella cala siempre silenciosa, agarró el maldito león por la melena y lo apartó a un lado para poder ayudar al ser que más quería. Rápidamente sacó la honda de cuero de su talega y con ella rodeó el muñón y lo apretó con todas sus fuerzas para parar la hemorragia. Lo consiguió, pero Say había perdido muchísima sangre y estaba inconsciente, lo cual angustió todavía más al drimish, pues creyó que estaba muerto y se echó a llorar sobre su amado. Gotz, el primogénito de Say, también lloraba. Adoraba a su padre.

Iriat y Laram se mantenían más enteros, pero en el fondo también estaban destrozados. Los cazadores pasaban todo el día juntos, desde el amanecer hasta la puesta del sol y acababan queriéndose como hermanos. El aguerrido mestizo estaba acostumbrado a la sangre por todos sus años de cazador y no acababa de creerse que Say estuviera muerto. Se arrodilló junto a su cuerpo tendido, apartó con delicadeza a Tzah y apoyó su oreja sobre el pecho ensangrentado del herido haciendo una seña con la mano para que guardasen silencio. 

- ¡Su corazón late! ¡Está vivo! ¡Está vivo! - exclamó presa de una gran alegría. 

Unos minutos más tarde habían acostado a Say sobre una cálida piel de buey almizclero en el interior de la caverna. Tainay cubrió su herida con una mezcla de musgo seco y hojas machacadas de salvia, tomillo y espliego y recubrió el emplasto con una piel de conejo para que las moscas carroñeras no lanzasen sus huevos sobre el muñón. Todos guardaban silencio y se miraban con ojos llorosos. Tzah se había acostado al lado de Say y lo abrazaba para darle calor. El herido había despertado, estaba muy pálido por la gran hemorragia y no tenía fuerzas para hablar. Sólo emitía un guejido lastimoso por el dolor espantoso que le causaba la amputación.

Tainay no perdía el tiempo, sabía mucho de hierbas medicinales y de remedios para muchas dolencias y en unos pocos minutos preparó un brebaje con cápsulas de adormidera machacadas y disueltas en agua que había calentado en una piedra ahuecada puesta sobre las brasas. Echó la medicina en un caparazón de tortuga impermeabilizado con resina de pino y se lo dio a Tzah para que intentase hacérselo beber al herido. Iriat le levantó la cabeza y el drimish acercó el caparazón a la boca de Say, pero éste estaba tan mal que parecía no entender lo que le decían. Entonces Tzah se acordó de pronto de la historia que su abuela Metzet le había contado sobre la epidemia que diezmó la mitad de los miembros del clan del valle del sol naciente, sorbió un trago del brebaje, acercó sus labios a los de Say y le pasó el líquido muy poco a poco de boca a boca. El herido iba tragando como si de saliva se tratase y con mucha paciencia acabó tomando toda la medicina. Al cabo de media hora dormía plácidamente bajo los efectos del opio.

Tzah no se separó de su amado en toda la tarde. Sólo salió un par de veces a orinar para volver enseguida a su lado. Mientras tanto Tainay despellejó, desplumó y evisceró las piezas que los hombres habían cazado y las guardó para asarlas más tarde. Luego preparó más medicina para dársela al herido a puesta de sol para que pudiera pasar la noche sin dolor.

Iriat, Laram y Gotz salieron al exterior de la cueva, levantaron al gigantesco león de las cavernas y se lo llevaron muy lejos para que los buitres y otros carroñeros se lo comieran. Se trataba de evitar atraer cerca de la cala a las temibles hienas manchadas, tan sanguinarias o más que los leones.

A puesta de sol, bajo la inquieta luz titilante de dos humeantes antorchas de tea de pino, asaron los animales que habían cazado y se dispusieron a comérselos en silencio. Tzah sentía un nudo de angustia en la garganta que le ahogaba y no quería comer, pero Tainay le animó a masticar un poco de carne para dársela a la boca a Say en forma de papilla. El drimish conocía muy bien al hombre de su vida, sabía que le gustaba mucho la carne de paloma torcaz. Laram le pasó una de las aves ya asada. Tzah le separó un muslo, se metió la jugosa carne en la boca, la masticó concienzudamente hasta convertirla en una fina papilla y se la dio a Say a la boca con la mano a pequeñas porciones, animándole a tragársela con palabras llenas de ternura. Say estaba muy débil, pero no sentía ningún dolor por los efectos del opio y se fue tragando la carne del muslo del ave y de una parte de la pechuga. Entonces dijo no con la cabeza y Tzah no insistió. Al rato pronunció la palabra sed, el drimish comprendió, sorbió un poco de agua y se la pasó a la boca poco a poco en un nuevo beso de amor.

Más tarde le dio de la misma manera una nueva dosis de brebaje de adormidera, se echó a su lado, lo abrazó para darle calor y así pasaron la noche cubiertos ambos por una cálida piel de buey almizclero. 

Al día siguiente a Iriat le entró una extraña angustia por sus hijos, especialmente por Guntzé y dijo que quería volver al valle de las encinas, que temía que a las mujeres y los niños les hubiera atacado alguna fiera en su ausencia. Laram y Gotz estuvieron de acuerdo. También ellos tenían familia a la que proteger y alimentar. Así pues aquella misma mañana los tres partieron de vuelta a su hogar con la promesa de retornar en primavera con todos los miembros del clan para instalarse a vivir en la caverna de Tainay. La mujer estaba encantada con la idea. Con la protección de los hombres y la ayuda de otras mujeres sus hijos tendrían más posibilidades de sobrevivir y con el tiempo podrían emparejarse con dos de las hembras jóvenes que vendrían con el grupo.

VISÉGIMO CAPÍTULO

Nada más partir los tres cazadores hacia el valle de las encinas el pobre Say empezó a tiritar y delirar. Ardía de fiebre. Tzah estaba angustiado y agotado. Prácticamente no había dormido nada en toda la noche pendiente de cualquier movimiento o quejido de su amado. No sabiendo qué hacer llamó a Tainay que había salido un momento a hacer sus necesidades fuera de la caverna. Los kartzams eran muy pulcros en esto. Procuraban orinar y defecar en el exterior para mantener limpio y habitable su hogar. De lo contrario el aire de la caverna se enrarecía y acababa siendo irrespirable por los ponzoñosos gases generados por la descomposición de los excrementos y orines. 

Tainay tocó la frente de Say, hizo una mueca de desagrado y fue corriendo en busca de lo necesario para bajarle la fiebre. En una de las pequeñas cuevas laterales a modo de habitaciones que había en el interior de la caverna guardaba un gran surtido de hierbas, raíces, cortezas, tubérculos, flores y frutos desecados. Escogió un puñado de hojas y flores secas de sauce, las machacó en el hueco de una roca con un canto rodado a modo de mortero, las echó en una piedra que tenía la forma natural de una pequeña vasija, añadió un poco de agua de la fuente y calentó la mezcla poniendo la piedra sobre las brasas. Cuando empezó a hervir, la retiró del fuego con la ayuda de dos fragmentos de corteza de alcornoque para proteger sus manos de las quemaduras, dejó que la infusión se enfriase un poco, la filtró con un manojo de heno seco a modo de cedazo y ya limpia de impurezas la echó en un caparazón de tortuga y se la dio a Tzah. 

El drimish ni siquiera intentó dársela a beber a Say. El pobre hombre estaba en un estado estuporoso cercano al coma que le impedía colaborar y nuevamente tuvo que suministrarle la medicina de boca a boca. Al cabo de una hora la fiebre le bajó, dejó de tiritar y se durmió. 

Tainay sabía que el efecto contra el dolor de la infusión de adormidera que el herido había tomado la noche anterior pronto cesaría y en prevención le preparó una nueva dosis para dársela cuando despertase. Justo cuando terminaba de prepararla Say despertó por el dolor lancinante del desgarro de la amputación y empezó a quejarse. Tzah le suministró el amargo brebaje nuevamente de boca a boca y, en cuanto le hizo efecto, Tainay le cambió el emplasto de musgo, salvia, tomillo y espliego por uno nuevo.

Los niños habían pasado toda la mañana recogiendo animalillos del mar y tenían comida suficiente. Tzah masticó la carne de varias ostras hasta convertirla en papilla y se la dio a la boca a Say con la mano en pequeñas porciones. Luego hizo lo mismo con la carne de media docena de almejas hasta que el herido dijo no con la cabeza y pidió un poco de agua. El drimish se la dio de boca a boca y a continuación se acostó a su lado y lo abrazó para darle calor.

Mientras velaban al herido, Tzah y Tainay aprovecharon para contarse sus vidas, incluidos los detalles más íntimos. A ratos rieron y a ratos lloraron, pero el resultado final fue el nacimiento de una gran amistad entre aquella mujer solitaria y el drimish que perduraría durante toda su vida. 

Tainay nunca había conocido a un hombre-mujer, pero sabía de su existencia por los relatos de sus dos abuelas. Llevaba muchos meses sin macho y no acababa de ver claro que a Tzah no le gustasen las hembras. El drimish era hermoso, fuerte y absolutamente encantador y de pronto Tainay deseó yacer con él, pero no le dijo nada ni se insinuó pues comprendía que amaba a Say y además estaba agotado. 

Pasaron los días y milagrosamente, con los buenos cuidados y las medicinas de la joven curandera y el enorme cariño de Tzah, la herida de Say empezó a cicatrizar. Ya no supuraba y desapareció el feo hedor que desprendía. Una tarde le dijo a su amado drimish que deseaba ver la gran poza azul. Tzah casi se echó a llorar de alegría y con la ayuda de Tainay lo sacaron al exterior de la caverna y lo sentaron sobre una piedra plana a modo de banco. Say sonrió y le saltaron las lágrimas por la emoción. 

- Quiero tomar un baño. - le dijo a su amado Tzah mirándole a los ojos. 

El cazador siempre había adorado el agua. Cuando salían de caza aprovechaba cualquier riachuelo o poza para bañarse, incluso en pleno invierno. Todavía faltaban unas semanas para que empezase la primavera, pero el sol lucía en lo alto del cielo y no hacía frío. Tzah miró a los ojos a Tainay, se leyeron el pensamiento y ambos se pusieron de acuerdo sin palabras. Desnudaron a Say, se desnudaron ellos también sin ningún pudor y los tres se metieron en el mar hasta que el agua les llegó a la altura del ombligo. 

Say olía muy mal después de tantos días sudando y haciendo sus necesidades en su lecho de piel de buey almizclero. Tainay miró entonces a Tzah y con gestos más que con palabras le dio a entender que debían lavar al herido, pero evitando que el muñón se mojase con el agua salada. Así pues el drimish por un lado y la mujer por el otro, mientras lo sujetaban para que no cayese, con la otra mano fueron restregando la mugre de su cuerpo. El herido cerró los ojos con gesto risueño. Sentía un placer inmenso. Aquellas dos manos amorosas acariciando más que restregando su cabeza, su cara, su cuello, su pecho, su espalda, sus axilas, su vientre, sus glúteos, sus muslos y sus partes íntimas le provocaron una gran excitación y de pronto, tras más de un mes de abstinencia, descargó su virilidad con gran estrépito como si estuviera fecundando a la gran poza que tanto amaba. Tzah y Tainay se miraron a los ojos y sonrieron. Aquella era una señal inequívoca de que Say estaba mejor, mucho mejor y sin duda sobreviviría a la terrible amputación. 

Aquella noche la mujer estaba tan excitada por la erección y eyaculación de Say que no pudo reprimir por más tiempo su deseo de yacer con Tzah, se acercó al lecho que el drimish compartía con su amado, levantó la manta de piel de oso de las cavernas que los cubría y se echó a su lado. Tzah se había dormido profundamente y se despertó con las caricias de Tainay, creyó que le estaba acariciando su amado y se dejó hacer. De pronto, escuchando los ronquidos de Say, comprendió que aquella mano no era la de él, se asustó e hizo un ademán de levantarse.

- Tchissss... Soy Tainay. - le dijo susurrando la mujer - Deseo yacer contigo. 

- Yo nunca he yacido con una hembra, Tainay. Creo que no podría. - le aseguró también susurrando el drimish.

- No temas, yo te ayudaré.

Las experimentadas manos y los cálidos labios de la mujer lograron el milagro y Tzah yació por primera vez en su vida con una hembra sin que su amado ni los dos niños se dieran cuenta de nada. Los tres dormían a pierna suelta. Los furtivos encuentros entre el drimish y la mujer se repitieron durante las siguientes noches hasta que Say recuperó las fuerzas y las ganas de yacer con su querido drimish y entonces éste rechazó a Tainay, ella lo comprendió y no insistió. En su vientre estaba creciendo el que sería el único hijo de Tzah, el hijo de un drimish. Aquel sería el gran secreto de su vida. Nunca nadie sabría la verdad. Tainay lo guardaría toda su vida en lo más íntimo de su corazón. 

A medio día de camino tierra adentro, en el valle de las encinas, la vida seguía su ritmo sin sobresaltos. El mal presentimiento de Iriat había sido sólo producto de su angustia. Cuando los tres cazadores llegaron a la caverna se encontraron a toda su familia sana y salva. El drama llegó un instante después.

- ¿Y mi hermano, y mi Say? ¿Porqué no vienen con vosotros? - le preguntó Nelut a Iriat. 

- Se han tenido que quedar allí. Say sufrió una herida. - le informó el mestizo con voz temblorosa. El hombre tenía un carácter tan franco y noble que era incapaz de mentir y mucho menos a la matriarca.

- ¿Una herida? Dime la verdad. 

Iriat les narró a todos el terrible ataque del gigantesco león de las cavernas. Nelut quería a su macho, aunque ya llevasen años sin yacer juntos y se echó a llorar angustiada, convencida de que Say no sobreviviría a la espantosa amputación. Todavía faltaban dos largas lunas para que terminase el gélido invierno y la matriarca no quería esperar al buen tiempo. Deseaba reunirse cuanto antes con su hombre para ayudar a salvarlo.

Unas semanas después una mañana amaneció con el cielo despejado, soplaba una cálida brisa del sureste y el sol brillaba con fuerza. Nelut no lo dudó ni un instante y dio la orden de partir. Con suerte llegarían al acantilado antes del ocaso. Tanto los adultos como los niños cargaron con todo cuanto podían llevar consigo y, acompañados por Eimet, la fiel lobezna de Guntzé, partieron hacia el sur. Empezaba una nueva etapa de su azarosa vida. 
 
VIGÉSIMO PRIMER CAPÍTULO

Nelut, a su avanzada edad de treinta y siete primaveras, había engordado ostensiblemente y le costaba mucho caminar y más todavía por aquellos agrestes parajes cubiertos de rocas y arbustos. Su primogénito Gotz le prestó su hombro para que se apoyase en él y así poco a poco, descansando a cada rato, se fueron acercando a la costa. Las mujeres aprovechaban las paradas para recolectar tubérculos de gamón y esparraguera para la cena. 

A media tarde empezaron a oler el delicioso aroma del mar y Gotz animó a su madre asegurándole que ya quedaba poco camino por recorrer. Nelut sudaba copiosamente y resoplaba por el esfuerzo, pero estaba resuelta a llegar y casi a puesta de sol lo consiguió.

Se acercaron con prudencia al borde del acantilado, todos a cuatro patas por el temor a despeñarse y allí, ante sus maravillados ojos, apareció por fin la tan deseada poza azul. 

- ¿Verdad que es bonita, madre?

- Si, Gotz. Es tan grande y tan azul como tu me la describiste y huele tan bien..... ¡Cuánta agua! Por mucho que bebamos no la secaremos. 

- Jajaja. Esta agua no se puede beber, madre. Está muy salada, pero para tus doloridos huesos será muy buena. 

Todos al unísono lanzaron al aire su poderoso ululato kartzam y al cabo de unos instantes escucharon la respuesta desde la parte baja del acantilado. Eran Tzah y Tainay que les hacían señas con la mano para que bajasen por la grieta que daba acceso a la cala. Gotz deseaba correr hacia ellos para saber cuanto antes cómo estaba su padre, pero se contuvo y ayudó a su madre a descender. 

El drimish les salió al encuentro y al ver a su adorada hermana le saltaron las lágrimas de alegría. Nelut también lloraba y acariciaba con ternura la abundante cabellera negra de Tzah. Se querían con toda el alma.

- ¿Cómo está mi Say? - le preguntó con voz temblorosa, convencida de que le diría que había muerto.

-  Tu macho está bien. La herida ya casi ha sanado. Está descansando allí dentro. Ven conmigo. Se alegrará mucho al verte.  - le dijo asiendo su mano.

Say se había levantado al escuchar el ululato y se había acercado a la entrada de la caverna. Cuando vio aparecer a Nelut de la mano de Tzah, se puso a llorar como un niño. Su hembra le acarició su barbuda mejilla y también a ella le saltaron las lágrimas. La impresionó mucho el muñón de su brazo amputado pero no le dijo nada al respecto para no aumentar su dolor.

- Creí no volverte a ver, macho mío. - le aseguró mirándolo con ternura. 

- Yo tampoco a tí, hembra mía. -le respondió él con voz temblorosa. - Esta mujer me han sanado. Sabe mucho de hierbas.- añadió señalando a Tainay con su única mano.

- ¿Tu eres Tainay?

- Si, yo soy. 

- Mi hijo Gotz me han hablado muy bien de tí.

Las dos mujeres se miraron a los ojos y se sonrieron, mientras posaban su mano derecha sobre la cabeza de la otra en señal de afecto y consideración. 

- Gracias por sanar a mi macho, Tainay. Desde este momento yo, como matriarca del clan, te nombro gran hechicera. Mi hermano Tzah te ayudará a vestirte como debes según las costumbres y tradiciones de los kartzams.

Iriat, Laram y Gotz, durante las paradas en el largo camino hacia el sur, habían cazado una docena de conejos, tres liebres, cinco perdices, dos erizos, un alcaraván, una becada, dos codornices, tres tórtolas y dos palomas torcaces con la idea de obsequiárselos a Tainay.

Bajo la inquieta luz de dos antorchas de tea de pino las mujeres despellejaron, desplumaron y evisceraron las piezas de caza, mientras los hombres, aprovechando las últimas luces del ocaso, acarreaban abundante leña seca desde el cercano matorral y encendían una gran hoguera sobre la arena justo delante de la boca de la cueva.

El drimish, mientras tanto, siguiendo las órdenes de la matriarca, maquilló a Tainay embadurnándole la cara con arcilla blanca y ennegreciéndole el contorno de los ojos y labios con carbonilla de saúco. Luego cortó una larga tira de cuero de corzo y le practicó numerosos agujeros con una dura y fina punta de lanza, ensartando en cada uno de ellos una pluma de paloma torcaz. Con cara de satisfacción rodeó con el turbante emplumado el abundante pelo negro de Tainay y sonrió por lo bien que le quedaba. Faltaba rodear su cuello con un collar hecho con las falanges ensartadas de las manos de los hummolts, pero en el valle de las encinas nunca se habían enfrentado a los temibles hombres blancos del bosque y no tenían estos huesos. Entonces Tzah pensó que serviría un collar hecho con las falanges de las garras de un oso de las cavernas y se acordó que su hermana había ensartado las del último que habían abatido.

- Nelut, ¿te has acordado de coger los collares? 

- Claro que sí, Tzah. Los llevo todos en mi talega. 

- ¿Los de falanges de oso de las cavernas también?

- Si, todos. Escoge el que más te guste. 

Tzah eligió el que le pareció más bonito y acto seguido se lo colocó a Tainay alrededor del cuello. Ya sólo faltaba cubrir sus hombros con la piel de un cachorro de oso. La mujer tenía unas cuantas guardadas en la caverna y Tzah escogió la mejor. Tras ponérsela sobre los hombros, se alejó unos pasos y sonrió. Había hecho un buen trabajo y la mujer lucía como una verdadera hechicera. 

- Le falta un bastón con la calavera de un zorro. - le informó Nelut.

- ¿Tienes alguna, Tainay? - le preguntó el drimish.

- Sí, mira en aquel montón.

Aquella noche, bajo la lívida luz cenicienta de la luna en cuarto creciente y el rítmico y relajante vaivén de las olas del mar, mientras se asaban los animales y los tubérculos de gamón y esparraguera sobre las brasas de la gran hoguera, la matriarca Nelut posó su mano derecha sobre la cabeza de Tainay y con voz poderosa la nombró oficialmente gran hechicera del clan. La mujer estaba muy emocionada y sus ojos de lechuza brillaban iluminados por las llamas. Tras el nombramiento inspiró profundamente y se dispuso a hablar ante aquel numeroso público expectante.

- ¡Oh espíritus de nuestros antepasados kartzams que moráis para siempre en la luna y las estrellas, velad por nosotros desde el más allá y dadnos hijos sanos y fuertes! - exclamó a todo pulmón la flamante gran hechicera con su fuerte acento sureño, levantando su cayado de zorro hacia el firmamento.

Al finalizar su plegaria se sentó sobre la arena alrededor de la hoguera justo al lado de Say. La matriarca entonces observó con detenimiento los trozos de carne para comprobar si ya estaban en su punto, agarró los cuartos traseros de una perdiz  y se acercó a donde estaba Tainay.

- ¡Gran hechicera, aliméntate con esta carne para que tu vida sea larga y puedas velar muchos años por nuestra salud y nuestra buena ventura! - le dijo con afecto, agradecida por haber salvado la vida de su hombre. 

- Así lo haré, gran matriarca. - le respondió asiendo la carne y dándole un mordisco a uno de los muslos.

- ¡Comed! -  ordenó a continuación la matriarca y todos se abalanzaron sobre las viandas, a excepción de Say, que esperó a que su drimish le diera media paloma torcaz, la carne que más le gustaba.

Tras darse un festín con las ricas viandas y los dulces y cremosos tubérculos, llegó el momento de la actuación de Tzah. Por suerte Nelut se había acordado de traer su collar de piedrecillas de colores, su turbante de piel de conejo, su flauta de hueso de rebeco y su instrumento de madera desde el valle de las encinas.  

Bajo la luz de una antorcha, mientras los demás miembros del clan platicaban amigablemente alrededor de la hoguera, la habilidosa Yunmá le recortó lo más que pudo su barba con un afilado cuchillo de sílex para que se pareciese a una hembra, le maquilló el rostro afeitado con arcilla amarilla y el contorno de los ojos y la boca con arcilla roja, rodeó su melena negra que ya empezaba a encanecerse con el turbante de piel de conejo, adornó su cuello con el collar de piedrecillas de colores y cubrió sus hombros con su vistosa capa de piel de hiena manchada. Tzah asió entonces su instrumento de madera con una mano y su flauta de hueso de rebeco con la otra y salió de la caverna bailando, cantando y haciendo sonar rítmicamente sus instrumentos. 

Mientras daba vueltas alrededor de la hoguera, se paró en primer lugar ante su hermana, la miró a los ojos y posó su mano derecha sobre su cabeza. Luego hizo lo mismo con Tainay y a continuación besó en la frente al gran amor de su vida y se dispuso a dar el más bonito de los espectáculos. Cantó todas las canciones de los kartzams que recordaba, tanto las tristes como las alegres, bailó contoneándose lascivamente ante su amado Say y le guiñó el ojo en señal de cariño, dejando para el final su nueva canción dedicada al mar, aunque un poco cambiada por las circunstancias.

Oh gran poza azul,
que nos das comida.
Oh gran poza azul,
que nos haces reír.
Oh gran poza azul, 
que nos limpias la mugre
y nos haces cosquillas,
...

Entonces señaló con la mano al pequeño Tariuk, que estaba recostado en el regazo de su padre y el niño continuó: "en los cacapines." Y todos rompieron a reír a carcajadas, sobretodo Say, que achuchó a su benjamín contra su pecho con su único brazo y le dio un beso en la mejilla, mientras le saltaban las lágrimas de pura alegría. 

La lobezna Eimet, que estaba echada a los pies del pequeño Guntzé, pareció comprender la alegría de su ruidosa manada de humanos e intentó imitarles emitiendo un ahullido entercortado, lo que provocó una nueva carcajada colectiva. El niño acarició entonces la cabeza a su mascota y ella le devolvió la caricia lamiéndole la cara. 

El nuevo clan del acantilado ya contaba con veinticinco miembros. En unos meses Yunmá, fecundada por Gotz, pariría el número veintiséis, en verano darían a luz por segunda vez las dos gemelas hummolt fecundadas por Laram y en otoño nacería el número veintinueve. Lo pariría la gran hechicera. Nadie sabría nunca que la había fecundado un drimish.


VIGÉSIMO SEGUNDO CAPÍTULO


Al día siguiente la gran matriarca Nelut sintió curiosidad por conocer todos los recovecos de su nuevo hogar. Cogió una antorcha de tea de pino, la encendió acercándola a las brasas de la hoguera y acompañada por la flamante gran hechicera se adentró en la profunda caverna. Tainay le fue describiendo todo cuanto allí había, haciendo una parada en su despensa de bellotas, tubérculos y acebuchinas secas y en su surtida botica de hierbas, cortezas y raíces medicinales.

Al llegar a la parte más profunda de la cueva Nelut abrió los ojos como platos. Levantó la antorcha lo más que pudo y ante ella aparecieron una docena de manos, unas blancas y otras ocres, pintadas sobre las rocas. Se le antojaron bellísimas. Estaba fascinada. Nunca antes había visto algo semejante. Tainay sonreía en silencio llena de satisfacción.

- ¿Qué es esto, Tainay? - le preguntó con ojos maravillados la matriarca.

- Son las manos de los difuntos de mi antiguo clan. Las rojas representan a los espíritus de los hombres y las blancas a los de las mujeres. Esta roja es la de mi macho y esta blanca la de mi pequeña hija devorada por el león.

- ¿Las has pintado tú? - quiso saber Nelut.

- Sí, pero sólo las más recientes. Las más antiguas las pintaron mi madre y la madre de mi madre, que fueron las matriarcas del clan. Con estas manos recordamos a nuestros antepasados y al mismo tiempo a través de sus manos sus espíritus nos protegen de todo mal.

- ¿Sólo las pintan las mujeres?

- Sí, siempre que sean matriarcas o hechiceras. Yo sé pintarlas porque iba a ser la siguiente matriarca tras la muerte de mi madre, pero en pocos años murieron todos los miembros de mi clan, salvo yo y mis dos hijos varones y ya no llegué a serlo.


- ¿Te enseñó tu madre? 

- Sí, ella y mi abuela.

- Tienes que enseñarme a pintar, Tainay. Ahora soy la matriarca y debo saber cómo hacerlo. - le dijo Nelut, mientras con el dedo índice acariciaba fascinada la mano roja que representaba al difunto macho de la insospechada artista.

- Cuando los hombres cacen un animal grande te explicaré cómo hacerlo. - le aseguró.

No tuvieron que esperar mucho. Unos días después los cazadores abatieron un viejo jabalí macho que localizaron en un lejano bosque de alcornoques, situado más allá del matorral costero yendo hacia el norte.

Con la ayuda de varios hombres la hechicera Tainay colgó al gran animal cabeza abajo atando sus patas traseras a la rama de una encina con una soga de fibras de corteza, situó una piedra ahuecada a modo de vasija bajo su hocico y le dio un gran tajo en el cuello con un afilado cuchillo de sílex. Poco a poco fue goteando la sangre del jabalí en el hueco de la piedra. Cuando Tainay creyó que ya había suficiente, la vertió en la concavidad de la gran bóveda craneal de un gigantesco hummolt, que sus antepasados habían matado en alguna lejana reyerta y entonces fue en busca de la matriarca.

Las dos mujeres se adentraron en la caverna. Nelut sentía una curiosidad irresistible, una fascinación casi infantil y al mismo tiempo una extraña aprensión, un miedo, un respeto casi religioso hacia aquellas manos que parecían llenas de poder, fuerza y vida.


Tainay dejó el cuenco de hueso en el suelo para que la sangre del jabalí reposase y se separasen sus dos componentes: el suero y el coágulo. Mientras tanto rebuscó en un montón de huesos de animal que guardaba en un rincón de la caverna y escogió una delgada tibia de lince. Con la ayuda de un afilado cuchillo de sílex a modo de sierra le recortó los extremos y con un largo punzón muy fino hecho con el húmero de un venado eliminó las trabéculas óseas de su interior y la tibia de lince quedó convertida en una especie de canuto hueco. Sopló a su través como si de una flauta se tratase y sonrió satisfecha. Nelut la había observado sin perder ningún detalle y también sonrió. Le gustaba aprender cosas nuevas.

La habilidosa maestra pasó entonces a la segunda parte de la lección. Con mucho cuidado vertió el suero que sobrenadaba sobre el coágulo en otra bóveda craneal de un hummolt y le echó un puñado de yeso finamente molido, removiendo la mezcla con el dedo índice hasta convertirla en un líquido lechoso al que añadió un poco de agua para diluirlo. Ya tenían la pintura blanca. A continuación cogió varios fragmentos de roca roja que había en abundancia en un lateral de la caverna y los golpeó repetidas veces en el hueco de una roca con un canto rodado hasta obtener un polvo muy fino, lo echó en el cuenco que contenía la sangre, le añadió un poco de agua y tras remover la mezcla con un dedo obtuvo un líquido intensamente encarnado.

Se acercaba el momento más emocionante. La mestiza estaba muy intrigada y no lograba imaginar cómo iba a pintar las manos la hechicera. 

- Nelut, enciende una antorcha e ilumina las paredes de la caverna para que yo pueda verlas bien. - le dijo con voz afable.

La matriarca obedeció diligente. Tainay cogió los dos cuencos y el canuto y con la luz de la antorcha buscó una superficie plana en una roca caliza de color blanquecino. Sorbió entonces con los labios un poco de líquido rojo, posó su mano izquierda sobre la roca y soplando a través del hueso esparció pintura alrededor de los dedos. Retiró la mano y ante los asombrados ojos de Nelut apareció una imagen idéntica en la superficie de la roca.
 

- ¡Ohhhh, qué bonita! - exclamó maravillada.

- Así se pintan las manos de las mujeres y los drimish. - le dijo la artista. - Ahora te enseñaré a pintar las de los hombres.

Sorbió nuevamente un poco de líquido rojo y soplando a través del canuto lo esparció sobre la misma superficie plana de la roca, muy cerca de la mano blanca que acababa de pintar, obteniendo así una gran mancha roja. 

- Ahora debemos esperar a que se seque. Continuaremos mañana.

Al día siguente, poco después de la salida del sol, Tainay consideró que la mancha roja ya estaba lo suficientemente seca y llamó a Nelut para continuar con la lección. Cogió la boveda craneal con la pintura blanca, sorbió un poco del líquido lechoso, posó su mano izquierda sobre la mancha roja y soplando a través del canuto esparció pintura blanca alrededor de los dedos. Retiró  la mano y apareció una mano roja sobre un fondo blanco. A Nelut le galopaba el corazón en el pecho por la emoción. Lo que había hecho Tainay con las dos pinturas era pura magia, pura brujería. Era tan sencillo y a la vez tan bonito.... Jamás lo iba a olvidar.

- Ahora ya puedes pintar las manos de tus antepasados, especialmente de los más queridos. - le dijo Tainay con una sonrisa.

Como una niña con un juguete nuevo Nelut se pasó una hora haciendo pruebas con agua sobre rocas planas del exterior de la caverna aprendiendo a utilizar el canuto de hueso de lince, hasta que creyó que ya dominaba la técnica y entonces se adentró sola hasta el fondo de su oscuro hogar iluminándose con una artorcha de tea de pino y plasmó la mano de su adorada abuela Aileh junto a las de los antepasados de Tainay. Se alejó unos pasos para comprobar que se veía bonita y se la quedó mirando con ojos emocionados un largo rato. 

Quería pintar también la mano roja de un hombre, pero no había conocido a su padre, el hummolt que violó a su madre Uloh, ni al macho de su abuela Aileh. 

Intentando recordar algún hombre ya fallecido del clan del valle del sol naciente de su niñez, de pronto se acordó del bello y a la vez trágico relato de su tío-abuelo drimish Nishtam y del cazador Brumhad que le había contado su abuela y decidió pintar sus manos. Las situó muy juntas, emparejadas una al lado de la otra.

Entonces se alejó unos pasos, contempló un buen rato en silencio antorcha en alto sus tres obras de arte y le pareció que faltaba algo junto a la mano blanca de Nishtam y junto a la roja de Brumhad.  Metió su dedo índice en la bóveda craneal que contenía la pintura blanca y dibujó un trazo largo sobre la mano que representaba al hombre-mujer. Era su inseparable instrumento de madera. Luego introdujo el dedo en la pintura encarnada y con trazos sencillos dibujó un cazador blandiendo una lanza de asta de cuerna de ciervo. Era el aguerrido cazador Brumhad. "Así sus dos espíritus permanecerán juntos para siempre en el fondo de esta caverna." - pensó con su emocionado rostro de mestiza iluminado por la inquieta luz amarillenta de la antorcha. 

Unas horas después se lo mostraba orgullosa a su hermano Tzah. Cuando le explicó su significado, el drimish enmudeció, tragó saliva, se sentó en el suelo y permaneció más de una hora contemplando fascinado las manos, el trazo blanco del instrumento de Nishtam y el hombrecito rojo con la lanza que representaba a Brumhad. En su mente creyó escuchar los desgarradores alaridos de dolor de su tío-abuelo drimish llorando sobre el cadáver de su amado cazador y dos grandes lágrimas brotaron de sus oscuros ojos de kartzam.
 

VIGÉSIMO TERCER CAPÍTULO



La herida de Say tardó todavía unas semanas en estar completamente cicatrizada. Con el cariño y cuidados de Tzah, Nelut y Tainay y su buen carácter el aguerrido cazador logró superar poco a poco el doloroso trauma psíquico de la amputación y se adaptó muy bien a su nueva limitación física. Cuando una mañana la flamante gran hechicera le retiró el emplasto de musgo, salvia, tomillo y espliego y se encontró con una piel nueva completamente sana cubriendo los músculos, el hueso, las arterias, las venas y los nervios desgarrados por las poderosas fauces del león, dio por finalizada la cura y ya no volvió a cubrirle el muñón. 

- Say, ya estás curado. Puedes bañarte en el mar cuando quieras. - le dijo para animarle. 

- Gracias, Tainay. - le respondió emocionado regalándole una amplia sonrisa. 

Tzah le miraba con ojos de cariño y sin decirle nada asió su única mano y lo arrastró al exterior de la caverna. Brillaba un sol radiante, el mar estaba calmo y el aire olía a vida. Acababa de empezar la primavera. Los dos hombres se acercaron a la orilla de la playa, se pararon sobre la arena justo en la línea del agua, se miraron a los ojos en silencio un largo rato y acabaron abrazados. Tzah desnudó entonces en primer lugar a Say y luego a si mismo y ambos se adentraron cogidos de la mano en su amada poza azul hasta que el agua les llegó a la altura del cuello. Say era inmensamente feliz sintiendo todo su cuerpo amorosamente acariciado por el fresco líquido en continuo movimiento, aspirando el delicioso aroma a mar y sobretodo leyendo en los ojos de Tzah el inmenso cariño que le profesaba. 

- Te quiero, Tzah. - le susurró emocionado.

- Y yo a tí, Say. - le respondió el drimish con dos lágrimas resbalando por sus mejillas.

Nelut, Tainay, Yunmá, las dos gemelas hummolt y las dos hembras kartzam de Iriat les observaban en silencio, tan emocionadas como ellos. Los cazadores habían partido de madrugada a su cotidiano trabajo de abastecer al clan de carne y los niños jugueteaban sobre la arena alrededor de sus madres. El acantilado miraba hacia levante y cada madrugada veían la luminosa salida del sol tras el lejano horizonte de agua.

- Emparejarles fue la mejor decisión de mi vida. - dijo de pronto Nelut casi susurrando con su cabello rojizo y sus ojos verdiazules de mestiza iluminados por los horizontales rayos del sol naciente.

Las demás mujeres permanecieron en silencio con sus miradas fijas sobre la pareja de hombres, sintiendo envidia de aquel amor tan bonito. Amaban a sus machos y ellos a su manera también las querían a ellas, pero lo que tenían ante sus ojos era algo que rozaba lo inalcanzable, algo que sólo podía existir en sueños. 

Nelut nunca se había enamorado. Sentía mucho cariño por su macho Say, con el que se había emparejado por su insistencia y su buen corazón, pero nunca había sentido por él nada parecido al amor. En realidad en lo más íntimo y recóndito de su alma amaba a las mujeres, como Veshnei, la abuela de su padrastro Etoz y bisabuela de Tzah y Laram, aunque no era consciente de ello. 

Una tarde, varios días después, Nelut salió a dar un paseo sobre la arena de la playa en compañía de la hechicera. La matriarca era seis primaveras mayor que Tainay, aunque a simple vista parecían de la misma edad. Desde que había llegado a la caverna del acantilado Nelut había perdido bastante peso, tal vez por su nueva afición a salir a caminar sobre la arena y mantenerse más activa, aconsejada por la hechicera, en lugar de permanecer todo el día echada sobre su lecho de piel de oso de las cavernas. Había recuperado pues parte de su esbeltez y su inquietante belleza mestiza. Sobrepasaba en un palmo a Tainay, como solía ocurrir con los mestizos, que aunaban en su cuerpo la robustez de los hummolts y la esbeltez de los kartzams y su sangre híbrida les hacía crecer mucho más altos que sus dos progenitores.  Esto se hacía más patente en las hembras.

No hacía frío y caminaban descalzas sintiendo la agradable sensación de la fina arena blanca bajo sus pies. De pronto Nelut tropezó con una rama de pino medio podrida que el mar había arrastrado hasta la playa. Iba a caerse hacia adelante pero Tainay reaccionó a tiempo, le asió la mano y evitó que perdiera el equilibrio. Ya no se soltaron. La matriarca miró con cariño a la hechicera para agradecerle con los ojos y una sonrisa su pronta reacción y de súbito sintió algo intenso que le hizo latir el corazón con fuerza en el pecho, un extraño subidón, una emoción desconocida, un agradable trastorno y entonces tragó saliva. Tainay sintió lo mismo y también tragó saliva. Las dos mujeres seguían caminando lentamente mirando al frente, con la misma expresión risueña dibujada en sus rostros iluminados por el sol del atardecer. Cogidas de la mano experimentaban una sensación maravillosa de complicidad, de comunión con la otra, de intimidad absoluta, como si sus dos almas se hubieran fusionado en una sola. Se acababan de enamorar como dos adolescentes sin ser realmente conscientes de ello. 

Desde aquel día se convirtieron en inseparables. Lo hacían todo juntas y cada tarde daban un gran paseo sobre la arena cogidas de la mano. Se alejaban lo más posible hasta sobrepasar una gran roca que partía la playa en dos y, ya fuera de la vista de los demás miembros del clan, se miraban a los ojos, se abrazaban con ternura y así permanecían hasta que el sol se disponía a esconderse en el horizonte. Aquel tierno e inocente amor era lo más bonito que habían experimentado en su dura vida de sacrificadas hembras reproductoras. Tainay había amado a su difunto macho y había deseado también a Tzah, pero nunca había sentido algo tan intenso, tan íntimo y tan bonito por una mujer. 

En uno de sus paseos asió la mano de Nelut y la posó sobre su vientre para que supiera que estaba encinta, aunque no le dijo quién era el padre. La matriarca pensó que tal vez su macho la había fecundado antes de morir bajo las fauces del león poco antes de llegar ellos a la cala del acantilado y no le hizo preguntas. La amaba con todas sus consecuencias. La ayudaría a parir al niño y a criarlo, y nada las separaría. 

Un día la menor de las cuatro hijas de Nelut se alejó de la caverna persiguiendo a un lagarto ocelado y descubrió a su madre y a la hechicera sentadas muy juntas sobre la arena, mirándose a los ojos y dándose un largo beso. Sorprendida y perpleja corrió hacia donde estaban su padre y su tío Tzah y les contó lo que acababa de ver. Los dos hombres también se sorprendieron, pero enseguida comprendieron y se sonrieron con complicidad. Sabían que la niña se lo contaría también a las mujeres y no impidieron que lo hiciera. Deseaban que Nelut fuera feliz, que pudiera amar a Tainay sin esconderse, como ellos tampoco lo hacían.

La matriarca y la hechicera le echaron valor a la situación y al cabo de media hora aparecieron cogidas de la mano como si fuera la cosa más natural del mundo. No dijeron nada, no tenían porqué dar explicaciones. Ninguna de las dos estaba emparejada con un macho. Eran por tanto mujeres libres y en libertad iban a amarse a su manera.

Desde aquel día pasaron a dormir juntas bajo la misma manta de piel de buey almizclero. Nadie se metió con ellas, ni siquiera los niños hicieron preguntas. Al fin y al cabo eran las dos mujeres más poderosas del clan. A sus casi treinta y ocho primaveras por fin Nelut era feliz. 

VIGÉSIMO CUARTO CAPÍTULO
 
Una madrugada de principios de verano Yunmá, ayudada por Tainay y Nelut, dio a luz al primogénito de Gotz. El adolescente estaba exultante de alegría. Era ya padre con sólo quince primaveras. Antes de salir de caza con los demás hombres quiso ver a su hijo. Yunmá le estaba dando el pecho por primera vez y abrió la piel de zorro que rodeaba el tembloroso cuerpo del bebé para que Gotz pudiera verlo. Era un varón sano, robusto y hermoso. A su joven padre le brillaban los ojos por la emoción y miraba embelesado a su retoño. 

- ¿Cómo lo vas a llamar, Yunmá? - le preguntó casi susurrando, mientras se acercaban Say y Tzah, los flamantes abuelo y tío-abuelo del recién nacido, que también deseaban verlo.

- Lo llamaré Endiak, el hijo del mar. ¿Te gusta?

- Me gusta mucho. - contestó el muchacho, mientras archivaba en su memoria el nombre de su primogénito.

- Es un nombre lleno de fuerza, como el mismo mar. - opinó el drimish.

Iriat y Laram esperaban a Gotz fuera de la caverna con sus armas preparadas para adentrarse en el matorral y empezar la jornada de caza. El muchacho tardaba un poco en salir pero ellos sabían el motivo y no se impacientaron. En cuando apareció en el umbral de la entrada le felicitaron efusivamente con un sonoro ululato kartzam golpeándole la espalda con la mano. Gotz no cabía en sí de orgullo. Ya no podía ser más feliz. Ahora tenía un poderoso motivo para salir de caza: alimentar a su hembra y a su hijo Endiak.

Aquella mañana Say ayudó a Tzah a acarrear leña para avivar la hoguera. Aunque sólo tenía un brazo seguía siendo muy fuerte y arrastraba grandes ramas hasta la entrada de la caverna. Una vez allí con la ayuda de uno de sus pies la partía en trozos más pequeños y los iba echando sobre las ascuas que permanecían encendidas de la noche anterior.

Como siempre hacían las hembras después de parir, Yunmá debía comerse la placenta para que le diera fuerzas para producir abundante leche, pero cruda era muy difícil de masticar y los kartzams se acostumbraron a asarla para que fuera más tierna y digerible. Así pues, cuando Tainay salió con la ensangrentada placenta de Yunmá en las manos, Say aplanó las brasas y la hechicera la echó encima para que se asase. Con la ayuda de un palo le dio la vuelta un par de veces y cuando creyó que ya estaba en su punto, la ensartó con el mismo palo y se la llevó hacia el interior de la caverna para dársela a la parturienta. Se la debía comer entera, sin dejar nada. No acabársela era un mal presagio. El bebé podía morir o crecer débil y enfermizo. 

Yunmá hizo un gran esfuerzo y tras una larga hora masticando con desgana consiguió acabársela. La verdad es que sazonada con un poco sal estaba bastante buena, sabía a hígado a la brasa. Las mujeres conseguían la sal recogiendo la que se cristalizaba sobre las rocas costeras tostadas por el radiante sol sureño. 

A media tarde volvieron los tres cazadores cargados con las piezas que habían abatido. Gotz estaba ansioso por ver de nuevo a su hembra y su primogénito. En su talega llevaba una golosina para Yunmá: dos puñados de arándanos y otros dos de moras de zarzamora. Sabía que eran sus frutas preferidas. 

Cuando su hembra le vio aparecer en el umbral de la caverna le regaló una dulce sonrisa. Amaba a su joven macho. La verdad es que Gotz se hacía querer. Era la ternura hecha hombre. Siempre, sin excepción, se acordaba de su amada hembra y a la vuelta de la jornada de caza le llevaba un pequeño detalle, una fruslería, cualquier cosa que a ella le pudiera gustar: unas piedrecillas de colores, una caracola de mar, unas flores bonitas que olieran bien o alguna golosina para comer.

Cuando Gotz le ofreció los pequeños frutos que con tanto cariño había recogido para ella, Yunmá abrió los ojos como platos, se le llenó la boca de saliva, cogió las frutillas de la mano de su macho, las puso sobre una piel de conejo y se las fue comiendo de una en una saboreándolas poco a poco con expresión risueña de placer. Hacer feliz a su hembra alegraba el corazón al muchacho. La amaba con toda el alma. 

A Yunmá aquellas deliciosas y refrescantes frutillas le sentaron de maravilla, tras el empacho de placenta asada de la mañana. Le sirvieron para quitarse el regusto a sangre que le había quedado en la boca. Mientras se las comía, como si quisiera agradecerle el detalle, animó a Gotz a coger en brazos al pequeño Endiak y se lo pasó envuelto en la piel de zorro. El muchacho salió al exterior de la caverna para ver mejor la carita de su hijo bajo la luz del atardecer y se acercó a su madre que estaba allí cerca adobando unas pieles. 

- Mira, madre, tu nieto tiene el pelo rojo como tú. - le dijo lleno de orgullo mostrándole la cabecita de Endiak iluminada por los rayos del sol. 

- Es medio hummolt como yo, pues.  - le contestó ella con una sonrisa.

La matriarca bajó entonces la cabeza y dos grandes lágrimas resbalaron por sus mejillas. Se acababa de acordar de su adorada madre Uloh y la echó de menos. ¿Seguiría viva? - se preguntó con un nudo en la garganta. De pronto deseó volverla a ver antes de que muriera y tomó la firme decisión de hacer el largo viaje hacia el norte en cuanto llegase la próxima primavera. 

Unas semanas después parieron las dos gemelas hummolts con sólo tres días de diferencia. Ritzah dio a luz a una hembra y Nunlay a un varón. Ya tenían pues una parejita cada una de ellas. Laram quería a sus dos hembras por igual. Eran tan parecidas que muchas veces no las distinguía y se equivocaba de nombre. Ellas amaban a su macho, no sentían celos una de la otra y eran felices con su rol de hembras reproductoras. No conocían nada más ni aspiraban a otra cosa. Era lo que habían aprendido en el clan de hummolts donde se habían criado. 

Nelut y Tainay seguían amándose como el primer día y cada tarde salían a dar una vuelta sobre la arena en completa intimidad. Aquel paseo se había convertido en una rutina. Para ellas era como una droga de la que necesitaban tomar una nueva dosis cada día. El vientre de la hechicera se agrandaba a pasos agigantados. Las piernas se le habían llenado de gruesas varices y pronto le llegaría la hora de parir.

En uno de los paseos con su amada Nelut de pronto sintió la primera contracción, precisamente cuando más alejadas estaban de la caverna. Enseguida rompió aguas, el líquido amniótico le resbaló por las piernas y en cuestión de pocos minutos las contracciones se hicieron tan intensas y frecuentes que ya no pudo seguir caminando de vuelta a la caverna. Se sentó de cuclillas sobre la arena ayudada por Nelut y se dispuso a alumbrar al hijo del drimish. 

Repentinamente, sin saber porqué, sintió el deseo de revelar la verdad a su amada y le dijo quién era el padre de la criatura que estaba a punto de dar a luz. La matriarca se sorprendió tanto que quedó bloqueada durante unos segundos. No se podía creer que su hermano drimish hubiera sido capaz de yacer con una hembra. "Fue culpa mía, él no quería. Tuve que utilizar toda mi astucia de mujer para conseguir que su colgajo se endureciera. Tzah es tan hermoso..." - le aseguró Tainay con voz temblorosa, como si estuviera confesando un grave delito.

Nelut tragó saliva. En su corazón hervía un extraño y a la vez poderoso sentimiento contradictorio, mitad celos de su hermano, mitad ternura por él, y al mismo tiempo se sentía traicionada, engañada, no sólo por Tainay por no haberle dicho la verdad desde un principio, sino también por Tzah por su falta de confianza hacia ella, pues desde niños siempre se lo habían contado todo.

La matriarca era muy inteligente, tenía un gran corazón y quería con locura tanto a su hermano como a Tainay. En pocos segundos reaccionó, pensó que no tenía ningún derecho a recriminarles nada de lo que habían hecho en el pasado y súbitamente supo lo que debía hacer. Dejó a la parturienta sobre la arena bregando con sus contracciones y recorrió un largo trecho hacia la caverna, el suficiente para que Tzah oyera sus gritos.

- ¡Tzah, ven enseguida. Quiero que veas una cosa! - le llamó al verlo aparecer tras un acebuche cargado con un gran haz de leña. 

- ¡Ahora voy, hermana! - le respondió él con voz afable.

El drimish por suerte se encontraba completamente solo en aquel preciso momento. Say estaba intentando arrancar una rama seca de un pino para llevársela hacia la caverna y las mujeres estaban recogiendo mejillones de roca, ostras, caracolas y erizos de mar sobre unas rocas muy alejadas bañadas por el agua marina. 

Tzah tenía treinta y cinco primaveras y estaba en su plenitud como hombre. Mientras caminaba sobre la arena al encuentro con su hermana, con su fornido cuerpo iluminado por los rayos del sol y su oscura cabellera y su poblada barba revoloteando al aire mecidas por la cálida brisa que soplaba desde el mar, Nelut lo observaba fijamente con sus poderosos ojos verdiazules, no como su hermana sino con ojos y corazón de hembra y sí, realmente su hermano era muy bello y deseable, una tentación casi irresistible para cualquier mujer. Tragó saliva, inspiró profundamente y se dispuso a recibir a Tzah.

- ¿Qué ocurre, hermana? 

- Tu hijo está a punto de nacer.

- ¿Mi hijo?

- Sí, el que engendraste en el vientre de Tainay. 

Nelut se lo echó en cara con cierta acritud, como una pedrada en plena cara. El drimish tragó saliva y no respondió. De pronto se acordó de los encuentros furtivos que tuvo con la que un día sería la hechicera y comprendió. Hasta entonces había creído que Tainay estaba preñada de su difunto macho y ni por atisbo había sospechado que él fuera el responsable de aquel embarazo. 

En completo silencio, uno al lado del otro, se dirigieron hacia donde estaba Tainay. El feto ya asomaba su cabecita que brillaba ensangrentada entre las piernas de su madre iluminada por los rayos horizontales del sol poniente. La experimentada Nelut la asió, tiró con suavidad rotándola hacia un lado para facilitar la salida de un hombro, luego hizo lo mismo con el otro hombro y en un último esfuerzo Tainay dio a luz a un precioso varón lleno de vida, que no lloró, sólo carraspeó para echar las mucosidades que le impedían respirar y permaneció tranquilo en el regazo de su madre, que lloraba y reía a la vez  de pura alegría.

Tzah también lloraba. Estaba profundamente emocionado. Jamás se hubiera imaginado que un día vería nacer a un hijo suyo, el hijo de un drimish, el hijo de un hombre-mujer. Nelut le acarició su barbuda mejilla y le dio un beso en la frente, mientras le susurraba: "No temas. Jamás revelaré tu secreto y Tainay tampoco lo hará."

- Lo llamaré Sindrú, el hijo del ocaso. - exclamó de pronto la agotada madre, tras expulsar la placenta.

VIGÉSIMO QUINTO CAPÍTULO

Unas semanas después empezó súbitamente el invierno con una gran ventisca que, hacia el norte, en el valle del sol naciente y el valle de las encinas, cubrió los bosques con una gruesa capa de nieve y en las costas del sur embraveció el mar levantando olas gigantescas que chocaban furiosas contra el acantilado, y alguna llegaba a penetrar varios metros en el interior de la caverna. Salir de caza era muy peligroso y buscar moluscos y crustáceos sobre las rocas litorales era un suicidio. Los veintinueve miembros del clan del acantilado permanecieron en el interior de la cueva durante una larga semana. Habían sido previsores y tenían gran cantidad de rizomas, tubérculos, bellotas, avellanas, nueces, piñas de pino, arañones, manzanitas de majuelo y acebuchinas secas almacenadas en una de las concavidades laterales que utilizaban como despensa. La matriarca era la encargada de dosificar lo que se podían comer cada jornada para que las reservas les cundieran el máximo de días sin llegar a pasar hambre. Para matar el tiempo se entretenían abriendo las piñas acercándolas al fuego para consumir luego los piñones que recogían sobre pieles de corzo.


El octavo día de temporal, ya por la tarde, el viento gélido amainó por fin y casi a puesta de sol el cielo se despejó y el astro rey logró brillar durante media hora antes de desaparecer tras la línea horizontal de poniente. Durante la noche las olas fueron perdiendo poco a poco su bravura y en la madrugada del día siguiente el mar amaneció calmo y el cielo lució un intenso color azul limpio de nubes. 

Todos los adultos y niños mayores, a excepción de Yunmá y Ritzah que permanecieron en el interior de la caverna cuidando de los bebés, salieron provistos de varios cestos de tallos de bejuco entretejidos por las hábiles manos de Tainay y unas cuantas talegas de cuero con la intención de recoger el máximo de animalillos de mar y darse un festín de algo más sabroso que las bellotas rancias, los tubérculos asados, los piñones y las acebuchinas secas.

A mediodía los mariscadores dieron por finalizada la recolecta de frutos del mar y se adentraron en el interior de la caverna para proceder a asarlos sobre las brasas de la fogata. Dos horas más tarde habían acabado con toda aquella deliciosa comida que les había regalado la gran poza azul y entonces, ahítos y felices, se entretuvieron platicando y jugando con los niños hasta la hora del ocaso. 

Al día siguiente continuaba el tiempo calmo y los cazadores pudieron salir de caza abrigados con sus gruesas y cálidas prendas confeccionadas por las mujeres. 

Durante las siguientes semanas brilló el sol cada día y poco a poco, casi sin darse cuenta, el aire se hizo más cálido y empezó la ansiada primavera. Para la matriarca había llegado la hora de partir hacia el valle del sol naciente para ver a su anciana madre Uloh, si es que todavía vivía. Una luminosa mañana partió hacia el norte con sus hermanos Tzah y Laram y dos de sus cuatro hijas con la idea de llegar aquella misma tarde en una primera etapa del viaje al valle de las encinas. 

Los dos hombres conocían bien el camino. Lo habían recorrido en varias ocasiones. Llegaron a media tarde y al entrar en la caverna un olor intenso muy conocido por ellos les hizo erizar todos los pelos de su cuerpo.  "¡Osos!" - exclamó Tzah en voz baja y sin pensárselo dos veces salieron a toda prisa y se adentraron en el encinar. Durante un largo rato permanecieron acurrucados y en completo silencio tras unas matas, desde las que podían ver la entrada de la cueva, a la espera de que saliera algún oso de las cavernas, pero todo parecía estar en calma. Se acercaba la puesta del sol y en un par de horas deberían tomar una decisión: atreverse a entrar en su antiguo hogar para pasar la noche en un lugar abrigado o buscar unas rocas orientadas hacia el sur que les permitieran estar a resguardo del frío viento del norte. 

Los gruñidos entrecortados de una enorme osa llamando a sus cachorros les sobresaltó a sólo unos treinta pasos. Por suerte el viento les venía de cara y alejaba su fuerte olor humano del fino olfato de la fiera. Con un nudo en la garganta vieron como la familia de úrsidos se adentraba en el interior de la caverna que ahora era su guarida. Tendrían que pasar la noche bajo las estrellas. 

- Tzah, ¿te acuerdas de la cueva de los hummolts donde tú y Say encontrasteis a Nunlay? - le preguntó Laram a su hermano.

- Sí, la recuerdo bien y no queda lejos. Podríamos pasar allí la noche. - le respondió el drimish.

- Vamos, pues. 

El sol se estaba poniendo. Tendrían que darse mucha prisa si querían llegar a la caverna sin perderse en el laberinto del tupido encinar. Por suerte la luna estaba en cuarto creciente y su lívida luz cenicienta era suficiente para sus ojos avezados a caminar en la fosca penumbra del bosque. En una hora estuvieron ante la cueva de los hummolts. Nadie la había ocupado y el intenso aroma de sus antiguos moradores se había disipado con el paso del tiempo. Ahora olía a humedad, a tierra mohosa, a aire estancado, o sea, a caverna. Las pieles amontonadas de oso y buey almizclero seguían en su sitio y parecían conservarse bastante bien. Les serían muy útiles para protegerse del frío.

Recogieron leña seca de los alrededores y encendieron una fogata en el interior de la gruta para asar los dos conejos que Tzah y Laram habían cazado con sus hondas durante el trayecto desde el acantilado. No era mucha carne, pero sí la suficiente para apaciguar el estómago de los cinco.

Pasaron la noche sin sobresaltos y al salir el sol, nada más clarear al alba, emprendieron el camino hacia el valle del sol naciente. Al mediodía llegaron al río que abastecía de agua a los miembros de su antiguo clan. El viejo nogal seguía tan imponente y lozano como hacía diecisiete primaveras. Nelut al verlo se acordó de cuando quedaron con Say al pie de su tronco aquel infausto día en que la matriarca les echó del clan. Mientras acariciaba su rugosa corteza, sus ojos se humedecieron por la emoción del recuerdo. Había pasado tanto tiempo... ¿Seguiría viva la malvada matriarca Daylay? - se preguntó con el pensamiento.

Al cabo de media hora estaban apostados tras unas rocas observando el trajín de mujeres y niños entrando y saliendo de la caverna. No reconocieron a ninguna de las hembras adultas, entre las cuales seguramente estaban sus hermanas. Una anciana encorvada de pelo canoso salió de pronto de la cueva caminando a pequeños pasos, apoyándose en un bastón con una mano y en el hombro de una niña con la otra y se sentó sobre una roca a tomar el sol de la mañana. Por su indumentaria parecía ser la matriarca. Unos niños que estaban jugando a perseguirse pasaron corriendo por su lado, uno de ellos le dio un golpe sin querer y ella lo reprendió. Al escuchar su voz a Nelut le dio un vuelco el corazón. Acababa de reconocer a su progenitora. 

- ¡Madre! - la llamó loca de alegría, mientras corría hacia la anciana.

- ¡Nelut! ¿Eres tú, hija mía? - le preguntó mirando al vacío.

- Sí, madre, soy tu hija. - le respondió mientras asía las manos que la vieja Uloh había alargado hacia ella. 

- ¡Mi hija del bosque! Acércate para que te acaricie y te huela. Mis ojos se han nublado y no puedo verte. 

Uloh había perdido la vista hacía un par de primaveras. Con las dos manos acarició el rostro de su hija y a continuación le olió su encanecido cabello rojizo de mestiza. 

- Sí, eres mi primogénita. Tu pelo sigue oliendo igual. - exclamó la anciana mientras posaba su mano derecha sobre la cabeza de Nelut y ésta hacía lo mismo con su madre.

Dos regueros de lágrimas brotaron de los ojos de las dos mujeres. Seguían queriéndose con toda el alma. 

- Madre, ¿te acuerdas de mí? Soy tu hijo drimish. - le dijo Tzah con voz temblorosa por la emoción.

- Sí, claro que me acuerdo de mi pequeño hombre-mujer. - le contestó Uloh acariciándole su barbuda mejilla.

Laram también saludó a su madre. Ella le acarició la cara y le olió el cabello, pero no lo reconoció, aunque no le dijo nada para que no se sintiera despreciado. Su memoria, al igual que sus ojos, también se había nublado y no recordaba al benjamín de sus diez hijos.

Sólo tres lunas después de expulsarles del clan, la malvada matriarca Daylay falleció de unas fiebres extrañas y Uloh fue elegida por las hembras más ancianas como su sustituta. Llevaba pues diecisiete años ostentando el cargo de máxima autoridad. Era una matriarca justa, prudente y buena, y todos la querían y respetaban. El haberse quedado ciega no menoscababa en nada sus funciones, pues se mantenía perfectamente informada de todo cuanto acontecía y sus sabios consejos y acertadas decisiones habían mantenido la paz y el bienestar de los kartzams del valle del sol naciente. 

Etoz, el padre de Tzah y Laram y padrastro de Nelut, había fallecido cinco años atrás por las heridas causadas por una pareja de hienas manchadas, que atacaron a los cazadores para robarles un bisonte que acababan de abatir. Cuando los hombres lograron matarlas, a una atravesándole el corazón con una lanza de cuerna de ciervo y a la otra de una certera pedrada en la cabeza, Etoz tenía el cuello desgarrado y ya nada pudieron hacer para salvar su vida. 

Los visitantes fueron acogidos como si fueran cinco miembros más del clan del sol naciente. La matriarca Uloh así lo dispuso y todos acataron su decisión. Sus siete hermanos y hermanas seguían vivos, pero tras diecisiete años de separación sólo se acordaban de Nelut, su hermana mayor, que había sido para ellos como una segunda madre. Sus dos abuelas, Aileh y Metzet, hacía ya muchas primaveras que habían fallecido.

Aquella noche la matriarca quiso celebrar el reencuentro con sus hijos y sus dos nietas organizando una gran fiesta. En el valle del sol naciente no había ningún drimish, entre otros motivos porque los cazadores los despreciaban por su afeminamiento y su supuesta cobardía. A Uloh le hacía mucha ilusión escuchar las antiguas canciones de los kartzams cantadas por su hijo Tzah. Desde la muerte de su madre Aileh nadie había vuelto a cantarlas. 

Así pues durante toda la tarde las mujeres y los niños acarrearon leña seca desde el cercano robledal y formaron con ella un gran montón justo delante de la entrada a la caverna. Mientras tanto los cazadores del clan, acompañados por Tzah y Laram, cogieron sus armas y se adentraron en la espesura del bosque con la idea de cazar un animal grande. Al cabo de unas horas volvieron cargados con un gran jabalí macho que había abatido Tzah de una certera lanzada. Ninguno de los hombres sabía ni sospechaba que él fuera drimish. Con astucia había imitado a la perfección los rudos gestos de los cazadores y había embrutecido su voz para quitarle su afeminamiento. No tardarían mucho tiempo en llevarse una gran sorpresa.

Al volver de la batida de caza, Tzah entró en la caverna acompañado de su hermana Nelut y su madre Uloh, con la escusa de contarse los avatares de sus azarosas vidas, aunque en realidad lo que buscaban era quedarse a solas, mientras los cazadores por orden de la matriarca encendían una gran hoguera y las mujeres abrían el vientre del jabalí, le sacaban las vísceras, desechando la vejiga, el estómago y los intestinos, que dos de ellas llevaron lejos de la caverna para que se los comieran los buitres, y le chamuscaban las cerdas de su correosa piel con la llama de varias ramas encendidas.

Tzah le narró a su madre su vida de drimish en el valle de las encinas y en la caverna del acantilado sin omitir su emparejamiento con Say y el nacimiento de su único hijo Sindrú. Por su parte Nelut le explicó que le había dado seis nietos y un bisnieto y que ahora era la matriarca del clan del acantilado. No le habló de su emparejamiento con Tainay, pues pensó que su anciana madre no iba a entender que dos mujeres pudieran amarse, como sí comprendía el amor entre dos hombres.

Tras conversar un largo rato, Nelut recortó la barba de su hermano con un afilado cuchillo de sílex, le maquilló el rostro con arcilla amarilla y el contorno de los ojos y los labios con arcilla roja, le recogió su abundante cabellera negra con su turbante de piel de conejo, rodeó su cuello con su collar de piedrecillas de colores, cubrió sus hombros con su vistosa piel de hiena manchada y finalmente sacó de su talega el instrumento de madera y la flauta de hueso de rebeco y se los puso en las manos. "Estamos listos, madre." - le dijo a su progenitora. Nelut por un lado y Tzah por el otro asieron las manos de la invidente matriarca y los tres salieron juntos de la caverna y se dirigieron hacia la gran hoguera que los hombres habían encendido, sobre cuyas brasas se estaba asando la carne del jabalí. 

Todos les estaban esperando sentados sobre piedras planas alrededor del fuego. Nelut ayudó a su madre a sentarse sobre la elevada piedra que servía de trono a la matriarca y ella se sentó a su lado. Tzah permanecía de pie y en silencio esperando la orden de Uloh. 

- ¡Drimish, hijo mío, cántanos las canciones de nuestros antepasados kartzams! - le ordenó con voz cariñosa la matriarca.

Tzah estaba muy emocionado. Nunca hubiera imaginado que un día cantaría y bailaría ante los ojos de los cazadores de su antiguo clan. Sabía que despreciaban a los hombres afeminados, pero sólo unas horas antes les había dado muestras de su valentía abatiendo él solo al gran jabalí. Cuando vieron a Tzah maquillado y vestido como un hombre-mujer y sobretodo al escuchar la palabra drimish de la boca de su adorada matriarca, abrieron sus ojos como platos por la sorpresa y a continuación fruncieron el ceño visiblemente molestos, aunque por respeto hacia la jefa del clan permanecieron sentados y en silencio.

El drimish posó su mano derecha sobre la cabeza de su madre y luego sobre la de su hermana, en un gesto de afecto propio de las mujeres que desagradó a los cazadores y acto seguido empezó su espectáculo bailando sin voz al ritmo de la música del instrumento de madera el más sencillo y primitivo de los bailes de los kartzams. Continuó luego cantando las antiguas canciones de su tío bisabuelo drimish Nishtam, que su abuela Aileh le había enseñado, mientras bailaba alrededor de la hoguera haciendo sonar acompasadamente su instrumento de madera y su flauta de hueso de rebeco. Para evitar problemas no se contoneó lascivamente ni se insinuó a los machos más hermosos guiñándoles un ojo, como solían hacer los drimish. 

Tzah sudaba copiosamente por el calor que irradiaba la hoguera y el esfuerzo de bailar, cantar y hacer sonar a la vez los dos instrumentos. Nelut animó a las demás mujeres a acompañar el espectáculo con palmadas y Laram hizo lo propio con los hombres, que se resistieron al principio pero poco a poco se fueron animando y acabaron riendo a carcajadas con las divertidas letras de las últimas canciones compuestas por el propio Tzah. La verdad es que todos los miembros del clan del sol naciente estaban encantados. Nunca antes habían visto un espectáculo tan bonito. En sus insulsas y monótonas vidas de cazadores-recolectores se limitaban a sobrevivir cada día sin ninguna diversión.

La carne ya estaba asada, pero todos se habían olvidado del hambre, fascinados por el espectáculo. De pronto Nelut notó el olor a carne requemada y se lo dijo al oído a su madre. Ésta reaccionó enseguida, levantó el brazo derecho y Tzah paró de cantar y bailar. 

-¡Comed! - les ordenó con su temblorosa voz de anciana.

Tras acabar con toda la carne del gran jabalí, el drimish volvió a cantar varias letras de su extenso repertorio y acabó con la canción dedicada a la gran poza azul, aún a sabiendas de que ninguno de los miembros de su antiguo clan había visto nunca el mar. Por supuesto sabían perfectamente lo que era una poza.

Oh gran poza azul
que estás calentita.
Oh gran poza azul
que estás muy salada.
Oh gran poza azul
que no te estás quieta
y me haces cosquillas
en los cataplines.

Y al acabar Tzah les hizo una seña a sus hermanos Nelut y Laram y ellos repitieron como lo hacía el pequeño Tariuk: "y me haces cosquillas en los cataplines."
 
Esto último sí lo comprendieron perfectamente los espectadores y rompieron a reír a carcajadas, sobretodo los hombres, pidiendo una repetición de la canción al drimish. Tzah había tenido un éxito rotundo, se había ganado a su publico sin excepción y había triunfado en el clan que un día le obligó a marcharse.

Por supuesto accedió a su petición y volvió a cantar la canción de la gran poza azul, y esta vez fueron todos, incluidos los cazadores, quienes continuaron la canción en una explosión de alegría y felicidad que jamás olvidarían. Habían dejado de odiar y despreciar a los drimish. 

Al acabar el espectáculo, Tzah posó la mano derecha sobre la cabeza de su emocionada madre, y dos regueros de lágrimas brotaban de los cegados ojos de la anciana. 




VIGÉSIMO SEXTO CAPÍTULO


Los miembros del clan del sol naciente quedaron tan fascinados con el espectáculo del drimish que quisieron que lo repitiera cada noche. Entre los machos jóvenes todavía sin emparejar había dos hijos de una prima segunda de Say. El mayor de ellos, de nombre Unlán, tendría unas dieciséis primaveras y Ngaeh, el menor, unas quince. Durante las fiestas nocturnas alrededor de la hoguera no dejaban de mirar a las dos hijas de Nelut, que rondaban ambas las trece primaveras, puesto que sólo se llevaban once meses escasos y ya lucían en su rostro el maquillaje de arcilla roja y en su cuello el collar de dientes de jabalí propios de las hembras jóvenes que ya habían sangrado por primera vez. Ambas habían heredado el rojizo cabello hummolt de su madre, que iluminado por las llamas de la gran hoguera se veía todavía más rojo, y a los dos muchachos se les antojó muy bonito. Era muy diferente al monótono cabello castaño oscuro de los kartzams. 

Unos días después, sospechando que los visitantes pronto se marcharían y con ellos las dos chiquillas, los adolescentes se armaron de valor y se atrevieron a hablar con Uloh.

- Gran matriarca, necesitamos tu sabio consejo. - le dijeron al unísono a la anciana, que como cada mañana estaba sentada sobre una roca tomando el sol.

- Decidme, os escucho.

- Nos gustan mucho las dos hembras jóvenes que han venido con tu hija. Desearíamos emparejarnos con ellas, si a ti te parece bien.

-  No son hembras de nuestro clan y yo no tengo potestad sobre ellas. Deberá ser su madre quien os conteste. ¡Nelut, hija mía, ven! - la llamó, sin saber que ella estaba a sólo tres pasos y había escuchado la exposición de los dos jóvenes con una amplia sonrisa dibujada en su rostro.

La mestiza en realidad lo había planeado así cuando pidió a sus dos hijas que la acompañasen en su viaje hacia el norte. No era bueno que en un clan tan pequeño como era el del acantilado cuatro hermanas tuvieran descendencia, con el peligro de que en un futuro sus nietos se emparejasen entre ellos y tuvieran hijos enfermos por la consanguinidad. Así que se las llevó con ella con la intención de intercambiarlas por dos hembras jóvenes de su antiguo clan del sol naciente.

- Aquí estoy, madre. - le dijo Nelut.

- Estos dos machos quieren emparejarse con tus hijas. ¿Te parece bien?

- Si ellas están de acuerdo, sí. - le contestó risueña.

 - Llámalas, pues.

 - ¡Mirfú, Tuineh, venid!

Nelut sabía que a las chiquillas también les gustaban los dos pretendientes. Había observado como les lanzaban miradas y sonrisas furtivas mientras el drimish danzaba y cantaba alrededor de la hoguera. La mestiza era muy inteligente, como todos los híbridos y no se perdía ningún detalle de cuanto acontecía a su alrededor. Su plan estaba dando los frutos esperados.

- ¿Qué quieres, madre? - le preguntaron a Nelut sin sospechar nada.

- Estos dos machos quieren emparejarse con vosotras. ¿Aceptáis ser sus hembras?

Mirfú miró a los ojos a Unlán y le sonrió, y Tuineh hizo lo propio con Ngaeh. Las dos lo tenían muy claro.

- Aceptamos, madre.

- Estáis dispuestas a quedaros aquí con ellos. 

- Sí, madre.

- Pues por mi parte tenéis mi aprobación. - sentenció Nelut. 

- Y por mi parte también. - añadió la anciana matriarca Uloh.

- Madre, según las buenas costumbres de los kartzams, al perder yo dos hijas, debería llevarme a cambio dos hembras jóvenes de vuestro clan. - le recordó la mestiza con voz cariñosa a su progenitora. 

- Hay dos niñas huérfanas, que perdieron a su madre por una úlcera que le carcomió un pecho y a su padre por unos vómitos de sangre negra, que tal vez querrían venir contigo. ¡Ngaeh, búscalas y tráelas ante mí!

- Voy ahora mismo, gran matriarca.

Unos minutos más tarde volvió con las dos niñas. Ninguna de las dos era todavía mujer. Aunque se llevaban un año, parecían gemelas. Iban siempre cogidas de la mano y dormían juntas bajo la misma manta de piel de oso de las cavernas. Desde la muerte de su madre cuatro lunas atrás la sonrisa se había borrado de sus rostros y se mostraban tristes y esquivas. Nelut les sonrió y les acarició el cabello. Su instinto maternal le hacía sentir una gran ternura por ellas. 

- ¿Queréis venir conmigo al acantilado de la gran poza azul? - les preguntó con voz cariñosa.

Ellas no respondieron. Levantaron sus ojos con timidez y la miraron con su carita triste. Parecía que iban a echarse a llorar en cualquier momento.

- Si venís conmigo yo seré vuestra nueva madre. Soy la matriarca de mi clan y os protegeré para que nada ni nadie os pueda hacer ningún daño. - les aseguró poniéndose de cuclillas para estar a la altura de sus ojos, mientras les regalaba la más dulce y tierna de sus sonrisas. 

Las niñas se miraron fijamente durante unos segundos, se leyeron el pensamiento y ambas contestaron a Nelut diciéndole sí con la cabeza. 

Un par de días después Nelut, Tzah, Laram y las dos huérfanas del clan del sol naciente partieron hacia el sur. Como en la ida, en la vuelta hicieron de nuevo escala en la caverna de los hummolts y al día siguiente a primera hora de la tarde llegaron a su cálido hogar del acantilado. 


Las niñas por fin supieron como era la gran poza azul cantada por el drimish y quedaron impactadas por su inmensidad, su fascinante color y su agradable aroma. Cogidas de la mano se sentaron sobre una roca a unos pasos de la línea de la playa y así permanecieron un largo rato, en silencio, sin separar sus ojos castaños del mar que, como si quisiera darles la bienvenida, aquella tarde lucía para ellas un luminoso vestido azul turquesa. 

Say había salido a pasear sobre la arena con su amado drimish y al pasar por delante de las niñas percibió en sus ojos la misma fascinación por el mar que él sentía, le hizo una seña a Tzah, éste comprendió sin palabras, y con toda la dulzura de la que fueron capaces invitaron a las pequeñas a bañarse por primera vez en su vida en la gran poza azul. El drimish se había ganado su confianza durante el largo viaje de vuelta y sorprendentemente las niñas parecieron encantadas con la idea y se pusieron de pie sin soltarse de la mano. 

Los dos hombres se desnudaron ante las huérfanas como si fuera la cosa más natural del mundo, ellas comprendieron y también se quitaron su sencillo vestido de pieles, pero enseguida volvieron a cogerse de la mano.  Esto les daba seguridad. Entonces Say asió la manita libre de Mirfú con su única mano y Tzah hizo lo propio con Tuineh y los cuatro se adentraron poco a poco en el agua. 

Nelut y Tainay les observaban risueñas apostadas junto a la entrada de la caverna y en un impulso se cogieron de la mano, se acercaron a la línea de la playa, se desnudaron y se metieron en el agua siguiendo a los dos hombres y las niñas. 

A los pocos minutos los seis bañistas reían a carcajadas echándose agua, jugando a perseguirse, gozando como nunca de aquel paraíso azul turquesa. Las niñas chillaban divertidas con el juego que se acababa de inventar el drimish. Las cogía por las manos y las hacía dar vueltas a su alrededor como si volasen sobre el agua, para luego soltarlas de improviso, logrando con ello que ambas pequeñas abandonasen su eterna tristeza y fueran felices por primera vez tras la muerte de su madre. 

Al día siguiente a media tarde todos los miembros del clan del acantilado quisieron jugar a aquel divertido juego y sus risas y chillidos de alegría acallaron durante un par de horas la monótona música del eterno vaivén de las olas chocando contra las rocas.

VIGÉSIMO SÉPTIMO CAPÍTULO

La vida de los miembros del clan del acantilado transcurrió apacible y sin sobresaltos durante las siguientes primaveras. Las algas y los animalillos de mar abundaban sobre las rocas costeras y lo mismo ocurría con la caza menor del cercano matorral, por lo que ya no volvieron a pasar hambre.

Tanto Say como Nelut, a su avanzada edad de cuarenta y siete primaveras, se habían convertido en dos ancianos canosos y algo encorvados con el rostro requemado por el sol y poblado de profundas arrugas. Sin embargo, gracias a la paz y el bienestar que reinaba en aquella paradisíaca cala de ensueño y rodeados por el cariño de todos los miembros del clan, se mantenían ágiles y pletóricos de vida, al igual que Tzah, al que sólo superaban en cuatro primaveras. 

Los tres habían sobrepasado con creces la esperanza media de vida de los kartzams, que rondaba las veintiocho primaveras. La peligrosa caza de grandes animales, los enfrentamientos con las fieras y las esporádicas escaramuzas con los hummolts eran las causas principales de muerte prematura en los hombres, mientras que las mujeres solían morir por las complicaciones en los embarazos y partos, la terrorífica y siempre inesperada entrada de las fieras en la caverna en busca de carne humana estando los hombres ausentes, así como también por los ataques de los hummolts para abastecerse de hembras jóvenes, en los que mataban a las adultas y se llevaban a las niñas. Las catastróficas epidemias afectaban por igual a hombres y mujeres, cebándose especialmente con los más pequeños del clan. 

Tariuk, el benjamín de Say y Nelut y Guntzé, el primogénito de Iriat y Hyppa, habían logrado superar la niñez y se habían convertido en dos adolescentes altos y robustos de ojos risueños y sonrisa encantadora, a los que las hembras jóvenes todavía sin emparejar miraban con deseo. Ambos rondaban las quince primaveras y se habían hecho amigos inseparables. 

Sólo una cosa les diferenciaba. Tariuk, como habían presentido en el momento de su nacimiento su madre Nelut y su tío Tzah, tenía el alma de drimish, ademanes suaves de hembra y voz afeminada, mientras que Guntzé rezumaba virilidad, había heredado el mismo vozarrón de su padre y ya había yacido furtivamente con más de una hembra tras los arbustos del cercano matorral. 

Lo que les hacía inseparables no eran pues su idiosincrasia y sus sentimientos tan opuestos, sino algo inconfesable por Tariuk: se había enamorado perdidamente de Guntzé. Su corazón le hacía desear estar a todas horas a su lado, compartir con él sus aficiones de macho, renunciando si hacía falta a si mismo para ganar a cambio la compañía de su primer gran amor de adolescente. Nelut y Tzah no tardaron en darse cuenta y se entristecieron por el joven drimish, pero ninguno de los dos quiso entrometerse. Dejarían que los dos muchachos resolvieran el problema por si mismos.

Guntzé se sentía muy a gusto con la amistad de Tariuk y no le importaba lo más mínimo su afeminamiento. A pesar de ser drimish, al benjamín de Nelut le encantaba la caza menor, algo que compartía con Guntzé, así como también la pasión por el cercano y cálido mar de aguas limpias e inquietas. Sus actividades diarias como amigos consistían en fabricar armas de caza y probarlas luego con los animales del matorral. Los dos eran excelentes cazadores y solían volver cargados de conejos, liebres y perdices. Tras entregarlos a las mujeres del clan, se encaminaban hacia el mar y se pasaban horas y horas jugueteando sobre las rocas persiguiendo pececillos y cangrejos y chapoteando metidos en el agua, a ratos echándosela a la cara entre risotadas, a ratos buceando y contemplando maravillados el fascinante bosque de algas, esponjas, anémonas y corales multicolores y los numerosos peces, gambas, estrellas, nacras, erizos, caracolas, serpientes y tortugas de mar que lo poblaban.

Una mañana Yunmá, observando divertida a los dos muchachos mientras ajustaban y ataban una afilada punta de sílex al extremo de un largo palo para convertirlo en una lanza, se acordó de pronto de su adorado tío Naunei. A pesar de ser drimish, el hombre que la había criado y se había dejado matar para salvarla de las fauces de un león de las cavernas era muy valiente y un excelente cazador. Poseía una inteligencia privilegiada y había sido capaz de inventar varias armas nuevas desconocidas hasta entonces por los kartzams. A Yunmá le vino de pronto a la mente como un ramalazo del pasado una imagen de su tío grabada de forma indeleble en su memoria que hasta entonces no había recordado. Lo vio armado con un arco y una flecha apuntando a un corzo y súbitamente pensó que a los dos amigos les fascinaría aquella nueva arma.

Sin decirles nada se adentró en el cercano matorral armada con un hacha de sílex, escogió y cortó una larga vara de  aladierno, la limpió de ramillas y se la llevó a la caverna. Rebuscó entonces en el amasijo de tendones secos de caballo, rinoceronte lanudo y bisonte que guardaba para usarlos en la confección de vestidos y zapatos para los miembros del clan, eligió el más largo, lo metió en remojo en agua durante varias horas para reblandecerlo y a continuación lo martilleó con un palo sobre una roca para deshilacharlo y obtener así un manojo de fibras. Tras trenzarlas con maestría, obtuvo una resistente cuerda y se dispuso a montar el arco atándola lo más tensa posible en los extremos de la vara de aladierno. A continuación probó el arma con una improvisada flecha de abedul apuntando hacia una estalagmita y le dio de lleno. Con una gran sonrisa de satisfacción salió al exterior de la caverna con el flamante arco en la mano y se lo mostró a los dos muchachos.

No le costó mucho darles a entender su funcionamiento. Ambos eran muy avispados y enseguida comprendieron. Presas de una gran excitación, corrieron hacia el matorral con su nuevo juguete de caza, fabricaron rápidamente una docena de flechas con ramas rectas de acebuche a las que afilaron la punta con un cuchillo de sílex y se adentraron en aquel vasto y agreste paraje cubierto de rocas calizas y arbustos achaparrados azotados por el persistente viento de levante.


Al tercer disparo Guntzé logró ensartar un conejo con una flecha y fue tan grande el regocijo de los dos cazadores que se echaron a reír y a dar saltos y voces como enloquecidos y acabaron abrazados. Fue entonces cuando Tariuk, al sentir tan cercano el calor y la fuerza del fornido cuerpo de su amigo y oler su embriagador aroma de hombre, no pudo aguantar por más tiempo su necesidad imperiosa de confesarle sus sentimientos.

- Te quiero, Guntzé. - le susurró al oído con voz temblorosa.

- ¿Me quieres? No entiendo... - le respondió el muchacho entre sorprendido e incrédulo, separándose bruscamente de él.

- Sí, te quiero como mi tío Tzah quiere a mi padre. - le confesó con un nudo en la garganta. - Soy drimish. - añadió para que Guntzé pudiera entenderlo.

- Siempre he sabido que eres drimish, Tariuk, pero yo amo a las hembras. No puedo amarte como a una de ellas.

Tariuk no le respondió. Agachó la cabeza, dio media vuelta y se dispuso a marcharse. Mientras se alejaba violentos estertores de llanto sacudían su cuerpo y dos regueros de lágrimas resbalaban por sus mejillas y se perdían en los ensortijados pelos rojizos de su incipiente barbita de adolescente. Guntzé le observaba alejarse sin saber qué hacer, como reaccionar. Estaba confuso, aturdido, perplejo. A su manera quería a Tariuk, era su mejor amigo, su alma gemela, su cómplice de juegos y aventuras, se sentía feliz en su compañía, pero se veía incapaz de yacer con él como si de una hembra se tratase. De pronto reaccionó, comprendió cuán importante era en su vida su amigo y corrió hacia él. 

- ¿Podemos seguir siendo amigos? - le casi suplicó mirándole a los ojos. 

- Claro que si, Guntzé.

- ¿Entiendes que no puedo yacer contigo?

- Sí, lo entiendo.

- Entonces sigamos con la caza. Ahora te toca lanzar las flechas a ti. - le dijo, dándole el arco.

- Guntzé, ¿puedo amarte aunque no yazcamos juntos?

- Por supuesto, Tariuk. - le aseguró posando su brazo sobre los hombros de su amigo drimish.

VIGÉSIMO OCTAVO CAPÍTULO

Las dos huérfanas kartzams del clan del valle del sol naciente, que la gran matriarca Nelut había intercambiado nueve primaveras atrás por dos de sus hijas, acababan de sangrar por primera vez con sólo tres días de diferencia y la ahora su madre adoptiva quiso darles la bienvenida al mundo de las mujeres celebrando una gran fiesta.

A primera hora de la mañana ordenó a Iriat, el jefe de los cazadores, que llevase a sus hombres, Laram, Gotz, Guntzé y los dos hijos mayores de Tainay, Ewuk y Bupeh, a cazar cuantos animales pudieran. Luego llamó a su macho Say, que desde la amputación de uno de sus brazos no participaba en las cacerías y a los dos drimish del clan, su hermano Tzah y su hijo Tariuk y les mandó a recoger la mayor cantidad posible de leña para la gran hoguera que encenderían a puesta de sol sobre la arena de la cala.

Las mujeres adultas del clan, Yunmá, Ritzah, Nunlay, Hyppa, Frimet, las dos hijas de Nelut, Bohná y Faifay y las dos huérfanas del valle del sol naciente, Mirfú y Tuineh, aprovecharían la mañana para adecentar la enorme cueva que era su hogar. La anciana matriarca Nelut y la gran hechicera Tainay, que por su avanzada edad ya no trabajaban, subirían sin prisas cogidas de la mano por la gran grieta que partía en dos el acantilado y recogerían hierbas aromáticas en el interminable matorral para condimentar los alimentos que iban a cocinar. Los niños del clan, por su parte, se entretendrían recogiendo la sal marina cristalizada sobre las rocas costeras. 

Un par de horas antes de la puesta del sol ya lo tenían todo preparado para iniciar la celebración. Nelut llamó a la gran hechicera Tainay, a Yunmá, a su hermano Tzah y a su benjamín Tariuk para que se adentrasen con ella al interior de la caverna. Allí, la jefa de ceremonias Yunmá, maquillaría a la gran matriarca embadurnándole el rostro con carbonilla de saúco, el contorno de los ojos con arcilla amarilla y el de los labios con arcilla roja, rodearía su cuello con un collar de caracolas de mar, recogería su pelo canoso con un turbante de piel de raposa con una cola del mismo animal colgando sobre cada una de sus orejas y cubriría sus hombros con una hermosa capa confeccionada con la piel de tres lobos, uno de ellos albino, como mandaba la tradición. 

A continuación maquillaría a la gran hechicera Tainay embadurnándole el rostro con arcilla blanca y el contorno de sus ojos y labios con carbonilla de saúco, recogería su pelo canoso con un turbante de crines de caballo hábilmente trenzadas adornado con plumas de urogallo y avutarda, rodearía su cuello con un collar confeccionado con las falanges ensartadas de las garras de un oso de las cavernas, cubriría sus hombros con una suave capa de piel de osezno y le pondría en la mano un largo bastón con el cráneo de un zorro engastado en su extremo.

Por último maquillaría a los dos drimish embadurnándoles el rostro con arcilla amarilla y el contorno de los ojos y labios con arcilla roja, recogería su pelo con un turbante de piel de conejo, rodearía su cuello con un collar de piedrecillas de colores, cubriría sus hombros con una vistosa capa de piel de hiena manchada y le pondría a cada uno de ellos un instrumento de madera en la mano izquierda y una flauta de hueso de rebeco en la derecha.

Aquella noche sería la primera vez que Tariuk cantaría y bailaría acompañando a su adorado tío Tzah. El muchacho ya no podía ser más feliz. Cuando Yunmá terminó de maquillarlo y vestirlo, corrió hacia la fuente que había en la entrada de la cueva y se miró en el espejo de su agua cristalina iluminado por los últimos rayos del sol poniente. Al verse caracterizado como un verdadero drimish se emocionó tanto que se echó a llorar, su maquillaje se le desbarató por las lágrimas  y Yunmá lo tuvo que maquillar de nuevo. 

Tzah lo miraba con ternura y sonreía en silencio con el corazón henchido de felicidad. Su sueño de tener un sucesor se había hecho realidad en su bienamado sobrino Tariuk. Su hermana Nelut también estaba emocionada. Caracterizada como gran matriarca miraba a los ojos a su hermano y éste a los suyos. Como en su infancia en el valle del sol naciente, no necesitaban palabras para entenderse, para compartir emociones y pensamientos.

- Tainay, ven conmigo, nosotras dos vamos a salir en primer lugar. - le dijo a la gran hechicera.

Allí fuera, sentados sobre la arena blanca de la playa alrededor de la hoguera, estaban todos los miembros del clan esperándoles ansiosos. Sabían que aquel sería el mayor espectáculo que jamás habían presenciado. Las dos mujeres se acercaron cogidas de la mano al lugar de la escena y entonces empezó por fin la fiesta.

- ¡Oh espíritus de los antepasados de los kartzams, que habitáis en la luna y las estrellas, yo os invoco para que compartáis con nosotros esta celebración! - exclamó la gran matriarca levantando los brazos hacia el cielo gris del anochecer.

Tras dar por iniciada la celebración, le cedió el turno a Tainay.

- ¡Oh espíritus de los antepasados de los kartzams que veláis por nuestra salud y nuestro bienestar desde el más allá, os doy las gracias por vuestra protección en nombre de todos los miembros del clan! - exclamó a continuación la gran hechicera levantando su bastón de zorro hacia la luna en cuarto creciente.

- ¡Echad la carne sobre las brasas! - ordenó entonces la jefa del clan a las mujeres.

Los cazadores se habían cobrado numerosas piezas, sobretodo conejos, perdices y liebres y había alimentos más que suficientes para saciar todos los estómagos. Yunmá y las dos gemelas hummolt eran las encargadas de asar la carne, que habían sazonado unas horas antes con sal marina y hierbas aromáticas para que se adobase y estuviera más rica. 

Mientras se cocinaba la cena, la gran matriarca volvió a tomar la palabra.

- Mirfú, Tuineh, levantaos y venid ante mí. - les ordenó con voz amorosa a las dos huérfanas del valle del sol naciente.

Las dos chiquillas estaban muy asustadas. Eran extremadamente tímidas y las ponía muy nerviosas ser el centro de las miradas. La gran matriarca posó entonces una mano sobre la cabeza de cada una de ellas y levantó los ojos hacia la luna.

- Oh espíritus de nuestras abuelas kartzams, acoged a estas dos niñas en el mundo de las mujeres y abrid sus vientres para que puedan engendrar muchos hijos! - exclamó con su voz temblorosa de anciana.

Acto seguido la jefa de ceremonias Yunmá maquilló el rostro de las dos chiquillas con arcilla roja y rodeó su cuello con un collar de dientes de jabalí. Ya eran oficialmente dos mujeres adultas y podían emparejarse con el macho que ellas quisieran.

Las deliciosas viandas ya estaban asadas y el banquete podía empezar.

-¡Comed! - exclamó la gran matriarca y todos se abalanzaron sobre la carne. 

Nelut y Yunmá se acordaron de los dos drimish que estaban esperando dentro de la caverna y les llevaron una liebre y una perdiz para que también ellos cenasen. 

Media hora más tarde ya no quedaba nada por comer. Había llegado la hora del espectáculo.

- ¡Que salgan los drimish! - ordenó entonces la gran matriarca desde su alto trono de piedra.

 Oh, oh, oh,
Gran Espíritu,
los drimish te invocamos.
 Oh, oh, oh,
Gran Espíritu,
protege a nuestro clan.

Tzah y Tariuk aparecieron en escena cantando la más antigua y más entrañable de las canciones de los kartzams, que la abuela Aileh le había enseñado treinta años atrás a su nieto drimish, acompañándose con la rítmica y monótona música de sus instrumentos de madera y bailando emparejados mientras se dirigían hacia la hoguera. A medida que se acercaban a la luz de las brasas su maquillaje y su indumentaria se hacían más dramáticos, más impactantes y a la vez más hermosos. Todos los miembros del clan les contemplaban y escuchaban boquiabiertos, casi en éxtasis, sentados todos en círculo sobre piedras planas alrededor de la hoguera, salvo la gran matriarca y la gran hechicera que se sentaban en sus elevados tronos de piedra.

Los dos drimish continuaron con el espectáculo bailando alrededor de la hoguera, haciendo sonar sus flautas de hueso de rebeco y sus instrumentos de madera y cantando todas las antiguas canciones de los kartzams que recordaban. La mayoría de ellas narraban peligrosas escenas de caza y violentos enfrentamientos con las fieras, otras sangrientas batallas con los hummolts y catastróficas epidemias que en la antigüedad habían diezmado a los miembros del clan, pero ninguna era tan alegre y divertida como las inventadas por Tzah.

Escuchando las viejas canciones, todas ellas dramáticas, los espectadores habían guardado un silencio absoluto, pero en cuanto los drimish empezaron a cantar las alegres y picantes canciones de su propia invención y se contonearon lascivamente mirando con descaro y guiñando el ojo a los machos más hermosos del clan, el animado espectáculo llenó de regocijo el corazón de todos los miembros de aquel abigarrado grupo de kartzams, hummolts y mestizos y todos al unísono acompañaron los cantos, los bailes y la música de los dos drimish con palmadas y carcajadas de alegría. 

Mientras Tzah cantaba la canción de la gran poza azul, súbitamente enmudeció y se llevó la mano al pecho, aminoró el ritmo de su baile, pareció tropezar y cayó en brazos del fornido Iriat. Todos, incluido el mestizo, pensaron que se trataba de la mil veces repetida pantomima de seducción tan propia de los espectáculos de los drimish para divertir al público, pero Tzah echaba espuma por la boca y se convulsionaba sostenido por un perplejo Iriat, hasta que de pronto dejó de moverse y expiró. 

- ¡Tzah está muerto! - exclamó el mestizo con voz quebrada, dirigiendo sus espantados ojos azules de hummolt hacia la anciana matriarca.

La fiesta terminó bruscamente como lo había hecho también la vida del viejo drimish. Durante unos segundos quedaron todos petrificados y en la paradisíaca cala del acantilado reinó un silencio sepulcral. Sólo se escuchaba el eterno vaivén de las olas peinando la arena de la playa y chocando rítmicamente contra las rocas. 

Un estremecedor alarido de pena con voz de hombre, un largo no desgarrado, rompió entonces el silencio y erizó los pelos de todos los miembros del clan. Era el anciano Say, el antaño aguerrido cazador, el que había sido el macho más apuesto, fuerte y valiente del clan, el padre de los seis hijos de la gran matriarca y, por encima de todo, el gran amor del ahora difunto Tzah. Ayudándose con su única mano, se levantó y corrió hacia su amado drimish, que seguía en brazos del mestizo. Se arrodilló a su lado y con mano temblorosa le acarició la mejilla, mientras de sus viejos ojos casi cegados por el inexorable paso de los años brotaban lágrimas a borbotones. Iriat le miraba emocionado, impactado, desconcertado, no sólo por la repentina muerte del viejo drimish, sino sobretodo por la increíble ternura con que Say besaba en los labios a su gran amor. En su cerrada mente de hummolt por fin comprendía el misterio de aquella extraña e inquebrantable relación afectiva entre un aguerrido cazador y un hombre-mujer.

VIGÉSIMO NOVENO CAPÍTULO


Aquella infausta noche Nelut, Say, Laram, Tainay, Yunmá, Iriat, Gotz y el joven Tariuk no se acostaron. Prefirieron velar al difunto bajo la luz de la luna. Todos estaban destrozados por la repentina muerte de Tzah, especialmente el pobre Say que permaneció toda la noche sentado sobre la arena junto a su gran amor, llorando sin consuelo, balbuciendo palabras de pena y de cariño, tambaleando la cabeza sin cesar enloquecido de dolor. 

Nelut también lloraba en silencio, ahogándose por la pena, deseando morir para acompañar a Tzah al paraíso de las estrellas, a la eterna morada de los espíritus de los kartzams. Su hermano y ella jamás se habían separado, ni en el valle del sol naciente, ni en el valle de las encinas ni en la cala del acantilado. Eran almas gemelas, se entendían sin palabras. Nelut le quería tanto que para que fuera feliz le entregó a su propio macho.

Con las primeras luces del alba, Laram, Iriat, Gotz y Tariuk cavaron con sus manos un gran hoyo en la arena y metieron en su interior al difunto Tzah perfectamente maquillado y ataviado con su indumentaria de drimish, sin olvidar su instrumento de madera y su flauta de hueso de rebeco que su hermana Nelut colocó sobre su pecho. Antes de cubrirlo con la arena, echaron sobre el difunto una gruesa capa de brotes floridos de salvia, tomillo, espliego y romero con la intención de enmascarar su olor para que los carroñeros no lo localizasen y le dejasen descansar en paz en su sueño eterno en aquella paradisíaca playa de ensueño.

Mientras lo cubrían con la arena, Nelut y Say no pudieron soportar la idea de no volverlo a ver nunca más y se derrumbaron ahogados por el dolor. Ninguno de los dos volvería a ser feliz en lo que le quedase de vida. 


Nelut tenía el consuelo, el cariño y la compañía de Tainay, pero el pobre Say se había quedado sólo, espantosamente solo. Durante aquel primer día de luto se negó a comer. El nudo de angustia en la garganta y el de pena en el corazón se lo impedían. Yunmá y Tainay sólo consiguieron que bebiese un par de sorbos de agua. Ya de noche, lo acostaron en su lecho bajo la cálida piel de oso de las cavernas que había calentado sus noches y las de su amado drimish, y simuló dormirse para que le dejasen en paz. Había tomado una decisión. Vivir sin Tzah ya no tenía sentido.

A media noche, cuando creyó que estaban todos dormidos, se levantó con mucho sigilo, sorteó los bultos de los durmientes ayudado por la luz titilante de la antorcha de tea de pino que solían dejar toda la noche encendida y salió al exterior de la caverna.

La tenue luz cenicienta de la luna en cuarto creciente iluminó su rostro y una sonrisa se dibujó en sus labios. Pronto su espíritu volaría hacia las estrellas y volvería a estar junto al ser que le había hecho tan feliz.

Se encaminó entonces hacia la tumba de Tzah, se echó sobre ella y dirigió sus ojos hacia la luna.

- ¡Oh espíritus de los antepasados de los kartzams, permitid que el alma de Tzah entre en mi corazón para que nunca más nos volvamos a separar! - exclamó emocionado.

Los espíritus escucharon su plegaria desde el más allá, consideraron que el inmenso amor que aquel anciano cazador sentía por su drimish merecía un premio y le concedieron su deseo. De pronto experimentó una gran paz y todo su dolor, toda su tristeza y el vacío que le atenazaba el pecho se esfumaron. El alma de Tzah había bajado de las estrellas y se había fundido con la suya. Say ya no estaba solo y nunca más volvería a estarlo. Permaneció un rato más echado sobre la tumba contemplando el firmamento, saboreando aquella maravillosa paz, aquella inconmensurable felicidad y entonces se decidió. Había llegado el momento.

Se levantó ayudándose con su única mano y se encaminó hacia la gran poza azul. Mientras se desnudaba, sus oscuros ojos de kartzam brillaban  iluminados por la pálida luz de la luna. Sentía que llevaba a Tzah en su corazón y ya no podía ser más feliz. 

Cuando el agua le llegó al ombligo, levantó su único brazo hacia las estrellas y siguió adentrándose en el mar, mientras por su boca salía la voz afeminada de Tzah cantando su canción más querida:
Oh gran poza azul
que estás calentita.
Oh gran poza azul
que estás muy salada.
Oh gran poza azul
que no te estás quieta
y me haces cosquillas
en los catapl....

Al día siguiente el mar devolvió su cuerpo sin vida y lo depositó amoroso sobre la arena. Lo encontraron Nelut y Tainay. Cuando le dieron la vuelta y la matriarca le retiró el pelo mojado que cubría su rostro, vieron en él una sonrisa eterna y una paz infinita. 

Una hora más tarde abrieron el hoyo donde estaba enterrado Tzah y situaron a su lado el cuerpo de Say. Antes de cubrirlos con la arena, Nelut enlazó la única mano del cazador con la izquierda del drimish y sosteniendo aquella unión de manos con las suyas propias exclamó: "Yo los emparejé en su juventud para que se amasen y fueran felices y ahora los vuelvo a emparejar para que sigan amándose hasta el fin de los tiempos." 

A media tarde, a solas y en completo silencio la anciana matriarca pintó muy juntas una mano roja de cazador y una mano blanca de drimish en lo más profundo de la caverna, mientras dos regueros de lágrimas brotaban de sus ojos de mestiza. Al terminar se alejó unos pasos para observar mejor su obra, levantó la antorcha de tea de pino y en lugar de la mano blanca vio el rostro del espíritu de su hermano Tzah regalándole una amplia sonrisa.


Fin.